Lamentar o anticiparse al futuro

El problema de España, el de verdad, es carecer de eso que suele llamarse la intelectualidad, pensadores comprometidos con la sociedad, que aporten reflexión sobre los problemas importantes de nuestro presente. La notable mayoría de quienes se auto ubicarían en este epígrafe, muchos comentaristas en las tertulias en los medios, son presa de sus propios intereses ideológicos en el sentido más restrictivo del término. Intereses fundamentados en idearios más políticos, y prácticos a conveniencia, que racionales o filosóficos, prueba del algodón de honestidad de pensamiento.

A la poca intelectualidad de pensamiento crítico de que disponemos, en la que podría incluirse entre otros pocos a Manuel Castells, José Antonio Marina o el ya fallecido José Luis Sampedro, se la aparta de toda voz pública. A penas se asoma en algunos medios con artículos de fondo, eruditos y a contracorriente y siempre con cierta impresión de inutilidad social. Son personajes díscolos, incómodos, antipáticos y cenizos, por aguafiestas, que los políticos ignoran.

Los partidos políticos, principalmente los que representan a la derecha económica porque son los que pueden pagar, tienen sus think tank que elaboran estudios de prospectiva y emiten sus recomendaciones estratégicas tratando de influir, y cambiar los valores e ideales de la sociedad, a su conveniencia. Ahí está cómo consiguieron la revolución económica y cultural de Reagan y Thatcher, imponiendo el neoliberalismo que ahora parece la única teoría económica que funciona; silenciando que fue responsable de la Crisis y de la precariedad social de la que no salimos.

Estamos ahora, otra vez, experimentando un nuevo envite de derechización. Diseñada a la medida de cada circunstancia nacional, se propone que la sociedad acepte como bueno el neoliberalismo social, como ya ha hecho con el neoliberalismo económico. Se busca imponer el pensamiento que obtiene la mayoría a la totalidad de la sociedad, elevándolo a estatus de oficialidad; de correcto bien pensante sobre los extremismo de los demás. Eso conduce a ver al autoritarismo como una forma natural de preservar ese pensamiento dominante. El siguiente paso, son los movimientos de tipo fascista y totalitarios con mayor o menor disimulo. Ahí están las involuciones en Polonia y Hungría.

Salvados por el paréntesis del felipismo, y el rechazo frontal al pasado franquista, este proceso neoconservador solo cristalizó en España a través del partido popular. Alineado con esa internacional del neoliberalismo político, y tras un cierto centrismo aparente anclado en el siglo XIX, el PP ha vuelto al doctrinario de su origen. Más reaccionario que la Alianza Popular de Manuel Fraga, que hoy estaría más cerca del centro derecha de Merkel o May, que del extremismo de Trump o del Brexit de Boris Jonhson.

En las próximas convocatorias electorales los votantes del partido popular tendrán que realinearse, dejando atrás esa sopa de sensibilidades contradictorias que fuera el PP desde que se reformulara la derecha en 1989. Esa derecha nacional tiene ahora tres formaciones por la que decantarse

El electorado del PP no puede ya votar mecánicamente, como en otras ocasiones en que estaba asegurado el consenso multipartidista de la Constitución. Ahora el autoritarismo excluyente se ha rearmado, y es responsabilidad del votante popular hacer un esfuerzo de coherencia, con sus propias creencias y valores personales; más allá del seguidismo de políticos o personalidades, más o menos carismáticas, que en definitiva puede que busquen, lisa y llanamente, su propia supervivencia política.

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