Un gobierno de Ciudadanos?

La encuesta de metroscopia que se publica hoy en El País, apunta  a que el electorado quiere un gobierno de Rivera (el 69% prefiere que no gobiernen de ni populares ni socialistas)  y cuando se trata de qué tipo de coalición, ya que nada apunta a una mayoría absoluta) una encuesta anterior expresaba que se preferiría una coalición de Ciudadanos con el PSOE, sobre una mayoría con el PP.

Encuesta EL PAIS 1 NOV 151111111111

 

Pero, ¿cuál es la capacidad real de Ciudadanos para hacer frente al desafío soberanista de forma constructiva, es decir, con una solución capaz de convencer a los dos millones de votos que quieren la independencia?

Por sus manifestaciones, sabemos que Ciudadanos está por una modernización del Estado. Por revisar la estructura autonómica actual pero en sentido restrictivo. Está por reducir competencias en materias como sanidad y educación y por uniformar el Estado.

A decir de su máximo representante en Baleares y miembro de la Ejecutiva, Xavier Pericay, está encantando que se habla de Ciudadanos como de un partido jacobino, en ese sentido de igualitario de la ciudadanía y uniformador con el perfil político de una única nación española. Nada de considerar nación a Catalunya, Euskadi o Galicia, nada de entender a España como un estado plurinacional. Así enfocado, es evidente que no podrán atraerse al consenso al nacionalismo soberanista y no serán capaces de dar una salida integradora al tema catalán.

¿Qué pretende Ciudadanos?

Un poco de historia.

Los jacobinos eran una facción de activistas en la Francia revolucionaria de 1789, que se reunían en el convento de Saint Jacques de los padres dominicos en Paris. Eran defensores de la soberanía popular, del sufragio universal y de la indivisibilidad de la nación por lo que eran firmemente defensores de un estado centralizado. Una de sus figuras más emblemáticas fue Robespierre partidario de abolir la monarquía y proclamar la República, que se oponía a otros líderes, de la propia facción, que estaban por detener la revolución y establecer una alianza con los estamentos feudales y conservadores del Antiguo Régimen para asegurarse la defensa ante potencias extranjeras antirevolucionarias.

Al jacobinismo hay que reconocerle que el mérito de haber sentado las bases del republicanismo, que por primera vez fuese el Estado que se hiciera cargo de la acción social y que el país saliese victorioso de las guerras en sus fronteras asegurándose, para triunfo de Europa, el éxito de la Revolución, el coste sin embargo un año y medio de terror despiadado y legalmente expresado en la guillotina.

La influencia del jacobinismo fue indudable en la Francia del segundo tercio del XIX en los reinados Luis Felipe (1830-48) y Napoleón III (1852-71), con un orden constitucional netamente burgués, de protección de los negocios desde las conveniencias y prebendas económicas dictadas por el gobierno de Paris, se impulsó el despegue industrial de Francia que se engarzaba con el proteccionismo, que ya era tradición por las doctrinas económicas fisiócrata y mercantilista, y a eso se unía la unidad de destino de la prosperidad de las nuevas  burguesías coloniales con la ambición imperialista de la nueva Francia colonial y de la Grandeur. Para ello era imprescindible una Francia grande y uniforme con unas mismas leyes en todo su territorio continental y de ultramar, y un gobierno centralizado y fuerte que diera garantías para el florecimiento de los negocios. Un estado, y una nación: Francia, la Grandeur.

En España, no es hasta la Restauración (1876), terminadas las guerras carlistas y estabilizado el País,  que el liberalismo recupera su discurso del primer tercio de siglo XIX, y lo hace tomando como modelo a Francia, y las modernizaciones legislativas y en materia económica se proponen, también, una homogeneidad de mercado que necesitaba abolir cualquiera de las interferencias forales. Se propone, como en Francia un Estado una Nación, el nacionalismo español. La diferencia con Francia es que, en España, la estrategia liberal-nacionalista se articula políticamente en el tercer  tercio del siglo XIX, cuando la impronta de las uniones nacionales de Alemania e Italia, de la mano del romanticismo como escuela filosófica, ya impulsan los nacionalismos naturales o históricos y surgen en Catalunya, y en Galicia, y se reavivan en las provincias vascas y navarras, en nueva versión del antiguo carlismo.

 

“No me gusta el confederalismo ni el federalismo asimétrico”, dijo Rivera, En su opinión, “los derechos los tienen los ciudadanos, no los territorios” y se declaró contrario al derecho de autodeterminación porque “no existe, ni para Cataluña, ni para el País Vasco ni para Madrid”.

El País, 12-marzo-20 15

Ciudadanos, desde ese punto de vista territorial, pretenden volver a impulsar un nacionalismo español a deshora, como en el intento de la Restauración, porque el mundo ha cambiado y porque los nacionalismos regionales tienen una vigencia indudable. Sin entrar en valoraciones sobre qué podría haber ocurrido con otra trayectoria histórica, el hecho es que una estructura de poder centralizada como en Francia ya no podrá aplicarse en España, nuestro modelo posible se acerca a una combinación  entre el alemán, con las singularidades del Estado Libre asociado de Baviera y los casos de Canadá o el Reino Unido que va a evolucionar hacia un  solución federalizante.

 

 

 

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