¿Es posible un gobierno popular de cambio?

Alguien dijo que las encuestas las carga el diablo en ese sentido de dar por hecho hipótesis que se convierten en realidad virtual y ante las que el electorado se posiciona. Ocurrió así el domingo 26-J y, con la ayuda del efecto refugio ante el pánico abierto por el Brexit que ha descubierto la desnudez de Europa, los electores tomaron partido.

El votante ha desconfiado de Podemos porque es un partido improvisado, con ideología trashumante, hecho a fuerza de necesidad y mercadotécnica y sin experiencia de gobierno pero, sobre todo, sin maña política; sin la flexibilidades del saber hacer política. Podemos es un partido de convicciones literarias, en algún momento de consignas leninistas, y en mucho, urgido de tocar poder ante la dureza de una travesía en el desierto de la marginalidad. Un partido de suma ideológica de izquierdas, como lo es el PP en la derecha, pero con el handicap de que la izquierda es más plural mientras que la derecha se pone fácilmente de acuerdo cuando priman intereses de pecunia.

Para la historia oficial, Pablo Iglesias quedará como el máximo responsable de que no hubiera sido posible un gobierno en la anterior legislatura, pero esta lectura no será del todo correcta. La investidura de Pedro Sánchez fue inviable desde que los “mayores” del PSOE, recelando de la renovación generacional e ideológica, lanzaron a Susana Díaz como ariete destructor contra Pedro Sánchez, no fuera que creyera en una España federal; vetando a Podemos para imponer a los de Ciudadanos que se envalentonaron en su líneas rojas de tuerca económica, haciendo inviable la posterior adhesión de Podemos.

Tras la acaparadora mayoría del PP, se esfuma un gobierno de cambio que devuelva la confianza en la política porque es muy dudoso que el partido popular dé un salto político de modernidad e higiene. El ejemplo de un ministro del interior, que solo los ingenuos pueden pensar que va por libre, conspirando desde las cloacas como un jefe de policía a lo Javert (en Los Miserables) contra políticos independentistas, sería suficiente para inhabilitar a Rajoy pero no parece importar a nadie.

Y no es creíble un reconvertido PP como llave de una reforma constitucional que devuelva al país la ilusión de la Transición, porque los populares han hecho de la inmovilidad valor ideológico y de la resistencia a todo cambio, su divisa política. Disfrazado de fatalidad urgida por Europa, está la necesidad de este Rajoy renacido de no perder el poder y evitar que la orfandad institucional facilite destapar nuevos casos de corrupción. De modo que ya está ofreciendo reformas constitucionales. Pero, ¿Cuáles? Cuando el partido popular se refiere a cambios en el texto constitucional sus ofrecimientos se dirigen a reafirmar el statu quo afianzando una visión restrictiva e involucionista del texto consensuado en 1978.

El PP ofrecerá de gancho un nuevo sistema de financiación autonómica menos injusto y con la ordinalidad reclamada. Un sistema con mayor equilibrio que el actual, igualitario, del agrado de Ciudadanos que tiene a los nacionalismos en el punto de mira, pero antiliberal; manteniendo las subvenciones a las autonomías del “voto cautivo”. Un nuevo sistema de financiación autonómica que no resolverá la cuestión con Catalunya ni Euskadi, ni en otras autonomías que ya están abiertamente por el modelo federal.

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