
Vox, que justifica la dictadura de Franco y está por derogar el modelo constitucional, es el ganador virtual en Extremadura. Gana votos, pasa de 6 a 11 diputados.
Va a condicionador, aún más, la gobernación de la presidenta extremeña y enfrenta al PP ante esa decisión que no quisiera tomar. Si continúa asumiendo el programa de Vox, transmitiendo al electorado la convicción de que el PP ha dejado de ser el partido de la derecha. O buscar perfil propio, y arriesgarse a un plante en el momento en que convenga a los intereses de la ultraderecha. Esa inseguridad se parecería demasiado a la de Sánchez. Al PP no le dejarán caer hasta que Vox se sienta con capacidad de sorpazo social.
El partido socialista se ha hundido por los casos de corrupción, en la escala nacional, y por la debilidad de un candidato cansado, acusado de tráfico de influencias; y porque la izquierda no está siendo capaz de dar respuestas a las necesidades de la sociedad del día a día. En estas elecciones extremeñas, ha habido una deserción en la participación, ha votado el 62 por ciento del electorado, diez puntos menos que en 2023.
En mi último artículo, me refería al triunfo de la ultraderecha en Chile y sostenía que el caladero ideológico del nuevo presidente estaba más cerca de los problemas cotidianos de los chilenos que de principios y derechos, que preocupan más cuando faltan que cuando son amenazados. Y eso se puede aplicar aquí.
Las elecciones en Extremadura muestran que las fanfarrias egocéntricas suelen salir mal. Guardiola no ha conseguido zafarse de Vox para gobernar y ahora tragará con aún mayores exigencias.
El adelanto electoral de Artur Mas en 2012, para conseguir una mayor mayoría (tenía 62 diputados en 2010) se saldó con doce escaños menos, consiguiendo solo 50 diputados.
En las primeras elecciones de Pedro Sánchez, en abril de 2019 el PSOE había obtenido 123 diputados, no quiso pactar con Podemos y se repitieron las elecciones en noviembre. De resultas, el partido socialista perdió 3 diputados, pero lo relevante fue que, si en las elecciones de abril la derecha aparecía dividida, el PP había obtenido 66 escaños, Ciudadanos, 57 y los de Vox, solo 24, en noviembre, el PP lideraba claramente la derecha con 89 escaños; Ciudadanos se hundió quedando en 10 y Vox catapultado a los 52 diputados. Eso sí, la repetición electoral bajó los humos a Podemos, y sus marcas, pasaron de los 71 diputados, a los 26 en noviembre de 2019. Aun así, Sánchez formó el gobierno con Podemos; igual que María Guardiola tendrá que pactar con Vox.
La enseñanza es que menos en Madrid, que por sus especiales características va a otro ritmo, adelantar elecciones suele salir mal a quien las convoca; salvo a Sánchez hasta ahora.
Y en estas estamos. Falta ver qué pasará en las elecciones aragonesas, convocadas para el 8 de febrero, y las de Castilla-León y Andalucía, que corresponderían el 15 de marzo y el 20 de junio respectivamente. Al día de hoy, se dan por perdidas las dos primeras y en Andalucía con el reto viable de remontar si Pedro Sánchez es capaz de inventar algún recurso espectacular.
Un cálculo razonable, situaría las próximas elecciones generales en abril de 2027, un mes antes de las autonómicas, fiando del efecto tirón que pudiera suceder con una nueva mayoría de progreso.
A este respecto, ¿alguna idea en los palcos de la izquierda y las derechas nacionalistas? Porque, conviene tener presente que en las sucesivas elecciones regionales se estarán blindando los poderes autonómicos hasta 2029 y 2030 y, que las elecciones autonómicas ya no se plantean en calendario fijo sino a conveniencia de quien gobierna. Es el momento de plantear coaliciones inter políticas e intergeneracionales, de salvaguarda de las conquistas sociales y políticas.
Y tener presente que en las próximas elecciones generales el debate de fondo será entre la España plurinacional y federalizante y la vuelta al nacionalismo neo español, centralizado en Madrid DC; que muchos comentaristas apostillan, con cierto sarcasmo, como distrito federal.
La derecha nacional, y parte de la izquierda carpetovetónica, quisiera que Madrid se asemejara a Paris que representa el 40 por ciento del PIB de Francia. De ese modo, se sucursalizaría definitivamente a Catalunya al dejarla en la irrelevancia. Y a las demás comunidades biculturales rendidas hacia la pérdida de su identidad.
