Palma, cada vez más inhóspita

 

Desde que las plataformas tecnológicas facilitan el turismo a la carta, las aerolíneas de low cost y el alquiler turístico como  principales actores de contratación, Palma se está convirtiendo en destino de city break (viaje corto de 2 a 5 días) con consecuencias demoledoras para el bien estar de sus habitantes.

Los viajes de corta estancia comportan dos efectos indudables: beneficia a los propietarios de alquiler turístico, a los supermercados que atienden las necesidades de los visitantes de apartamento y a los restauradores de las zonas de moda, porque el comercio de proximidad a penas se ve afectado; recuerde el lector sus viajes similares y qué circuitos urbanos visitó.

El mayor nivel de gasto del turista de escapa, que tiene muy claro que quiere ver la Ciudad y las zonas de ocio bien valoradas en las páginas web, rentabiliza su corta estancia con una o dos con dos visitas fuera de la Ciudad. Y para ello usa los servicios de renta car y ahí están los mayores costes medioambientales: incremento de la contaminación y colapsos circulatorios y en las zonas de aparcamiento. La ciudad se satura de paseantes que no comprarán demasiado, por las limitaciones de la pequeña maleta de viaje, incrementándose la sensación de agobio en una ciudad que ya no es el hábitat amable para sus vecinos amenazada, además, por la proliferación de nuevos ingenios de movilidad urbana como patinetes eléctricos, seeway, minimotos, junto a las tradicionales bicicletas que se adueñan de las aceras y a gran velocidad. Una mujer murió hace unos años en Barcelona atropellada por una bicicleta que iba a toda velocidad por un carril Bici por donde, queda claro, no tiene preferencia de paso como si se tratara de un tren en su vía.

La irritación urbana ha aumentado en estos años. Hace unos días, en el tramo de acera estrecha delante del Capuchino, un patinete eléctrico que iba a toda leche abordó a los paseantes para que nos apartáramos. Cansado de ceder un terreno impropio me encaré, y no llegamos a más porque el treintañero, en castellano pijo, se conformó con insultarme vehemente: Que si me creía el rey para amonestarle, contestando yo, por supuesto, con la misma intensidad. Nadie respeta a nadie. Nadie puede reprender a un niño porque tire envoltorios al suelo o escupa porque uno no es su padre. Los ciudadanos no nos atrevemos a vindicar nuestro derecho a la decencia y a los modales, porque ni siquiera, pienso, tendríamos respaldo policial.

Esa cosificación de la ciudad como valor económico, el síndrome de parque temático, no parece que preocupe a los políticos municipales. Pretendían que una de las joyas de la legislatura que termina fuera una reforma del paseo marítimo innecesaria y en cambio, siguen eludiendo afrontar el verdadero problema que es la conexión de Palma con Cala Mayor; solucionando el peligro de peatones y bicis circulando en la estrecha acera de un metro en Porto Pí. Pero, ¡claro!, supondría negociaciones más complejas: Ganar terreno a la base naval, quizás un acera voladiza, y trasladar el muro de Marivent diez metros adentro.

Los ciudadanos de Palma interesan poco. Al Consistorio le mola más el valor económico de Palma y por eso se apuntan a hacer en el Mollet un megaproyecto para aumentar la oferta de ocio, ya densa de por sí en toda la zona, y forzar a mayores inversiones en infraestructuras y aparcamientos subterráneos: Las terrazas en grado máximo; que pueden venderse bien, y al precio de arruinar a las actuales zonas de ocio. El Consistorio termina como empezó, sin un proyecto de Ciudad.

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