El Islam tiene un problema, nosotros también.

Está claro que hay que diferenciar el salafismo y el yihadismo del islam como guía religiosa y práctica doméstica, pero resulta evidente, para quien se haya molestado en acercarse el Corán, que de la religión musulmana no cabe prever una evolución que haga compatible su práctica religiosa  con la cultura y civilización de nuestros países de acogida; por el contrario, constituye su mayor riesgo de fractura social.

Nadie va a dudar de las manifestaciones de las comunidades islámicas que repulsan los atentados de Barcelona y Cambrils pero, en su débito, habrá que reconocerse que no ayuda el hermetismo de esas Comunidades que establecen un muro de contención, a veces de agresividad, con los vecinos de acogida. La imposibilidad de asistir a sus rezos para los no creyentes, infieles dice el texto coránico, y el exclusivo uso del árabe en sus predicaciones, en lugar de favorecer la integración siquiera idiomática, sustenta la marginalidad; muy al contrario de lo que hacen otras religiones, cristianas por ejemplo, que abren sus cultos y se expresan en lenguas diversas.

La cuestión del Islam es muy específica porque en la doctrina coránica la relación de los fieles con Dios es de sumisión (de fe ciega) y eso, sumado a versículos imprecisos y muy interpretables, facilita que el islam pueda instrumentalizarse como doctrina agresiva contra quienes no compartimos sus verdades; impeliendo a la guerra contra el infiel. (“Matadlos hasta que la idolatría no exista y esté en su lugar la religión de Dios”, 189,  Azora II)

El Islam no es el yihadismo, pero sí su cobertura ideológica. Todas las religiones creen ser la única verdadera, pero ninguna a estas alturas mataría porque otros contravinieran algunos de sus preceptos. Lo que hace del Islam una religión anacrónica y primitiva, aunque sea la más joven de las tres religiones monoteístas hegemónicas, es su rigidez y su doctrina de sumisión que impide que pueda producirse una apertura y compatibilidad hacia otras realidades culturales.

En contraste, por su influencia helenística, el cristianismo buscó armonizar religión y razón, desde San Agustín hasta Santo Tomás, intentado explicar por la razón la existencia de Dios. El ejercicio de la razón nos ha conducido al racionalismo, al pensamiento liberal y el Estado de Derecho. Por contra el Islam llama a la fe ciega. En algún punto, incluso a la confrontación.

Como muy bien decía, en la entrevista del domingo en UH, el estudioso Bartomeu Pizá, “la diferencia entre nosotros y ellos es que la Biblia quedó aparcada como texto político hace 50 años mientras que el Corán tiene cada vez más vigor” y trata de imponernos sus puntos de vista.

La respuesta es la educación. Como expuse en algún artículo, y al mismo responsable del ramo, “Debemos gestionar el tema de Dios” (UH.2/9/15), “La salud  política y social en el siglo XXI exige tener presente el sentido crítico de lo religioso, desde la razón como intentara Ramon Llull, desde una óptica externa aportando reflexiones que, de otra forma, jamás serían suscitadas.

Esa crítica objetiva solo puede proceder de la filosofía de las religiones y desde la visión racional de la creencia: una consideración laica del mundo religioso o una aproximación de las religiones desde la sociedad laica. El sistema educativo debe, en esa dirección, incorporar la historia y filosofía de las religiones en sus currículos porque la enseñanza religiosa no puede cederse a cada una de las confesiones que contienen sus propios resortes contra su crítica y evolución”.

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Un comentario en “El Islam tiene un problema, nosotros también.

  1. Buen escrito Xavier. El punto clave de las religiones es su proselitismo. Cuando la creencia del individuo es usada por los líderes religiosos con fines corporativos, allí surge ‘el problema’, como tú lo llamas. La unión entre la fe y la ambición de poder ha demostrado a lo largo de la historia la capacidad humana de justificar su irracionalidad. Primerof fueron los judíos pretendiendo establecer el Reino de Dios en la tierra (una de las razones por las que pidieron crucificar a Jesucristo después que él insistiera ‘Mi reino no es de este mundo’); luego fue el Imperio Romano intentando salvar su hegemonía invirtiendo persecusión anticristiana en persecusión procristiana; y ahora es el mahometismo que si bien reconoce al judío Jesús como profeta, induce a los violentos a acabar con judíos y cristianos, como así con todo traidor a la religión del ‘último y más grande profeta’. La palabra religión proviene del verbo ‘religar’, volver a unir algo que está separado. Toda religión es el intento humano de volver a unirse con Dios del que está desligado. Si se acepta que hay un Dios, al que se llama Todopoderoso, él es el único que puede religar al ser humano consigo. Lo contrario genera ‘el problema’.

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