No podemos fallar al País.

(Publicado en Ultima Hora, el 21 de diciembre de 2013)

 

El último escándalo que acaba de saltar a las páginas de la opinión pública son las manifestaciones del juez Elpidio José Silva sobre el caso Blesa. Los correos electrónicos cruzados entre el expresidente de Caja Madrid, entre 2007 a 2009, con significativas personalidades del partido popular madrileño, entre ellas su actual presidente y los aledaños de José Maria Aznar, muestran el grado de complicidad entre unos y otros para enriquecerse a costa del dinero ajeno. En uno de los correos, el hijo mayor de Aznar recrimina a Blesa porque no accediera a comprar el lote de obras del pintor Rueda por 54 millones de euros: “Con los pelos que se ha dejado por ti, y han sido muchos, me parece impresentable lo que has hecho o lo que no has hecho. No se merecía esta decepción”. El pobre don José María decepcionado porque la Caja no adquiriera unas obras que, según otra valoración, no alcanzarían los 3 millones.

Es, éste, el enésimo caso de corrupción política de una cadena que parece interminable y que pone en evidencia la existencia de tramas de corrupción entre algunos políticos de profesión que han estado en la cúspide, y siguen, moviendo los hilos de la política nacional de espaldas a los intereses de los españoles.

A la ciudadanía, por encima de consideraciones secundarias, le importa la convivencia social y económica, y el estado de bienestar que no estaría amenazado si las arcas públicas no hubieron sido sistemáticamente saqueadas.

Hay que volver a la política y recelar de las respuestas a la crisis que van en la dirección de una vuelta al feudalismo. De un nuevo enfeudamiento a los dictados del Mercado, trabado por una política de insensibilidades en la toma de decisiones, que prospera en un terreno abonado por la desesperanza, la frustración y el miedo. Ese escenario es demoledor y explosivo.

Es precisa una vuelta al sentido común. A los principios constitutivos de nuestra sociedad liberal y democrática y, por ende, protegida de grupos y monopolios que imponen sus normas.

Hay que hablar de ideología, del porqué vivimos en sociedad y de la doctrina económica de libre mercado que, formalizada por los padres de la economía del XIX, proclamaba al bienestar de la sociedad como meta y objetivo de la actividad económica.

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