En tiempo de crisis se vota a la derecha

No fue ninguna nadería aquel aviso de Pablo Iglesias de que unas nuevas elecciones podría alejar a Pedro Sánchez de la Moncloa. Porque, aunque las encuestas dicen que el PSOE saldría reforzado, lo cierto es que planean demasiadas variables sobre el resultado de una repetición electoral.

Dos principales: Primero, saber si el PP lograría recuperar suficientes votos de Vox y Ciudadanos, como para reconquistar, ley electoral mediante, escaños importantes y si conseguiría mayoría suficiente como para formar gobierno. Hoy parece que no pero en noviembre, cuando los tambores de crisis pueden ser temores confirmados, es más que probable que parte del electorado centrista del PSOE, el menos sanchista, se refugie en el mal conocido votando a populares o Ciudadanos. Segundo, la sospecha que el ensayo de Navarra Suma, ahora España Suma, se acordara para el Senado que, no se olvide, tiene la llave de cualquier reforma del Estado y capacidad de bloqueo en cuestiones importantes, como se ha comprobado en estos meses de gobierno interino.

Y mientras, desde la Presidencia, se anda con tactismos buscando acojonar a los de Podemos, porque podrían perder la mitad de sus escaños, pero sin que el PSOE se beneficie como para no necesitar sus apoyos. Este es un juego de irresponsabilidades porque España merece soluciones duraderas a sus problemas y no combates infantiles. Los dos partidos tienen el deber electoral de entenderse y no temerse mutuamente, porque el perfil ideológico de la izquierda en España está más cerca de Alemania que de Grecia y eso significa que entre Sánchez e Iglesias, el actual presidente tiene siempre las de ganar salvo que abandone las tesis, con las que ganó las primarias y le votaron en el 28-A.

Unidas Podemos no se ha manifestado sobre el gobierno de coalición. Seguramente no quieren descartarlo como elemento máximo de negociación pero quizás sea, también, porque empiezan a ver las dificultades de estar en el gobierno y, a la vez, junto a la calle cuando las crisis que se avecinan sean realidades; la temida recesión y el Brexit duro, que obligará a ajustes de todo tipo. Y las incertidumbres geopolíticas: Italia y los duelos de la Unión Europea, con Estados Unidos, China, las nuevas inseguridades sobre el acuerdo con Mercosur y la inevitable convulsión de la sentencia del Procés.

Y todo ello, sin tener en cuenta que en esta legislatura habrán de tomarse decisiones de calado, económicas (lo del diesel y demás combustibles fósiles, por ejemplo) y políticas, qué se hace con los abusos sociales, del alquiler … y la cuestión catalana.

Pedro Sánchez sigue creciendo en el exterior de la mano de Macron, como Zapatero lo hiciera a la sombra de Obama. Al último presidente socialista le pasó lo que a Suárez, admirado en el exterior se atragantó a los de casa y salió por la puerta falsa.

Alerta que a Pedro Sánchez, que disfruta de las mieles del crédito del poder, no le ocurra lo mismo y se quede como alevín de la refundación de la socialdemocracia europea.

Los estrategas socialistas no deberían temer a una coalición, si fuera necesario, y los de Podemos no exigirlo, porque nada les aportaría salvo el orgullo de estar en el  Gobierno y, en cambio, les limitaría la libertad de actuar de oposición alentando el resurgimiento de antiguas siglas comunistas o anti sistemas, al estilo de la CUP catalana.

A Pedro Sánchez y Pablo Iglesias les queda tiempo para bajarse de las poltronas de los dioses pero si no lo hicieran, sus marcas regionales debieran exigirles un acuerdo o enfrentárseles de manera sería y creíble.

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