Del congreso de Sevilla al PP Balear (y 2)

En el Congreso de Sevilla, el PP se reafirmó en el centrismo reformista y la figura de Mariano Rajoy ganó independencia, respecto a familias afines con etapas anteriores, anteponiendo los intereses de España por encima de corsés ideológicos y de maximalismos uniformadores.

Rajoy está mostrando talla política, y si consigue hacer eficiente el estado y reordenar territorialmente el país, equilibrando intereses y aspiraciones autonómicas desde criterios de equidad y justicia distributiva, se convertirá en el hombre de estado que este país necesitaba desde que Suárez trabó la transición de la dictadura a la democracia. Ahora, no se trata de fundar otro sistema, sino de ajustar el modelo de estado a los desafíos y condicionantes del siglo XXI, homologando economía y sociedad con los modelos de éxito en Europa, ambicionando ser actores de referencia en la malla global.  

Hay razones, en ese sentido, para esperar mucho de este Presidente, de vocación europea y trabajador metódico, que quiere gobernar con todos y con sentido de realidad y de mesura: “una de las enseñanzas que me deja la experiencia es que la ansiedad es mala consejera para el gobernante (…) La sabiduría siempre es humilde. Nosotros preferimos la humildad”

Reflexiones, éstas, que recuerdan a Manuel Fraga cuando, desde la claridad, hacía gala de generosidad y de saber ceder para sumar en lo fundamental, son un buen preámbulo para situar el desafío político que supone el próximo congreso del PP balear.

Como apuntaba en el artículo anterior, ver UH 17 de febrero, al contrario del Congreso nacional, el Congreso del PP de Baleares tiene que entrar en el debate ideológico y estratégico respecto al regionalismo y la defensa de la lengua y cultura propia.

El partido popular en Baleares tiene que seguir estando a la altura del País, como hasta ahora, y como lo estuvo la antigua Alianza Popular balear que, sin haber firmado el Pacto Autonómico en 1977 y desentenderse de la lengua y cultura propias, mostró clarividencia y músculo político con el liderazgo de Gabriel Cañellas, que supo mantener militancia y voto regionalista en las siglas populares actuando desde el centrismo político, cuando la mayor parte de AP se mantenía en un discurso radical y rancio.

Los excesos del último gobierno popular, las torpezas políticas y los casos de corrupción, hicieron necesario una catarsis y un cambio generacional o, al menos, de políticos que hubieran tenido alguna responsabilidad directa en el gobierno de Matas; gobierno que, al margen de errores de prospectiva (y planificación estratégica) y de falta de rigor en el control de los dineros públicos, fue el primero que encardinó proyectos de modernización y de futuro para Baleares.

El presidente Bauzà tuvo el coraje, sin olvidar la etapa de Rosa Estaràs, de trabar un equipo capaz de superar el desánimo de la militancia popular y de recuperar el crédito electoral, y lo hizo fiando de sectores que, insensibles con la tradición regionalista, habían sabido ganar la audiencia pública, transmitiendo la esperanza de sumar electorado ante unas urnas que llegaban en plena fase judicial de casos de corrupción.

La realidad de los datos, es que el PP solo tuvo 2.284 votos más, respecto las elecciones de 2007, mientras que UPyD, que aspira a ocupar el espacio españolista, sumó 8.731; votos que, dada la parrilla electoral popular, deberían haber elevado el techo electoral del PP.

No fue así, de modo que la incorporación de sectores de beligerancia antirregionalista y de menosprecio a la lengua catalana, no aportaron nada electoralmente y, en cambio, pudieron provocar otra derrota electoral. Porque, en efecto, para la abultada mayoría absoluta del partido popular, fue determinante que el espacio de centro regionalista concurriera divido, la LLiga (12.294 votos) y Convergencia per les Illes (11.913 votos). De haber ido en coalición (24.207 votos), probablemente más, por el efecto aglutinador y de arrastre que la nueva opción con capacidad decisoria hubiera despertado, habría supuesto una mayoría incierta para el PP.

Así la situación, sin entrar ahora en cuestiones estratégicas ni de cualidad política, el partido popular balear como instrumento de participación política, tiene que volver a su tradición de entronque con la sociedad, de coherencia con los consensos establecidos desde el primer gobierno autonómico y, leídos los resultados electorales, no dejarse llevar por funambulismos de alto riesgo.

Publicado en ÚLTIMA HORA, en 04-04-2012

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