Reflexiones en torno al PP (y 3)

 

 

A medida que avanzamos en el calendario electoral los candidatos a la sucesión en el PP, nivel nacional o autonómico, buscan transmitir atractivo y credibilidad ante la opinión pública, en la confianza que mostrando su cartel más amable ante el futuro electorado, aumenta su valor como activo electoral y, en consecuencia, incrementa las posibilidades de ser promovidos a candidatos. Siendo ésta la tónica habitual, aunque como es bien sabido las cuentas no siempre salen así de aparentes, se equivocaría el partido popular si su talento para conformar la próxima batería electoral, se limitara a un debate sobre nombres, en lugar de echar mano del sentido de estado para enarbolar un buen proyecto político adecuado a la creciente sensibilidad regionalista, y, también, a la nueva sociología multiétnica, cada vez más visible, en la sociedad española.

En política el pragmatismo, esa habilidad de saber hacer lo que la sociedad necesita en cada momento, es imprescindible para el progreso de las ideas y del país o de las naciones por usar terminología más universal. A veces, frecuentemente, supone adoptar decisiones en la línea, en el filo, de los principios ideológicos que uno pueda defender, pero serán decisiones sabias porque, en definitiva, se trata del éxito de la empresa, y en política, ésta, es la sociedad, la convivencia, el bien común. Diríase que la pervivencia del Estado de Derecho y de las Libertades y del Bienestar se ejemplifica, diariamente, con la convivencia, el consenso social y político entre todas la ideologías, el pacto social de Rousseau; de modo que el pragmatismo es la norma y el radicalismo ideológico la excepción.

No sería, sin embargo, el pragmatismo útil si no adjetivara principios ideológicos sólidos; pues unos son los que inspiran y el pragmatismo el que los hace posibles. Así, y trasladando el discurso a los interiores doctrinarios de los partidos, se percibe cómo la progresión ideológica debería darse como la obligada secuencia que ajusta el instrumento de representación política, y de gobierno dado el caso, a las necesidades que la sociedad pone de manifiesto; necesidades fácilmente rastreables a través de las disfunciones en cualquiera de los sistemas que se considere.  

Desde este ángulo, el partido popular tiene la responsabilidad de trabar un discurso nuevo, decididamente coherente con el espacio político que dice querer representar, y que sea, y sea percibido, como un proyecto nuevo y progresista, o progresivo, desde la vertiente del liberalismo comprometido con el avance económico y social y consecuente con el mapa autonómico y la regionalización. Y eso, naturalmente, pasa también por el relevo de quienes han liderado la etapa numantina del PP dejando el paso a otros que desde la prudencia, la distancia o el ostracismo, han evitado que familias ideológicas minoritarias se apropien del centro derecha.

Estos días Manuel Fraga ha dicho que era hora de pensar en la sucesión en la dirección del Partido Popular y ¿cómo no? la dirección actual por boca de Eduardo Zaplana ha minusvalorado la palabras del Presidente fundador del PP. Fraga, el hombre político y, con talla de estadista, que impulsó la apertura política en 1966, con la ley de prensa que abolía la censura previa; que tuvo el coraje de agrupar buena parte del franquismo político y encauzarlo por la senda democrática; que aceptó, contra su opinión, el estado autonómico, asumiéndolo, más tarde, hasta el punto de reclamar la administración única, más autonomía pues. Fraga ha ido siempre por delante de sus propios correligionarios, décadas más joven que él, sabiendo articular ideología y pragmatismo, con la mirada puesta en el futuro de la sociedad española.

El comentario de Fraga no es intrascendente, por provenir de una personalidad comprometida con el PP y preclara, como pocos; porque cuando Fraga habla de relevos, quizás acordándose de sus fracasos electorales y de ese techo que no lograba traspasar, está, también, refiriéndose a que hay que revisar el bagaje mismo del acervo de los populares cuyo techo está en no ser capaz de conciliar alianzas; sin entrar, ahora, en qué significa, electoralmente ciutadans, ciudadanos, basta ya. Tampoco pasa inadvertido el comentario, del presidente fundador, cuando se refiere a si Rajoy es el Sarkozy español, dando a entender que el presidente francés se ha abierto mucho más de lo que para Rajoy significaría prescindir de su ala  neoliberal y conservadora.

El talante conciliador, aunque duro, del presidente fundador del PP ha sido fundamental para que el partido, de las familias comprometidas con la dictadura, sobreviviendo a sonados fracasos derivara hacia el centrismo en el Partido Popular. La actitud autocrítica y de adecuación constante del discurso ideológico y político de Fraga, y la generosidad para con las nuevas familias llegadas al tronco popular, ha facilitado que el PP se haya consolidado como el centroderecha español y haya crecido, a veces, a costa de arribistas a los que habría de recordar la frase popularizada por Kennedy, …qué puedes hacer por tu país, o el proverbio de los Masai que reza en una de las paredes del Guggenheim de Bilbao, …el hombre es sólo administrador de la tierra de sus descendientes.  Desde esta óptica, llama la atención el sentido patrimonial del poder, que algunos tienen, despreciando a activos políticos como Alberto Ruiz Gallardón, secretario general de AP en 1986, y no ajeno a la apertura que desembocaría en la fundación del PP.

El PP de Baleares tiene que elegir un presidente que lidere el partido en las próximas citas electorales y tiene, ante sí, la tarea de clarificar su oferta ideológica y, en ese proceso de maduración y decantación, coadyuvar al cambio en el PP nacional, desde presupuestos renovados, en la seguridad de que la sociedad espera y requiere un discurso nuevo e integrador desde el centroderecha, sin duda reformista, pero avanzado sin rémoras ni pedanías.

La refundación del partido de Fraga se realizó mientras se asistía al final del muro de Berlín y la liquidación del régimen comunista. Era tiempo de desconciertos entre nostalgias nacionalistas de las viejas potencias y expectativas ilusionantes por un mundo que podía alcanzar una nueva Pax, sobre la base del acuerdo y la cooperación. También había nubarrones de inestabilidad, como en Yugoslavia donde las diferentes repúblicas federadas buscaban la independencia de Belgrado, capital de la Serbia que había liderado hasta entonces, por las buenas o por las malas, la Federación.

En aquel contexto el PP, en cuanto a su visión de la Españaplural, se proclamó celoso defensor de la nación española ante los supuestos peligros de una balcanización que, como es manifiesto no ha ocurrido, ni se dará a pesar de que el aznarismo, cuando en el poder 96-04, y actualmente, se empeña en posicionarse restrictivamente respecto el estado autonómico fijado en la Constitución; la constitución del consenso tuvo la visión histórica de prever que el peso de la gestión política y administrativa del estado habría de recaer en las administraciones autonómicas, descentralizando el poder político, muy en la línea, por cierto, de las directivas europeas sobre buena gobernanza, y subsidiariedad, que verían la luz a finales de los noventa.

La cuestión regional es, pues, uno de los debates pendientes que los populares no deberían de eludir, entre otras, porque no tiene sustancia para tanta suspicacia, pues el Partido Popular no tiene posición doctrinaria respecto a este tema y, además, si se reflexiona en términos de gestión administrativa, de políticas a la ciudadanía, de eficiencias y ahorro de medios, resulta que los planteamientos regionalistas, serían la optimización de cualquier empresa trasnacional. El regionalismo encaja plenamente en el ideario político del Partido Popular que se define de nacional; e, implícitamente, regionalista en cuanto asume sin reservas la Constitución.

El regionalismo podría incomodar a muchos, que tienen pánico escénico a la palabra tradicionalmente nombraba para referirse a buena parte de los quebraderos de cabeza de los gobiernos nacionales desde hace siglos. Estos sectores, para los que el concepto de nación y nacionalismo implica ante todo un espacio económico y jurídico diferencial, hoy superado por la imbricación en la Unión Europea y la globalización, no deberían de tener reparos para un giro hacia un regionalismo, centrado y avanzando, sin complejos, recuperando el centrismo reformista, que el PP ha olvidado, y, ahora también, asumiendo el regionalismo, y aún el federalismo, que dimana del desarrollo constitucional; desde el espíritu abierto y progresivo con que se redactó la Constitución.

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