28, pero me gusta el 14 de abril

El presidente no ha consegido ir adelante con los presupuestos por lo que todo parece que adelantará las elecciones.  La histeria patriótica estimulada por partidos irresponsables como ciudadanos y el partido popular, para Vox es su razón de ser, va a seguir aumentado hasta las elecciones generales ya que las municipales y autonómicas se leen como unas primarias de las que de verdad importan. Por tanto, es deseable que este estrés informativo y emocional sea lo más breve posible antes de que la virulencia, si quiera verbal, traspase límites y se extiendan a acciones de humillación y odio, como las pintadas filofranquistas en parques de la memoria o en las tumbas de Pablo Iglesias y Dolores Ibarrurri.

Vista con perspectiva, la etapa del PP en el gobierno ha sido nefasta para España. Pero, seguramente, no para la extrema derecha que se cobijó y manejó los hilos del partido popular desde que se fundara, aparentado que se trataba de un partido de centro. Aquel engaño saltó por los aires cuando fue manifiesto que el partido popular era una organización política que se financiaba por prácticas corruptas y que se aseguraba su futuro mediante el sistema de puertas giratorias. Empresarios de la industria armamentista en puestos del ministerio de Defensa; altos cargos de sanidad de vuelta a empresas sanitarias.

Hace año y medio, cuando Podemos planteó la moción de censura, en junio de 2017, comenté lo conveniente de que Pedro Sánchez diera el paso (difícil porque, recién llegado, tenía que pacificar a su partido), con el propósito de abordar las leyes más retrógradas del gobierno Rajoy; la ley mordaza y la reforma laboral, y crear una nueva ley electoral que supusiera avances cualitativos en la representatividad. Y, en política nacional, parar el crescendo del desafío independentista con un proceso de diálogo; así no se habría llegado, sin duda, a las leyes de desconexión ni al uno de octubre.

Tras la moción de censura que llevó a Sánchez a la presidencia, transmití la misma convicción en un gobierno instrumental de pocos meses, justo hasta marzo o abril, insistiendo en una reforma electoral que, como pedía Ciudadanos, tuviera en cuenta los restos de votos que por la Ley D’Hondt quedaban sin representación. Y naturalmente, también, abandonar la mala idea del voto rogado aprobada por Zapatero, que añadió tal complejidad administrativa al voto de los españoles en el extranjero,  que supuso que en la últimas elecciones generales (2016) el voto exterior bajara del 32 al 4,95 por ciento.

En cuanto a Catalunya, tras el uno de octubre y la repetición electoral, que sirvió para que el independentismo reafirmara su mayoría en el Parlament, y que Ciudadanos pudiera sacar pecho como primer partido de los perdedores (porque en las lecciones se trataba de independistas y no independentistas), la inteligencia política exigía bajar la tensión y el diálogo. Lo intentó el Presidente y se encontró con que el independentismo, calibrando muy mal sus cartas, fue subiendo el tono hasta que enfrentó al PSOE a sus propias contradicciones como partido. Se llama federal pero nunca hasta la rocambolesca Declaración de Granada, si no nos remontamos a cuando era republicano, tuvo ninguna sensibilidad regionalista, federalista. La realidad sociológica es que en los dominios electorales del PSOE como los del PP, y ahora se verá si de Ciudadanos o Vox, la España Nacional, para entendernos, la de los toros, como bien de interés cultural, está vigente.

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