El estilo cowboy (matón de barrio) de Trump se impone

Cuando Trump accedió a la presidencia, la mayoría de analistas quedamos en modo estupor. No podíamos encajar cómo un multimillonario irascible, grosero, prepotente y dispuesto a romper con los compromisos internacionales de Estados Unidos, podía haber convencido a los votantes. Luego, escarbando, se analizaba la campaña y la poca empatía de Hilary Clinton.

A los granjeros, y a los damnificados de la desindustrialización de los estados de los grandes Lagos, les pudo la promesa de que Estados Unidos volvería a recuperar su hegemonía económica. La América terciaria, la financiera, la de las grandes corporaciones y de la globalización, estaba en contradicción con la América de los pioneros y de sus raíces agrarias, de los emprendedores industriales y creadores de la industria del automóvil, y de los pequeños  empresarios del hacerse a sí mismo.

Pasado el trago, no había otra que aceptar que ese personaje que dirige su política a golpe de twit se afianzaba día a día, ejerciendo su poder absoluto ante la impotencia de la oposición en su país y ante el estupor del mundo que veía cómo el sistema de alianzas económicas y políticas, que habían situado a Estados Unidos como el eje y actor principal de la estabilidad mundial, se deshacía.

Nada más confirmada la elección del presidente republicano, escribí que si para los norteamericanos Trump podría suponer un retroceso social, el centro de sus promesa era desmantelar el obamacare,  para Europa pudiera ser una buena noticia porque se oponía al nuevo tratado de libre comercio, que en mi opinión significaba un entreguismo a la economía ultra liberal y a sus cánones y controles de calidad. Sin duda me equivoqué, y la herencia que deja, y veremos si sigue, ha sido dinamitar las relaciones económicas y políticas mundiales que, mal que bien, aportaban previsibilidad y equilibrio mundial.

Trump es un cowboy extraído de las epopeyas cinematográficas, que entra y sale de la pantalla virtual recordando, en eso, a aquella película de Woody Allen, “La rosa púrpura de El Cairo” cuando el prota de la peli salta de la pantalla para vivir la historia de amor con Cecília, la maltratada y desgraciada espectadora que ve la película una y otra vez.

Lo relevante de la presidencia de Trump, a diferencia de las de Reagan o Busch hijo, es que su legado no está en el campo de las ideas económicas y sociales, o en el modo de afrontar las relaciones geoestratégicas, sino en que ha estandarizado hacer política desde un egocentrismo caprichoso que hace uso del poder sin limitaciones éticas o morales; a golpe de ocurrencia iluminada, sin mesura, y mirando de reojo las encuestas de popularidad entre sus votantes. Es el populismo en su estado puro.

Y es que Trump ensayó su modelo fabricándose a base de mentiras. Empezó su imperio con la generosa aportación familiar y con sonoros fracasos financieros, pero ha sabido galvanizarse de hombre de éxito pretendiendo erigirse en paradigma de aquel “sueño americano” que, ya hace décadas, es solo una marca publicitaria para cantar las excelencias de un sistema económico fracasado, que deja a millones de norteamericanos en la cuneta de la sociedad.

Pero lo grave, sin embargo, es que el modelo Trump se está imponiendo también en el modo de actuar de las grandes empresas mundiales. Google, Facebook, Amazon y otras, actúan con la prepotencia de su adalid político. Podrían, incluso cortar sus suministros y servicios, si quisieran marcar un pulso con los gobierno europeos, y tendrían las de ganar.

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