La imposible multiculturalidad.

 

Los atentados de Londres vuelven a poner en el punto de mira la solidez de nuestro sistema para defendernos de la arbitrariedad de cualquiera que pretenda dinamitar la convivencia. No importa si Londres era un objetivo o si Al Qaeda, demostrando capacidad de organización y respuesta rápida, pretendía golpear a la ciudad que fuera sede de los Juegos del 2012, la cuestión relevante es si disponemos de mecanismos de defensa contra el terrorismo o si, por el contrario, no estaremos ingenuamente favoreciendo la propagación de ideas que socavan los cimientos de nuestra sociedad y disparan directamente a la línea de flotación del estado de derecho y de la sociedad democrática y de las libertades.

Ante los que se erigen como garantes de la convivencia, en el mundo, pretendiendo mundializar un sistema de éxitos y de clamorosos fracasos, como la injusta distribución de la riqueza; o de otros, que se empeñan en reducir el problema a una cuestión de convivencia entre diversas líneas de interpretación y maduración del Corán confiando en que el tiempo templará, como evolucionó nuestra sociedad occidental; en nuestra permisiva, e inocente, sociedad estamos construyendo una sociedad de getos bajo el paraguas conceptual de la multiculturalidad.

Me he acercado al recomendable ensayo del vigente premio Príncipe de Asturias, el octogenario pensador Giovanni Sartori, “La sociedad multiétnica”, doscientas páginas sin desperdicio donde reflexiona, entre otras, sobre ese manido concepto de multiculturalidad que se usa como sinónimo de pluralismo y que pretende suplantarlo en aras de una mayor extensión democrática. La claridad es esencial. El pluralismo se entiende como la posibilidad de varias opciones sobre la visión, el análisis y la actuación frente a cuestiones a afrontar, en un espacio referencial de  aceptación de unos principios o presupuestos fundamentales que vertebran el marco de la convivencia de esa sociedad, necesariamente abierta, en que se da. El pluralismo está relacionado con la tolerancia, es decir, con el respeto al otro, al extraño en costumbres, religión, idioma, …, al mismo tiempo que exige del inmigrante, la aceptación plena de la realidad de haber llegado a una sociedad distinta y a la que deberá integrarse para poder ser también ciudadano de ella.

Por el contrario, con la moda multicultural, ese respeto al inmigrado se convierte en una coba estúpida (del latín stupere, quedar aturdido), por el que se llegan a decir inconsistencias, como que se es ciudadano del mundo, o como que la cultura del extraño, el inmigrante, debe ser incorporada a nuestra culturalidad desde un plano de igualdad. La multiculturalidad política, que es en el fondo lo que está detrás de algunos, por un deformación del principio del autogobierno, pretende llevar el principio de la autonomía a las realidades étnico-culturales, con la pretensión disimulada de consentir derechos y deberes, es decir jurisdicciones, según la procedencia o el credo religioso-cultural. De manera que retrocediéramos en el tiempo, cuando la sociedad estaba formada por súbditos que gozaban de derechos y deberes según la cuna, lo que hoy perdura como sistema de castas.

El respeto a la diferencia tiene, y debe de seguir teniendo, el límite en la Ley que nos hemos dado quienes acogemos, y no puede haber excepciones porque el recién llegado a una sociedad extraña se sienta más atraído a permanecer en su cultura de origen que a incorporarse a la nuestra (con un idioma que desconoce, con mayor complejidad y competitividad en valores y contenidos culturales), porque de ceder en pretensiones culturales se acabarán conformando getos culturales y, a la postre, políticos si el estado, en un exceso de inconsciencia, da demasiadas facilidades para el derecho de voto a esos nuevos ciudadanos de facto; entonces la probabilidad de la división sociopolítica es evidente, produciéndose, lo que Sartori califica, la balcanización de la sociedad, en contraposición al modelo estadounidense de las oleadas de inmigración, hasta los años cincuenta del siglo pasado, que conservando sus peculiaridades y gustos propios de cada nacionalidad, no han tenido dudas en abrazar y defender los valores de la sociedad norteamericana.

El problema de la integración de la inmigración, y particularmente la de religión islámica, es ante todo una cuestión de claridad de ideas. Saber concretar los límites de las libertades de unos, nosotros la sociedad occidental la de acogida con sus derechos y deberes consuetudinarios y su modelo perfectible, y el respeto, y la tolerancia, hacia los otros que quieran incorporarse a nuestro proceso de construcción social y política y que abunden en nuestro valores, a los que, en su momento habrá que ofrecer la nacionalidad, pero, atentos, siempre que renuncien a la suya. Quizás las únicas excepciones los países latinoamericanos y los dela Unión Europea, por razones tradicionales y de parentesco político.

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