El tiempo se mide según las expectativas

No sé dónde lo leí. Quizás en un podcast. Preguntaron a un académico chino su opinión sobre la Revolución francesa. Sí, esa que cambió el mundo y que acabó con las monarquías absolutistas y abrió el mundo occidental a la modernidad. Tras un largo silencio contestó que aún era demasiado pronto para poder tener un juicio.

Quienes han mantenido relaciones con China coinciden en que el tiempo allá se mide con otra mesura. Por la perspectiva de dos milenios de continuidad histórica, con sobresaltos y cambios de dinastía; por haber sabido sobrevivir a la humillación de la decadencia iniciada con las guerras de opio, provocada por la codicia inglesa, que está detrás de la política estadounidense; y porque el modo cultural chino está impregnado de la herencia de Confucio.

Discutido si fue o no un personaje real, también se duda del Buda Siddharta Gautama y de Jesucristo, se supone que fue de familia humilde y que ayudado por su trabajo de carpintero, al principio, pudo estudiar y cultivarse. Con 23 años, huérfano, entró al servicio del reino de LU, uno de los tres reinos antes la unificación China en el 221 aJC; 250 años después de su muerte.  

Vivió en el siglo V aJC, coincidiendo en el tiempo con Buda y Sócrates, tiempo de florecimiento de pensamiento y de preocupaciones anímicas buscando más altas cotas de devenir humano. Confucio, en la línea esencialista de las tradiciones espirituales de oriente, no forja códigos cerrados de creencias, ni dependencias jerárquicas, sino conductas de convivencia reflexivas destinadas a organizar la vida social. A Confucio le interesa la persona y el valor de la armonía social en un momento en que los enfrentamientos entre reinos hermanos desangraban las oportunidades de prosperidad y felicidad. El culto-respecto a los antepasados y a la tradición eran solideces que defender ante la futilidad de la inmediatez.

El confucionismo, ese sometimiento cultural al valor de la tradición, a la filosófica y reflexiva consideración de los valores milenarios como sostén social, dota a la cultura china de ese tiempo pausado que, siendo aprovechado por el poder político para erigirse en legítimo interpretador, dota, a la vez, de calma contra inmediateces de dudoso final.

En síntesis, la doctrina social del confucionismo estaría cerca de un paternalismo protector que tiene en la armonía su objetivo. Tratar de trasladar a la tierra la armonía celestial, por lo que la pobreza es un mal intolerable. Las autoridades, para alcanzar esa situación de armonía, no pueden tolerar, ni ética ni filosóficamente, la injusticia. He aquí una filosofía social totalmente contraria al mundo neocapitalista, oligopolio de las corporaciones, impulsado desde Inglaterra, y acogido como dogma social por Estados Unidos a principios de siglo XX, y, con toda virulencia depredadora, desde los mandatos de Reagan y Thatcher.

Esta larga reflexión viene a cuento por el momento de prisas que está impulsando la política trumpista. La Casa Blanca, dirigida por un liderazgo eminentemente mediático, cabe recordar que Trump es autor de libros de “autoayuda” que han sido cabecera en escuelas de negocios, tiene en la velocidad, en la prisa, su mayor activo de negocio. Lo explica. Cuando uno se ve acorralad, la mejor manera de salir bien parado es “doblar o triplicar la apuesta”, sin dar tiempo al contrario a reaccionar mientras se le traslada el temor a una mayor presión, si no se rinde. Es el conocido aforismo: “si debes diez mil euros al banco tienes un problema, si debes un millón, es el banco el que tiene el problema”

Se discute si el cambio de hegemonía, de Estados Unidos a China, es una diferencia del color de los cromos. Y a eso, mi reflexión es que no.

Estados Unidos, en sus documentos fundacionales, contiene ese mandato divino que llaman el “destino manifiesto”. Eestán formalmente convencidos de que son el pueblo elegido para llevar los valores humanos y la democracia a todo el mundo. Nada que ver con su práctica como estado desde su fundación. Primero traicionando a España, que financió a Georges Washington para que ganara la batalla crucial que propició la independencia, luego, arrebatando los territorios del oeste; provocando la guerra de Cuba, quedándose con Puerto Rico y Filipinas. Y todo lo que hay que decir de golpes de estados promovidos, a lo largo del mundo, según sus intereses económicos y geoestratégicos.

De China, decir que sus intereses es hacer negocios. Ganar y dejar ganar. El verdadero capitalismo de la libre concurrencia. En el único periodo del pasado en que tuvo una marina potente, siglo XI y XII, se limitó a proteger sus rutas comerciales y a asentamientos de intercambio económico; como hicieran fenicios, griegos y catalanes, sin ambiciones de dominio territorial. Y nada hace pensar que vayan a cambiar de actitud.

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