El miedo a los demagogos precipita malas decisiones

Al presidente Biden le ha tocado el mal papel de la retirada sin honra y necesita, y seguro busca, un giro espectacular que haga olvidar la humillación recibida en Kabul. No es un nuevo Saigón dicen los cronistas, y es verdad. En Vietnam se debatían ideologías. Aquí se trata de tolerar y aceptar a un país terrorista y esclavista; porque eso es la cosificación de la mujer como servidora y apéndice del hombre. Nixon borró la derrota de Saigón con las conversaciones con China. Biden espera trazar un nuevo mundo de equilibrios globales que permita a Estados Unidos mantener su cuota de poder, aunque sea a costa de abdicar de los principios; los derechos universales para desespero de los buenistas.

El presidente demócrata no podía hacer otra cosa que culminar la salida de Afganistán so pena de abrir otro frente con los republicanos y con la opinión pública, que reclama la salida de esta guerra de trincheras interminables. Biden busca una salida airosa que persuada a una parte del republicanismo para que se aparte del iluminismo de Trump ante las próximas elecciones parciales (Congreso y Senado) del año próximo.

El temor de Biden al electorado, fácilmente manipulable por eslóganes vacuos, es el  miedo de los políticos a la influencia de los medios de comunicación y a las redes sociales que, sin rubor, utilizan todos los elementos demagógicos pensables para desacreditar con mentiras y desinformación y conseguir un pico de motivación para decantar, a su favor, el voto el día electoral. Eso ocurrió, y el mundo es peor tras los cuatro años de Trump.

En la gestión de la pandemia, como en la improvisada y mejorable salida de Kabul, vemos una caricatura cruel de cómo los gobiernos occidentales gobiernan forzados por la inmediatez de los acontecimientos. Como muestra, la pandemia. Se gobierna en tiempo inmediato y a ciegas, tomando decisiones para mitigar, primero; prevenir después y, ahora, gestionar la evolución del COVID-19. Y en esto, hay que decir que las medidas restrictivas se disponen con la pretensión de minimizar las olas de contagio y evitar el colapso de los hospitales que, por el momento, no se da gracias a la vacunación. Y aquí no hay que temer fantasmas de autoritarismo. No hay racionalidad que lo defienda.

Y la polémica sobre las vacunas explicita el fondo de un debate profundo y duro en todo el mundo desarrollado. En Europa, con verdadera virulencia social en Francia, cuna tanto del racionalismo cartesiano como del esoterismo desde Nostradamus a la Blavatsky, madre de la teosofía. En España, los contrarios a las vacunas se aferran a los derechos fundamentales alegando la libertad de decisión sobre la vacunación, la libertad de reunión o de movimientos. Son derechos humanos indudables que avalan los tribunales, fallando en contra de medidas restrictivas que proponen los gobiernos central y autonómicos. En el fondo de todo esto, se está ante el debate esencial entre derechos individuales y derechos sociales; en si la mayoría social puede usar todos los medios para protegerse contra los riesgos de expansión de un virus que daña la salud y la economía. La polémica más profunda es restricciones a la libertad para garantizar, razonablemente, la seguridad.

Para la opinión pública norteamericana dejar Afganistán es liberarse de un compromiso que se cobra millones de dólares diarios y vidas propias. Para los críticos de las vacunas, entre otras, se trata de desconfiar de unas vacunas poco testadas y que son probadas experimentalmente por las farmacéuticas, porque no se conocen sus efectos a largo plazo. Y tienen razón. Pero también cuando se habla de Inteligencia Artificial, de automatismos y confidencialidad en las redes sociales y su control; o de Video Juegos, etc. Tampoco se conocen los efectos mentales que puedan ocasionar al ser humano. Habría que decir, también, que cada decisión política y toda decisión personal, son experimentos a largo plazo.

El caso es que la pandemia pierde gravedad por los millones que sí se han vacunado.

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