La expropiación de YPF, como síntoma.

La expropiación de YPF es un acto de bandidaje por parte de un gobierno democrático, aunque el tipo de caudillismo de la señora Kirchner alienta sospechas sobre su creencia en el Estado de Derecho,  y sobre la consistencia de la sociedad civil argentina, más cercana a todo vale del chavismo, que a sus vecinos del Cono Sur.

Tras el desastre económico y financiero que supuso la dictadura de Videla, y su traca final, la guerra de las Malvinas (cuya segunda parte se podría estar gestando), la economía Argentina sufrió duramente la crisis económica de los ochenta, con una inflación galopante que llegó al 22.000 % entre julio de 1989 y diciembre de 1990. La inversión extranjera fue, entonces, el músculo financiero que permitió remontar la economía privatizándose empresas estratégicas obsoletas, mal gestionadas y con demasiados “amiguismos”, propios de esa malsana relación que se establece entre políticos e intereses económicos. El plan de convertibilidad de 1991 paró la hiperinflación, aumentó la productividad, sentó las bases para la modernización en sectores estratégicos, como las telecomunicaciones  con la entrada de Telefónica en 1990 y, en la industria petrolera, la adquisición de YPF por Repsol, en 1999; en plena crisis financiera que llevaría al “corralito”.

Argentina saca provecho de ésas, y otras, inversiones extranjeras pero, a pesar de ocupar el lugar número 9 entre los países con mayores recursos naturales, no genera confianza en su futuro más allá de un escandaloso cortoplazo, por exceso de arbitrariedad y amiguismo. Ocupa el lugar 105 en el índice de percepción de la corrupción, y sólo alcanza el 120, sobre 192, en calidad institucional; indicador, éste, que valora la adecuación de las instituciones, y la capacidad real de la ciudadanía para gestionar los asuntos públicos, y su resilencia ante las adversidades e imprevistos.

Estos, y otros indicadores, muestran a Argentina como un país de importantes contradicciones que, junto a un notable nivel de instrucción, muestra una madurada inmadurez política, facilitando liderazgos demagógicos que transmiten inestabilidad y poca credibilidad.

Actitudes como la del gobierno argentino, sin embargo, a modo de plante de los segundos, sugiere que hay que proponerse avanzar hacia otro modelo de globalización, equilibrada en sus objetivos, que vele también por la economía real y la salud de los mercados nacionales.

Publicado en ÚLTIMA HORA, en 28-abril-2012

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