Planificación estratégica; hacia una salida negociada de la crisis.

 Cuando las empresas se preguntan cómo va evolucionar el mercado y cómo tienen que posicionarse frente a él, surge la necesidad de la planificación estratégica. Si planificar tiene que ver con organizar para la consecución de un objetivo, el concepto de estrategia hace referencia a dificultades en el marco de referencia, en las reglas de juego que rigen en el medio en que nos desenvolvemos, el mercado en el supuesto empresarial.

Evaluar los cambios que van a producirse en las reglas de mercado, como la innovación tecnológica (el desarrollo del DVD, que arrumbó al vinilo, o el MP3 que sustituye al DVD); o en geopolítica, el hundimiento dela URSS, o la industrialización y la acumulación de capitales en China, requieren algo más que encuestas, matrices DAFO, estadísticas y análisis visionarios de prospectiva.

La planificación estratégica anticipa los efectos de la evolución, a medio y largo plazo, de la sociedad (5 a10 años, a efectos de planificación); detecta las nuevas necesidades y dificultades, y propone planes alternativos para conseguir los objetivos propuestos, considerando un panel razonable de variables. Pero para esto, ciertamente, son precisos equipos multidisciplinares donde no escasee el talento, entendido aquí, como capacidades de saltarse los protocolos profesionales, propios de cada materia, para permeabilizarse de campos profesionales ajenos y dejándose seducir por la intuición; tenemos un buen ejemplo en el liderazgo de Steve Jobs en Appel. En suma, equipos multidisciplinares, y formados con cierta heterogeneidad, ayudan a diagnósticos más precisos; y menos esperables y acomodados a apriorismos que, las más de las veces, no aportan nada, ni esclarecen. Es el viejo aforismo: sólo la visión del otro descubre algo nuevo sobre nosotros. La planificación estratégica por equipos bien constituidos es, pues, una herramienta valiosa para la toma de decisiones en economía y en política.

En este tiempo de dificultades en que, además, se ha perdido la credibilidad en el modelo económico y cultural sobre el que hemos crecido en las últimas décadas, se requiere un cambio de rumbo que no puede dejarse a la visión improvisada, o cortoplacista, de gobiernos acuciados por necesidades extremas. Bien al contrario, se requiere que las decisiones se tomen con solidez de argumentos, desde criterios amplios, con visión de largo alcance y considerandos multidisciplinares. Si la urgencia es crear empleo, la solidez está en crear las condiciones para que se genere economía solvente, lejos de aventuras empresariales endebles, que solo podrían ofrecer empleo de mala calidad, y que se derrumbarían a medio plazo, tras beneficiarse de las aportaciones públicas que se vayan a establecer para incentivar la creación de puestos de trabajo.

Las burbujas económicas del pasado, y sus desastrosas consecuencias en la economía y la sociedad, obligan a aprender de aquellas lecciones, trasladando profesionalidad en la toma de decisiones para que se alejen de subjetividades, y precipitaciones urgidas por coyunturas que pierdan la perspectiva del futuro razonablemente previsible.

Sin abdicar de la prevalencia de las instituciones políticas en la toma de decisiones, éstas, sin embargo, deben de implementarse, desde criterios de profesionalidad técnica, tanto en el sentido de equipos expertos, como en cuanto a la gestión en los procesos de planeamiento estratégico e innovación; incorporando metodologías propias de otras áreas profesionales, cómo se hace en la empresa de escala multinacional.

La Canciller Merkel ha comparado la crisis europea de hoy con la posguerra, tras la II Guerra Mundial. Así es de grave. Y para situaciones extremas son precisas medidas extraordinarias.

De entrada, una salida negociada entre toda la población con las instituciones sociales, sin duda, pero, fundamentalmente, el gobierno entrante tendrá que plantear un diálogo con la ciudadanía a la que deberá de pedir confianza en que se va a enderezar la economía; esfuerzo y tesón, y un  sacrificio fiscal, en mi opinión de un ponderado del cinco por ciento, durante dos o tres ejercicios con medidas de compensación de tipo social. Y a las instituciones financieras, habrá que pedir coraje para actualizar sus balances, asumiendo las pérdidas derivadas del pinchazo de la burbuja inmobiliaria y, aún, una nueva baja del precio de sus activos inmobiliarios, para que su salida generosa al mercado promueva actividad económica.

A finales de 2008, publiqué el artículo “Aislar al enfermo” (UH, 25-11), donde, entre otras, proponía precisamente una baja incentivada de los precios inmobiliarios y de alquileres, a fin de evitar el gravoso coste que para familias y empresas iba a suponer la crisis financiera que se avecinaba. Hoy, los precios han bajado sobre el 25%, pero los alquileres siguen estando por encima del mercado.

El nuevo gobierno tendrá, también, que promover inversión pública, desde planteamientos de productividad económica, aplicando tecnologías de planificación estratégica y de negociación política, en la medida en que traduzcan en pactos coherentes de futuro.

En el plano económico, tendrá que desarrollar e implementar reformas estructurales económicas, laborales y sociales, que nos acerquen a las condiciones competitivas de la economía más solvente de la zona euro, el modelo alemán;  que, a medio plazo, será  una exigencia de convergencia para la zona euro, si queremos la supervivencia de la Unión Europea.

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