
El asalto mediático de Rufián, lanzando la iniciativa de una alterativa electoral desde la izquierda de la izquierda, ha levantado polvaredas en los partidos de esas izquierdas que se sienten más cómodas en sus propios reductos ideológicos que ante la perspectiva de mojarse y gobernar el país. Eso no valdría para los partidos de izquierda consolidados, y con opciones reales de determinar el tempo político. Bildu y Esquerra tienen fuerza hegemónica sin necesidad de muletas, tanto en sus autonomías como a escala nacional.
Para el resto de las izquierdas colaterales, desde el BNG, que quiera equipararse a los nacionalistas catalanes y vascos pero no deja de ser una opción perdedora, y los integrados en Sumar, no tienen otra opción que una coalición electoral ante el momento crucial que experimenta la política española, europea y mundial. Dejar el espacio a la ultraderecha marcando paso al partido popular, no solo sería malo para España, por el retroceso social y democrático que supondría, sino que abonaría la irrelevancia y desaparición progresiva de estas izquierdas que perderían apoyo electoral a favor del voto útil.
Las izquierdas de la izquierda solo tienen sentido político si pueden trasladar sus programas a la acción de gobierno y eso solo es viable desde las alianzas parlamentarias con el PSOE, y eso siempre que consigan los escaños suficientes para posibilitar gobiernos progresistas.
La propuesta de Rufián, de una lista conjunta, es la única propuesta electoral inteligente para la supervivencia de esa izquierda dispersa y localista que se queda en la cuneta en cada convocatoria electoral. Porque, tengámoslo claro, ganar es poder gobernar.
A escala nacional, el gobierno de verdad es el que se ventila en el Congreso de los Diputados. Los partidos nacionalistas-bis, los MÉS, Compromís, incluso el BNG, que después de décadas se quedan cada vez al límite de la representación en el congreso, y ahora la Chunta que cree haber ganado, deben, moralmente, decidirse a hacer política y leer correctamente los tiempos globales, y nacionales, tomando en cuenta su realidad electoral, y abriéndose a decisiones de calado.
La alternativa que propone Rufián, al contrario de lo que significó la tentativa de Miquel Roca, solo podrá construirse en la medida en que el propio Rufián, la cara pragmática de Esquerra, no participe en ella, sino solo como altavoz y aglutinador, dejando que otros líderes sean quienes organicen la plataforma electoral. Miguel Roca, el parlamentario mejor valorado en su momento, fue visto siempre como los intereses de Convergencia en Madrid y eso lastró sus posibilidades.
Acertar con liderazgos de enganche, rostros capaces de tirar de electorado y que, a la vez, no resten votantes, es la cuestión filosofal que tiene su aquel porque décadas de enfrentamientos enconados por cada voto dejan secuelas de antipatías, intolerancias y hasta de odios. Ese escollo, sin embargo, podría bien salvarse si la ley electoral permitiera las listas desbloqueadas.
¿Se atreverá Sánchez a tocar y democratizar la Ley Electoral? Debiera hacerlo.
Que el votante pudiera alterar el orden de los candidatos en la lista del congreso, permitiría una mayor identificación de los lectores con el partido elegido y con la línea política representada por cada candidato, de modo que ya no sería determinante el orden impuesto por las jerarquías de los partidos o coaliciones.
La medida que salvaría, sin duda, muchas reticencias de partidos competidores a la hora de sumarse a una coalición en la que sus candidatos pudieran diluirse en puestos de difícil salida, sería bueno también para los demás partidos, tanto al PSOE, PP y Vox, permitiendo que fueran los votantes quienes mostraran sus respaldos o críticas a sus figuras más controvertidas.
Sería sumamente interesante poder conocer si, en unas elecciones generales, en Madrid, los candidatos de Ayuso prevalecen sobre los propuestos de Génova. Como también, si en Castilla La Mancha la mano de García-Page prevalece sobre los candidatos de Ferraz. Igualmente, ilustrativo serían tabular los liderazgos de Puigdemont o de Junqueras.
