Duelo Company – Font, a la sombra de la izquierda

Salvo sorpresa, por primera vez, a la vista de la última encuesta electoral publicada el domingo en Última Hora, el PSOE será capaz de sucederse a sí mismo en la presidencia de la Comunidad. El electorado de Baleares habría entendido los esfuerzos de Francina Armengol por situar el discurso político a la altura de los grandes desafíos a que se enfrenta nuestra sociedad. La sostenibilidad medioambiental y también la del turismo, que hasta ahora habían eludido toda responsabilidad en la degradación de la convivencia.

Masificación y pisos turísticos han centrado el debate de la legislatura que concluimos. En el último debate de la Comunidad, Armengol puso el acento de su gestión en esa reflexión estratégica, no cortoplacista, del hacia dónde se quiere ir. Alineada con la vanguardia del cambio energético de estados como Alemania, con su parón nuclear y la limitación del diésel, y Dinamarca, que prohibirá la venta de vehículos diésel y gasolina a partir del 2030, Francina Armengol ha impulsado una Ley de Cambio Climático, mejorable sin duda, pero que, por primera vez, ha puesto límites al desenfreno neoliberal del crecimiento económico sin contención ni control. Siendo la medida más rompedora, seguramente, el limitar el acceso de vehículos a Formentera que, en opinión de muchos, debiera de extenderse a todas las Islas. Por muy legítimo que sea el negocio del rent a car, éste no debería prevalecer por encima del bien común de la comunidad social.

Como el alquiler turístico, que también debería de afrontarse desde el interés social, por mucho que quienes defienden su generalización aludan al derecho de propiedad. Cabe recordar que muchas viviendas se compraron como fondo de ahorro y su rendimiento se enfocaba en el alquiler de larga duración. No pueden pues, legítimamente, reclamar los propietarios otro trato. El gobierno saliente ha hecho, sobre esto,  una regulación que es mejorable, pero en esa línea de preservar el interés de habitación social por encima del consolidar el nuevo negocio que hurta espacio púbico de convivencia para convertirlo en territorio turístico.

Decía, hace unos meses en esta misma columna, que la diferencia histórica entre los partidos de derecha y de izquierda estaba, grosso modo, es que los primeros defendían los intereses y aspiraciones de hacendados y propietarios industriales, y los de izquierda, a asalariados y a pequeños comerciantes; autónomos, profesionales independientes y servidores públicos. Tras las experiencias de la globalización y sus consecuencias, con la brecha económica creciente entre clases sociales, la izquierda se enfoca hacia un cambio de modelo de sociedad frente al estatus quo al que se aferra la derecha neoliberal.

El domingo se enfrentan dos modelos de sociedad y, en la derecha, se escenificará el duelo por el centrismo entre un partido popular, que ha pasado del acento regional de Biel Company al extremismo de Casado, y el regionalismo de Jaume Font cuyo partido, el PI, no consigue despegar desde el espejismo de 2011 en que la Lliga, recién formada, consiguió superar a Convergència (la antigua UM), juntando ambos 24.200 votos. En 2015, tras la formación del PI, el regionalismo de centro tuvo 34.060 votantes, y no logró superar los tradicionales tres escaños del espacio de UM. Entonces se trató de justificar el fracaso por la entrada de los nuevos partidos. En estas autonómicas una vez celebradas las generales, sin excusas de voto de utilidad o de castigo, la ciudadanía tendrá que validar el valor de un partido regionalista de centro derecha.

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