El riesgo de fractura es real.

En el congreso extraordinario de este fin de semana el PP se juega bastante de su futuro. Las dos candidaturas en liza no ofrecen nada nuevo que añada valor a una marca que ha ido perdiendo su credibilidad política, no solo por su vinculación institucionalizada con la corrupción, sino por no haber sabido incorporar a su doctrinario la evolución cultural que la sociedad ha experimentado.

Los compromisarios que tienen que votar, a los que hay que suponerles libertad de voto e independencia de criterio, tendrán que dirimir entre Soraya Sáenz De Santamaría que representa el continuismo de Rajoy y el fracaso de su política respecta a Catalunya, se da por hecho que la diseñó, o votar a Pablo Casado formado en el doctrinario de Faes y, a priori y por sus recientes manifestaciones, con poca capacidad para la necesaria evolución ideológica que requiere el PP, abocando al partido a una mayor derechización dejando el centro político, cuanto menos, a Ciudadanos.

Todos los analistas coinciden en que la batalla que se librará este fin de semana toca el tuétano del partido, su razón de ser desde su fundación por Manuel Fraga con los mimbres de Alianza Popular, y que va a suponer un antes y un después del mismo calibre de entonces. Esta vez, sin embargo, hacia un destino menos brillante, dejando de ser el partido hegemónico de la derecha española para quedarse en partido regional de la España mesetaria y andaluza.

Los cuadros del PP perciben que esta vez, y aun en el caso de una cierta componenda de compromiso, la dureza de las posiciones de Casado, sostenidas internamente por la activa militancia de Nuevas Generaciones del que fue presidente no hace mucho, aleja al partido del centro sociológico, situando a los líderes populares de las autonomías con mayor diversidad ideológica ante el difícil encaje de compatibilizar un discurso regional con la visión, no solo recentralizadora, sino también enmarcada en un doctrinario ultranacionalista y conservador que recuerda a la Alianza Popular del núcleo formador del PP; que llevaba en su programa la reforma constitucional para eliminar el Título VIII, la estructura autonómica del Estado. Pretender volver a la España del nacional catolicismo, con la religión como referente moral reabriendo leyes como la del aborto y una vuelta al pasado ideológico, no puede más que abocar al PP a la irrelevancia como partido de alternancia de gobierno. Y en las autonomías con mayor conciencia identitaria, regional o nacionalista, a la marginalidad.

Con ese navegar entre dos aguas, la derecha recalcitrante y ese centro que nunca aparece cuando está en el gobierno, el PP cada vez interesa menos a los jóvenes españoles. El PP solo es capaz de captar el voto del 13,8 por ciento de los jóvenes (menos de 30 años) y bajando, mientras que el discurso centrado de Ciudadanos recoge el 18 por ciento de votantes, y subiendo, en ese tramo de edad. Y si el nuevo PP busca ampliar su base electoral en su caladero de votantes, los mayores de 65 años, debería reflexionar sobre si con ese nuevo discurso frentista, contra todas las demás opciones políticas, va a ser capaz de aumentar, o siquiera retener, a ese 38 por ciento que le vota. Parece olvidar que el votante de más de 65 años, valora ante todo la estabilidad y el pragmatismo y poca cabeza ha mostrado el PP con el asunto de Catalunya. Podría haber desactivado el conflicto si hubiera leído correctamente, que tampoco era difícil, la realidad política catalana antes que buscar su reconversión a lo cañí.

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