Falta grandeza y sentido de historia.

 

 

 

No nos hemos caracterizado por tener políticos de altura. Los últimos, habría que buscarlos entre algunos de los que ayudaron enla Transicióny no todos, porque pocos  de los que tuvieron algún protagonismo estarían en esta categoría de excelencia en visión de futuro y en temple para sentar los cimientos de la nueva democracia.

La ciudadanía percibe esta deficiencia valorando como problema la clase política que tenemos. En el barómetro del CIS de septiembre, similar a los anteriores, el problema que se percibe como principal, tras el paro y los de índole económica, con ponderaciones del 78.4 y del 48.2 respectivamente, es “la clase política, los partidos políticos”, con una ponderación de 19.8. Le sigue, en cuarto lugar, “la inmigración”, con un valor ponderado de 15.4 (supera el 12.4 del barómetro anterior) y, en quinto, otra vez la política: “el gobierno, los políticos y los partidos”, con un valor de ponderación de 5.3. La ciudadanía estima que la clase política es un problema con un ponderado de preocupación 25.1; por encima de inmigración, terrorismo, seguridad ciudadana, vivienda, educación, o pensiones y corrupción y fraude, que se valora en torno al 3.1.

La ciudadanía está llamando a la consideración de la clase política para que se acometan reformas que mejoren la calidad democrática del sistema con el objeto de superar el desinterés de la sociedad hacia la política, hacia los políticos a los que, cada vez más, se ve desde esa triste afirmación del mal necesario.

Está en la responsabilidad de los políticos, y de los partidos, trazar estrategias para superar la desafección entre sociedad y política escuchando las aspiraciones de participación y control que demanda la sociedad y, para eso, son necesarias iniciativas reformas de alcance, más allá de suturas puntuales insuficientes para un sistema que alberga importantes lagunas.

La reforma dela LeyElectoralque se pacta entre los partidos mayoritarios, PSOE, PP, CiU y PNV, racionaliza aspectos formales y del voto en el extranjero y se ocupa del transfugismo de mucho interés para los partidos, pero no avanza en reformas para mejorar los mecanismos de elección de los cargos públicos, como sería que el elector pudiera personalizar su voto, a un candidato concreto dentro de una lista de candidatos presentada por una formación política, estableciendo cierto grado de ponderación de listas abiertas.

En esta dirección, sería una buena iniciativa que la próxima legislatura se propusiera una nueva ley electoral balear que tuviera como ejes una mayor identificación entre electores y representantes políticos, mediante un proporción de cargos electos de libre elección dentro de las candidaturas, y un mayor grado de influencia política de la ciudadanía, a través de nuevos instrumentos vinculantes deliberativos y de participación.

Los electores de las distintas candidaturas decidirían entre las baronías, por ese nuevo mecanismo de elección de listas cerradas no bloqueadas, evitando luchas intestinas y controversias artificiosas que no son más que expresión, en el mejor de los casos, de ideologías personales que pueden estar muy alejadas del respaldo de los votantes y del interés de la sociedad.

Cuando la sociedad demanda opciones políticas realistas y sólidas, con capacidad de gobierno y de respaldo social y económico para superar la crisis en la que nos hallamos, difícilmente puede entenderse que en partidos de alternativa, como el PP balear, se alcen voces empeñados en abrir brechas ideológicas, como nombrar con las respectivas denominaciones geográficas el catalán que se habla en las diversas poblaciones de las Baleares, por temor a supuestas consecuencias políticas donde solo hay hechos científicos. Choca, y no se comprende, cuál es el sentido de querer volver a antiguas polémicas sobre esta cuestión, más aún cuando el presidente dela ComunidadValenciana, comunidad donde la polémica duró décadas (solo en la zona metropolitana de Valencia y Alicante, no así en Castellón) Camps ya selló la controversia, zanjando la cuestión con la denominación valenciano/catalán sin más, y sin pretender fabricar nuevas gramáticas y secesionismos.

¿Acaso no vemos con sonrojo, y cierta sorna, que se pretenda bautizar el espanglés como idioma, diferente del español y del inglés? Todo lo más podríamos admitirlo como una forma de argot.

Afortunadamente los tiempos en que una sociedad, un grupo ideológico con intereses partidistas, podía, por el poder de la fuerza comola Iglesiadel Renacimiento contra Galileo, o por la fuerza de los votos, aunque fuera en locura colectiva, como en el nazismo, imponer sus puntos de vistas contra la ciencia, sea la astronomía, la sociología o la lingüística ya han pasado.

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