Rajoy más cerca de la caída

La huida hacia adelante de Puigdemont forzando, con abuso de poder, las leyes de desconexión y el acto final de la DUI, situó a su gobierno fuera de la ley obligando a la aplicación del artículo 155. Pero la responsabilidad última (o primera) de todo este enredo sigue siendo del presidente de Gobierno por toda la retahíla de agresiones políticas y regodeo contra el catalanismo, desde el boicot a los productos catalanes, en 2004, a las firmas y el recurso contra el Estatut; pero también del partido popular en su conjunto. Porque ninguna de sus señorías populares, tampoco las de nuestra Comunidad Autónoma, se han levantado para decirle a Rajoy que se equivoca y que algún día habremos de pedirle responsabilidades, y no solo políticas.

Porque imponer, como pretende el PP, una visión unidimensional de España contraria a la historia y al sentido común, vista la realidad sociológica del país, es remover esencias y batallas identitarias que parecían superadas: la España nacional, del liberalismo decimonónico y del franquismo, y la España de la diversidad y de la concepción multinacional de España; la de las nacionalidades que trató de integrar la República y que iluminó la Constitución de 1978 hasta que el golpe de Tejero impuso la continuidad de pensamiento. Si en el mundo de la empresa, es delito la malversación de fondos cuando irresponsablemente se invierte en activos ruinosos, o claramente contrarios a la lógica económica, pongamos el caso del Canal de Isabel II que con dolus malus ha dilapidado dinero con evidente saqueo de fondos, ¿cuál tiene que ser la responsabilidad, y de qué naturaleza, de un gobierno que lejos de procurar la convivencia y bienestar de sus ciudadanos es la causa y provocador de enfrentamientos en lugar de facilitador de acuerdos, que es lo natural de un gobernante en una sociedad democrática?

La Fiscalía, que depende del Gobierno en tanto que éste nombra al Fiscal general, ha maximizado los delitos por los que se imputa a Puigdemont y los consellers. El resultado: parte del Govern en la cárcel y la otra en el atril de Bruselas. Con poco realismo, la mayoría de comentaristas “nacionales” siguen empeñados en ver manipulación en la génesis y evolución del Procés, tachando de cobardía la huida de Puigdemont a Bruselas olvidando que la lógica de un Govern depuesto está, precisamente, en intentar avalarse como gobierno legítimo. Otra cosa es que coincide que el destino del hombre vaya ligado al de su causa.

En estas elecciones del 21-D, gracias a que Esquerra no está por reeditar Juntspelsí, el PDeCAT tiene la oportunidad de recuperar el papel de centralidad nacionalista que tuviera Convergencia. Tras los acontecimientos ocurridos, el partido de Artur Mas y del President no puede por menos de mantenerse en el soberanismo pero ahora, sin el lastre de sus ex socios, puede contener la llave del acuerdo con el Estado. Al PDeCAT, que tiene su electorado más en el soberanismo y en el catalanismo insumiso, que en el independentismo en el vacío, hay que exigirle un programa potente y con credibilidad internacional, quizás una propuesta de tipo confederal como la que tanto prodigaba Duran i Lleida, y que sea capaz de recuperar social, política y económicamente la confianza del País y en País.

Vistas las candidaturas, podría escenificarse una detallada radiografía de la sociedad catalana: independentismo, soberanismo tipo confederal y federalismo, de un lado, y del otro, el unionismo, uniformador de Ciutadans y autonómico del partido popular.

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