Ganaremos la credibilidad pero hay que revisarlo todo.

Estos días se ha hecho público un estudio del Barómetro de la Marca España realizado el pasado mes de marzo, en el que se muestra el deterioro que ha sufrido la imagen de España en la opinión pública alemana. Si en 1996, uno de cada diez alemanes desconfiaba de los españoles, hoy son cinco de cada diez los que no tienen buena opinión de nosotros. Una corresponsal alemana en España escribe, en un artículo, que también circula por la red, que “la razón de la enfermedad de España es un modelo de Estado inviable, fuente de todo nepotismo y de toda corrupción, impuesto por una oligarquía de partidos en connivencia con las oligarquías financiera y económica, y con el poder judicial y los organismos de control a su servicio”.

No me cabe una descripción más desoladora y, a la vez, descriptiva del sentir de amplios sectores de la ciudadanía española. Al margen de declaraciones públicas, necesariamente tranquilizadoras, la mayoría de políticos que no se han lucrado en esa rifa general, tienen conciencia de que no se han hecho bien las cosas; de no haber sido suficientemente diligentes en los proyectos desarrollados y en el control del dinero. La ciudadanía, por descontando, tiene una opinión mucho peor.

En la última encuesta del CIS, marzo 2013, a la pregunta ¿Cuál es, a su juicio, el principal problema que existe actualmente en España? ¿Y el segundo? ¿Y el tercero? Tras el paro, el primero, contestan la corrupción y el fraude, un 44,7 por ciento; en 2012 había sido el 12,2 por ciento, mientras que en 2010 habían contestado esa opción el 2,7 por ciento. Los políticos en general, los partidos y la política, tras la economía, es percibido por el 31,4 por ciento como el cuarto problema más importante que existe actualmente en España.

En buena medida, el descrédito de la clase política estriba en ese staff de políticos profesionales que a menudo constituye un funcionariado de partido y que, debiendo su elección al líder que le coloca en la candidatura electoral, actúan más como extensión del éste que en representación de los votantes. Cambiar esa situación pasa por limitar el monopolio de la política por los partidos y porque la sociedad civil tenga mayores cuotas de protagonismo político a través de listas desbloqueadas y de nuevas circuncripciones; no precisamente las uninominales que aumentaría el clientelismo. Un nuevo sistema electoral que armonice la ideología política, canalizada a través de los partidos, con la capacidad efectiva de los electores por personalizar la elección de su candidato.

(Publicado en ULTIMA HORA, el  27-Abril-2013)

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