El domingo 22, que no falte nadie a votar.

Es de obligación insistir en que votar es, más que un derecho, una obligación moral. Quienes creemos en la democracia, y en las elecciones libres como medio para elegir a los gobernantes, defendemos con firmeza que la ciudadanía se exprese emitiendo su voto en cada ocasión en que se le solicite. No quiere eso decir que esté, al ciento por ciento, de acuerdo con el sistema electoral que tenemEl domingo 22, que no falte nadie a votar. Es de obligación insistir en que votar es, más que un derecho, una obligación moral. Quienes creemos en la democracia, y en las elecciones libres como medio para elegir a los gobernantes, defendemos con firmeza que la ciudadanía se exprese emitiendo su voto en cada ocasión en que se le solicite. No quiere eso decir que esté, al ciento por ciento, de acuerdo con el sistema electoral que tenemos es, desde luego, mejorable y allá opiniones para todos los gustos e intereses. Unos optarían por modificar los mínimos de corte, para optar a representación; otros, se fijarían en contabilizar los restos que no alcanzan esos mínimos para, sumándolos, tener posibilidades de ser elegidos por una circunscripción de escala mayor; para los que apuestan por ampliar la implicación de la ciudadanía, habría que generalizar las listas abiertas y, los más puestos en info-tecnologías estarían por implementar ya el voto electrónico y el voto a través de Internet. Todas, modificaciones de mucho calado que no son excluyentes y que, en su conjunto, supondrían una auténtica innovación en el sistema electoral; aunque no cambiaría demasiado la representación de los partidos hegemónicos. La representatividad a penas tendría consecuencias porque, con mayores facilidades para emitir el voto, la abstención técnica, la de la dificultad para acceder al colegio electoral o la de, lisa y llanamente, la pereza, y que son caladeros de los partidos mayoritarios bajaría notablemente se reduciría. Una reforma del sistema electoral en el sentido de un mix de entre todas las medidas apuntadas, tendría como consecuencia más directa el aumento del interés del electorado por las nuevas posibilidades de valor de su voto, satisfaciendo a partidos que ahora se ven seriamente perjudicados, y facilitaría acercar la política y a los políticos a la sociedad, resultando de ello la reactivación del interés, y corresponsabilidad, de la sociedad con respecto a la cosa pública; por ende, la fiscalización de la política como servicio público que es, como administradora y gestora de la sociedad. Pero estamos en campaña de elecciones municipales y autonómicas y vienen a cuento algunas precisas consideraciones que bien pudieran trasladarse al próximo sábado, día de reflexión. Me refiero, naturalmente, a que no es oportuno desnaturalizar unas elecciones regionales y locales convirtiéndolas en un anticipo de las próximas generales, a unas primarias inapropiadas. El electorado vota para renovar el Parlament, los consells y los ayuntamientos y en esa clave habría que votar en función de un programa creíble. Hay que recordar que no tienen sentido acusaciones de corrupción o malversación de dineros públicos para quienes se presentan sin ninguna vinculación con el pasado. Por el contrario, los que sí pueden vincular pasado a futuro, son los candidatos que repitan mandato, como el caso de las listas de los principales partidos del Pacte, cuyo programa, nos parece, es continuidad de las pobreza de estos cuatros años que finalizan. os es, desde luego, mejorable y allá opiniones para todos los gustos e intereses. Unos optarían por modificar los mínimos de corte, para optar a representación; otros, se fijarían en contabilizar los restos que no alcanzan esos mínimos para, sumándolos, tener posibilidades de ser elegidos por una circunscripción de escala mayor; para los que apuestan por ampliar la implicación de la ciudadanía, habría que generalizar las listas abiertas y, los más puestos en info-tecnologías estarían por implementar ya el voto electrónico y el voto a través de Internet. Todas, modificaciones de mucho calado que no son excluyentes y que, en su conjunto, supondrían una auténtica innovación en el sistema electoral; aunque no cambiaría demasiado la representación de los partidos hegemónicos. La representatividad a penas tendría consecuencias porque, con mayores facilidades para emitir el voto, la abstención técnica, la de la dificultad para acceder al colegio electoral o la de, lisa y llanamente, la pereza, y que son caladeros de los partidos mayoritarios bajaría notablemente se reduciría. Una reforma del sistema electoral en el sentido de un mix de entre todas las medidas apuntadas, tendría como consecuencia más directa el aumento del interés del electorado por las nuevas posibilidades de valor de su voto, satisfaciendo a partidos que ahora se ven seriamente perjudicados, y facilitaría acercar la política y a los políticos a la sociedad, resultando de ello la reactivación del interés, y corresponsabilidad, de la sociedad con respecto a la cosa pública; por ende, la fiscalización de la política como servicio público que es, como administradora y gestora de la sociedad. Pero estamos en campaña de elecciones municipales y autonómicas y vienen a cuento algunas precisas consideraciones que bien pudieran trasladarse al próximo sábado, día de reflexión. Me refiero, naturalmente, a que no es oportuno desnaturalizar unas elecciones regionales y locales convirtiéndolas en un anticipo de las próximas generales, a unas primarias inapropiadas. El electorado vota para renovar el Parlament, los consells y los ayuntamientos y en esa clave habría que votar en función de un programa creíble. Hay que recordar que no tienen sentido acusaciones de corrupción o malversación de dineros públicos para quienes se presentan sin ninguna vinculación con el pasado. Por el contrario, los que sí pueden vincular pasado a futuro, son los candidatos que repitan mandato, como el caso de las listas de los principales partidos del Pacte, cuyo programa, nos parece, es continuidad de las pobreza de estos cuatros años que finalizan.

UH, 14-05-2011

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