Los Windsor y los Borbones

Al hilo de las informaciones y comentarios que se están publicando con ocasión de la muerte de la Isabel II surgen las inevitables alusiones a las diferencias intrínsecas y de talante la monarquía británica y la española. Se resalta con admiración la capacidad de la Reina para adaptarse a las situaciones cambiantes del siglo XX sin que por ello se considerara afectado su estatus regio. La Reina, sin duda de una fina inteligencia, se reinventaba cuando las circunstancias así lo exigieron. Quizás la última fuera en ocasión de la muerte de la princesa Diana cuando, tras muchos titubeos, mostró su capacidad de empatía y humildad cambiando de actitud, reconciliándose con la madre de sus nitos William y Harry.

Pero, sin duda, la mayor muestra de sabiduría política de la monarquía británica fue el modo cómo se hizo encarnación y continuidad de las esencias históricas, sustituyendo los apellidos de origen prusiano por el actual de Windsor. Por el matrimonio entre la Reina Victoria y Alberto de Sajonia-Coburgo-Götha se incorporaron los apellidos alemanes a la Corona. En 1917, el nieto de la Reina Victoria, y abuelo de Isabel II,  de Isabel II, Jorge V en plena Primera Guerra Mundial se dio cuenta que resultaba embarazoso que dos monarquías con lazos familiares, y apellidos alemanes, estuvieran enfrentados en una guerra larga y particularmente cruel. Para el pueblo británico, en plena escalada militar y difusión de los medios radiofónicos resultaba insostenible esa referencia constante a los lazos familiares entre una y otra monarquías en guerra.

El encargo de encontrar un nombre que encarnara la tradición histórica más inglesa fue la sugerencia de Windsor. Una fortaleza antigua y ligada a la realeza en el pasado. De esa suerte se abandonó el apellido alemán y se adoptó el de Windsor al tiempo que los títulos honoríficos aparejados mudaron sus nombres por referencias netamente del Reino Unido.

Castillo de Windsor. Fortaleza de 1070 reformada en múltiples ocasiones.

Hay que aprender de los británicos  su pragmatismo y su capacidad, habilidad, para inventar relatos que luego se acrisolan como verdades indudables casi imposibles de modificar. En eso los españoles fallamos porque enfrascados en el orgullo de sabernos, o creernos, mejores que el resto hemos estado despreciando el crecimiento de infundios, bulos y diretes sin molestarnos en desmentirlos. Los aparatos de propaganda, para que sean eficaces, deben ser inteligentes y, por supuesto, son caros y de retornos económicos a medio y largo plazo; por estos lares no hemos sido conscientes de esta necesidad. 

Con frialdad, no soy monárquico, pero con tristeza miro la poca flexibilidad de la familia Borbón. Si los Windsor pueden saltarse la esencias por acercarse al pueblo, a la realidad que vive su sociedad multiétnica y multicultural, por qué la monarquía borbónica no puede tocar el suelo de la realidad española, multicultural, al menos tanto como la británica, y reconocer la multinacionalidad de España como hacen los británicos  con Escocia, Gales, Irlanda del Norte e Inglaterra, como naciones que conforman el Reino Unido.

En España se acostumbra a dar por buena esa torpe visión de asumir el pasado sin más, y sin asomo de crítica o de revisión, identificando tradición con autenticidad y esencias. Así, se impide toda posibilidad de evolución, permaneciendo las ideas  anquilosadas sin mayor alternativa que su derrumbe traumático. Así se explican las revoluciones. Cuando no hay posibilidad de cambio solo quedan las barricadas, diríamos en pleno siglo XIX y XX.

Se sostiene que la caída de Alfonso XIII se fraguó cuando el rey nombró a Miquel Primo de Rivera como presidente de gobierno en 1923, como hiciera el rey Víctor Manuel II, en Italia, entregando el poder a Mussolini un año antes. Pero, siguiendo los datos de la historia el fracaso de Alfonso XIII fue no haber sabido diseñar un gobierno de futuro a la aceptación de la renuncia de Primo de Rivera en enero de 1930. 

El gobierno Berenguer. Enero 1930. Viejos políticos para un tiempo nuevo.

El nombramiento de un general de la vieja guardia como Dámaso Berenguer, con ministros de los años veinte como el Conde de Romanones, queriendo volver a la política del turno de poder de la Restauración, mostró a los nueva política que el cambio en España solo podía pasar por un futuro republicano que se acordó, en agosto de 1930, con la firma del Pacto de San Sebastián.

Firmantes del Pacto de San Sebastián, Agosto 1930

Es posible que si el rey Alfonso hubiera estado mejor asesorado y alguien, pasando de los brillos del tirón emocional de la monarquía, principalmente en las zonas menos industrializadas y urbanizadas, habría podido ser una transición hacia otra monarquía más pragmática, más a la británica y menos presa de sus condicionantes seculares.

La lacra ideológica de la monarquía borbónica es su concepción centralizada del poder. Siendo oportunidad en el siglo XVIII, modernizando el Estado con mayor eficiencia e instituciones ilustradas en la sociedad, tuvo el envés de cargarse la diversidad cultural y política de las naciones que conforman España, que sí habían sido respetadas por los Reyes Católicos y la dinastía de Augsburgo.

 

Felipe VI, procamdo Rey de España. 19, junio, 2014

El día de la proclamación del rey Felipe VI publique en Última Hora el artículo que transcribo.

 

Felipe VI tendrá que formular un nuevo pacto social.

(Versión, aproximada, de lo publicado hoy en UH)

Felicito al nuevo Rey Felipe y le deseo acierto en encontrar su papel por el bien del país. En esta España sin monárquicos, y de corazón republicana, la monarquía tendrá que validar su legitimidad histórica asumiendo un papel institucional propio, más allá de la representación totémica del Estado, de la que algunos quisieran no se apartara. Su padre Juan Carlos, legalmente elegido rey para continuar con el régimen anterior, se legitimó ante la sociedad cuando aportó un plus de compromiso personal, impulsando el cambio político, democracia parlamentaria y un sistema autonómico que buscaba, y eso es así, integrar a Catalunya y Euskadi principalmente, en un proyecto de España sólido y de futuro.

Publicado en Últimas Hora, el 19 de junio de 2014

Felipe VI arranca su reinado también con esa doble dificultad, en eso no tiene nada que envidiar a las dificultades de su padre: legitimizarse socialmente, impulsando reformas que constitucionalmente no dependen de Él pero que la sociedad española reclama, y ganar credibilidad para su reinado, estabilizando la monarquía como forma  de Estado. Para una y otra tendrá, tendrá que asumir algunos riesgos de prestigio que no serían  necesarios en otras monarquías. La española no es otra monarquía europea sino impuesta por un dictador, aunque colectivamente aceptada como mal menor bajo el miedo, nada fantasioso, del caos institucional; recuérdense los intentos involucionistas: atentados de la calle Atocha, operación Galaxia, el Golpe del 23F, hechos que parecen lejanos, pero que podría reproducirse con los mismos mimbres, si alguien tensara al máximo la situación política sin salida de continuidad.

El Rey inicia su reinado con los mejores parabienes personales y con la sabiduría del conocimiento del País, sin olvidar el muy estimable mentoring de su padre don Juan Carlos. Del porqué la abdicación ahora, caben respuestas interesadas y el Rey tendrá la suya de peso, pero al analista no se le escapa la coincidencia del porqué el enuncio de la abdicación se produjo en plena resaca postelectoral. El vuelco al sistema de partidos, que había funcionado desde la Transición, y, en Catalunya, el refuerzo del soberanismo, habrían convencido al rey de la necesidad de adaptar la constitución a las exigencias y necesidades de hoy. Y ante la cerrazón, en banda, de un presidente de gobierno reformista que no quiere oír hablar de reformar la constitución, no habrían dejado otra salida que la abdicación. El Rey Juan Carlos no habría tenido otra manera de marcar su posición que provocando el cambio desde arriba, pasando el testigo a su hijo para que éste, emprenda con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando”. El joven rey, sin duda, habrá tomado nota.

La necesaria reforma constitucional tendrá que abordar tres cuestiones esenciales: Modelo territorial, sistema de partidos y electoral, y democracia participativa. El modelo territorial que tenemos ha resultado ineficiente,  y, además, se muestra incapaz para conciliar a Catalunya y Euskadi en la nación española plurinacional, objetivo último del desarrollo autonómico. El sistema de partidos endogámico y descontrolado, mimado por un sistema electoral ad hoc, ha dado como resultado partidos que han actuado mirando el interés ideológico privativo, en lugar de buscar el interés general, posibilitando la corrupción generalizada; dando al traste con la presunción de honestidad de los partidos: esa mancha de sospecha resulta insoportable para dar otra oportunidad, sin más, a un sistema de partidos dañado de raíz y que sólo puede aspirar a una refundación desde los cimientos. Y, en tercero lugar, una reforma constitucional tiene que dar respuesta a la demanda social de mayor implicación entre política y ciudadanía; tiene que establecer nuevos cauces de participación política, mecanismos de la llamada democracia participativa, para que la sociedad sea consultada más allá de los referendos que constituyen las convocatorias electorales.

 

El Rey Felipe asume su reinado con éstas, y otras, cuestiones en su portafolio sabiendo que, como sabemos sin competencia en materia política, su aceptación y respaldo institucional y popular, dependerá de su habilidad para dar respuesta positiva a estas cuestiones medulares en política nacional; tendrá que buscar la querencia de la sociedad, sus instituciones civiles, y en aquellaclase política que esté dispuesta a estar a la altura de la historia, como estuvo la nomenclatura franquista cuando votó la Ley de Reforma Política.

La reforma constitucional deseable y posible, podría realizarse en menos de seis meses, por el artículo 167 (UltimaHora, noviembre 2013), haría posible introducir una nueva tipología de comunidades autónomas, de régimen federal, posibilitando un estatus federal inmediato para Catalunya y, extensible a otras comunidades y regiones que, según alcanzaran parámetros de masa crítica suficiente y viabilidad,  podrían acceder también al estatus federal.

Dar una respuesta positiva e integradora a los desafíos de desafección, no solo territorial, sino también política, social y de convivencia, está al alcance de la clase política que tiene la obligación, como gerente del Estado, de dar la oportunidad a Felipe VI para que impulse esa adecuación institucional. Y si se hace así, la monarquía se habrá validado y, a medio plazo, el rey podría, y debería para cerrar el tema de legitimidad, someterse a la voluntad de un referéndum con todas las garantías para su validación. Pero, si la política sigue enroscada en su ombligo, entonces habrá que preguntarse a qué oscuros intereses sirve, y estaremos ante la legítima exigencia de una refundación del Estado con implicaciones imprevisibles.

 

 

 

 

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