¿En qué país creen que viven?

Los de Génova, para diferenciar el PP-nacional de sus entes regionales como el balear, no saben en qué país viven o no lo quieren saber. La última simpleza, la ha verbalizado Rafael Hernando, nacido en Guadalajara, diputado por Almería y con buenos antecedentes por sus exacerbaciones verbales (condena judicial incluida), al exigir a Pedro Sánchez que abandone su proyecto federal y renuncie a la idea de que España es una nación de naciones.

Es evidente que el lugar cultural en el que cada uno habita determina su forma de pensar y sus creencias. Pero ahí está el sistema educativo al que, en sus dos facetas de educar para la vida y de instruir en el saber, se le supone que es capaz de transmitir valores y conocimientos universales, abriendo los horizontes personales más allá de las cuatro paredes de cada entorno cotidiano. A los políticos se les debe exigir formación en la sociología e historia de su país antes que en su propia ideología porque se gobierna, más allá de ideas propias, para el bienestar y el bien común del país; donde conviven ideas y sensibilidades distintas.

En muchas conversaciones me han transmitido la incapacidad de los de Génova para entender algo tan simple como que aquí tenemos dos lenguas vernáculas y que no podemos concebir renunciar, o minusvalorar, ninguna de ellas. Si algo tan de calle como constatar la realidad bilingüe es duro de entender para una parte del PP, ¿cómo no, el liberarse de la educación franquista, y de aquello del destino universal de la nación española? Pero que se comprenda la génesis de esa limitación cultural no puede justificar que se renuncie a reivindicar que en España existen realidades nacionales, no necesariamente independentistas, que deben encontrar su reconocimiento y acomodo en otro modelo de organización territorial.

El futuro de España, la oportunidad de que el País encare los desafíos de la nueva revolución tecnológica con unidad de esfuerzo, depende de que se acierte por fin con un  sistema político que ilusione a la mayor parte, no solo de la población, sino también de las opciones políticas hegemónicas. Porque, como es sabido, la actual asignación de escaños que sacraliza una Constitución casi irreformable, enmascara el sentir de la mayoría de los ciudadanos favoreciendo a los votantes de la España interior, de las provincias que no entiende más nación que la heredera del reino de Castilla.

Si el PP territorial, secuestrado por los genovistas, no es capaz de plantar cara a esa visión  nacional estrecha, a Ciudadanos, un partido de nueva generación, debiera exigírsele que se ubicara en el lado sensato de esta controversia. Pero, lejos de eso, el partido que nació socialdemócrata, federalista y antinacionalista, ha defraudado las expectativas como partido de cambio patrocinando una recentralización uniformadora y territorial exacerbado su visceral antinacionalismo; lo que es una actitud verdaderamente antiliberal.

La cuestión es que cuando los políticos son incapaces, defraudan o, llanamente, engañan para favorecer intereses económicos o ideológicos, el horizonte político se excita dando paso a nuevas iniciativas. Hace un mes se inscribió Contigo Somos Democracia, con sede en Valencia, un nuevo partido político impulsado por José Enrique Aguar, y otros ex de Ciudadanos, que salieron cuando se abandonó la socialdemocracia. Falta saber qué dicen en cuanto al modelo territorial.

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