No asumiré culpas ajenas, mandamiento del sentido común

Hace unos días, en el programa de Josep Cuní en radio uno, se relataba la pesadilla que sufrieron un grupo de adolescentes ingleses en su viaje a Menorca, cuando uno de ellos en su chat social, publicó una broma diciendo que era Taliban.

El diario de Menorca había publicado la noticia (06/07/2022). Decía que uno de los chicos compartió en un grupo privado, de la red social Snapchat, que se dirigía a explotar un avión y que además era miembro de los talibanes. El algoritmo al reconocer las palabras explosión, talibán y avión en un mismo mensaje, hizo saltar las alarmas de la ciberseguridad en la policía ingresa. Localizado al autor del mensaje, escrito sobre una fotografía suya, el chico tenía cierto parecido con un terrorista conocido, provocó que fueran alertados los servicios españoles y que un avión caza del ejército de aire custodiara el avión hasta su llegada a Maó y la detención del joven que, recientemente, ha sido absuelto en la Audiencia Nacional.

Para muchos, para todos en realidad, se trata de una gamberrada pesada. La cuestión en si en esta moda de tolerancias endémicas, en adolescencias prolongada hasta bien entrada la veintena, es socialmente asumible que recursos públicos tengan que destinarse a cambiar los pañales de niños inconscientes y estúpidos que se resisten a crecer.

Desde las pintadas en los vagones de tren, hasta las palabras ligeras dichas en contextos dudosos que inducen a error, como el caso expuesto, donde esta juego la vida de personas, no se pueden tolerar inconciencias. Quien bromea sobre esto debe ser seriamente responsabilizado no solo por los perjuicios, alguien debería pagar la factura del avión caza desplegado, sino también por la crisis ocasionada.

Colectivamente tendemos a disculpar esos comportamientos de falta de cabeza, sin duda, recordando las veces que en nuestra juventud habremos hecho gamberradas o ir a más velocidad de la permitida en aquellas carreteras de antes, a las tres o cuatro de la mañana, con alguna copa de más. Por suerte, entonces con menos vigilancia, nos escapamos de la justa sanción pero esto no nos debe nublar el juicio minusvalorando, y disculpando, comportamientos que, de realizarse con plena coincidencia, sería considerados delitos, y graves.

En el programa de Cunill, se polemizaba sobre las redes y los grupos privados que, por exclusivos que pretendan ser, están expuestos no solo a los hackers y la intromisión de las compañías servidoras y sus algoritmos, sino, también a los servicios de seguridad de los estados que, necesariamente, deben velar por la seguridad de la sociedad. Recuerdo ese video, que dice: entre un avión en los que los viajeros no pasasen ningún filtro de acceso y otro con todas las incomodidades y controles, ¿en cuál se subiría usted?

La semana pasado tuve conocimiento directo del caso de una persona que, en plena paranoia tras consumir coca, llamó a la policía informando de que su amiga íntima no contestaba al teléfono, probablemente porque estaría a punto de suicidarse. Ambas, en momentos de angustia se habrían confesado que la vida valía poca la pena. De resultas se movilizaron dos patrullas y una ambulancia en el domicilio.

La persona en perfecta estado asustada no salía de su asombro. Todo acabó en nada, pero la cuestión es ¿quién se hace caro de los gastos de estas bromas, malos entendidos o lo que se quiera llamar?

Y añadiría, hay que decirlo, sobre las manipulaciones de muchas mujeres que se refugian en las imperfecciones y la presunción de culpabilidad de las parejas, en los caso de supuesta violencia de género, en los que los hombre son amenazados si no acceden, a pasar por el calabozo preventivamente, sin nada que decir hasta que les recibe el juez al día siguiente.

Enlazando con la tesis de mi anterior, sobre los currículos educativos, hay que hacer madurar a los niños y adolescentes para trasladarse la necesidad de formar criterio sobre cuestiones que siendo del mundo adulto entran en sus vidas a edad, cada vez, más temprana.

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