Para tropa, la de Adolfo Suárez.

En esta semana se han vertido centenares de reflexiones sobre la figura de Adolfo Suárez: su talante dialogante y una sólida personalidad de convicciones; mostrando rasgos autoritarios en su primera etapa como presidente hasta la celebración de las primeras elecciones democráticas, y conciliador, buscando consensos, hasta culminar con la aprobación de la Constitución. La hoja de ruta de la Transición, clara en cuanto al objetivo formal de conducir a España a un sistema democrático parlamentario, se difuminaba en cuanto al modelo territorial. Suárez, por rigidez de Alianza Popular y sus propios correligionarios de UCD, que nunca creyeron en el estado autonómico, impulsó un estado de las autonomías tímido que, no obstante, apuntaba hacia un modelo federal. Se trataba, para algunos, de adaptar el peso organizativo de la administración central a medida que los entes autonómicos asumieran nuevas funciones; una racionalización del proceso de transferencias que hubiera modernizado, y adelgazado el peso de la administración pública, si el golpe del 23F no hubiera acabado triunfando ideológicamente con la LOAPA y la progresiva recentralización.

 

A las generaciones centrípetas de hoy que minusvaloran el peso de los nacionalismos en la historia de España, conviene recordarles que el reconocimiento institucional de la diversidad territorial era condición sine qua non para una transición pacífica. Suárez, nada sensible a la cuestión de los nacionalismos, lo entendió bien dando el paso osado y acertado, de nombrar a Tarradellas como presidente de la Generalitat provisional, antes de que existiera la Constitución. En mi opinión, bien que no de jurista, habría materia legal para argumentar la singularidad autonómica de Catalunya a la altura de los derechos históricos de Navarra y el País Vasco. Políticamente, se pretendiera o no, el restablecimiento de la Generalitat tiene semejanzas a cómo se restauró la Monarquía que, instauradas ex novo, se personalizaron en depositarios legítimos.

Cumplido el trabajo encomendado por el Rey y la “economía fáctica”, el presidente Suárez se queda solo. Le abandonan los suyos, los que se sentaban a su lado en los Consejos de Ministros y que luego vimos triunfar en AP y el partido popular; protagonizando los aciertos y errores de los años noventa, y la esperpéntica y errática política popular hasta que, en el Congreso de Valencia, tomó las riendas Mariano Rajoy.

29-03-2014, UH

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