Está llegando la hora de la gran verdad

Mi conciencia europea es contradictoria desde el inicio. Ya desde el principio de los setenta, cuando estuve, el más joven de todos, en el Club de Estudios Jurídicos Europeos que se reunía en la Fundación Europea Dragan.

Mi profesor de filosofía José Font, en el instituto Ramon Llull, viendo mis inquietudes me facilitó entrar en el Club, del que era secretario, compartiendo espacio, pero pocas conversaciones ante tanta buena y sesuda compañía, con Santiago Rodríguez Miranda, Bernardo Garcías, Félix Pons, Infante de Merlo (presidente de la Audiencia), Rafael Parera (con el que siempre estuve en contacto), Antonio Alemany, López Gayà, y, pienso que también Andreu Ferret y, no estoy seguro si con Miguel Miravet, el fiscal de trágico final, con el que sí aprendí mucho de talante conciliador y crítico; ya digo, no sé si en el Club o fuera, en la calle convulsa.

El señor Dragan, Constantino, en una tarde ya en el noventa, nos comentaba que bañándose al lado de su yate, en las costas griegas, oía cómo le llamaban Constantino! Constantino!, y resultó que era Ana María, llamando a su marido, el depuesto Constantino, hermano de la reina Sofía. Pues bien, en materia. Dragan, empresario metido en el gas, creador de las camping gas de los setenta, financiero y filántropo, era rumano; y su ilusión y proyecto soñado, en aquellos años de la Comunidad Económica Europea (1970), en plena guerra fría, era la Europea Unida, desde el Atlántico hasta la frontera con, entonces, la Unión Soviética, es decir, la Unión Europea de hoy.

Escuchaba con escepticismo ese proyecto de la Europa magna, defendida por muchos de los conferenciantes que venían a dar trabajo a los sociales, que se detectaban de inmediato, atentos a cualquier desliz subversivo a los ojos del régimen. Los profesores Sánchez Agesta, Tierno Galván, Ruiz Jiménez y otros, y europeístas franceses e italianos, que eran invitados a esos oasis de libre pensar. Lagunas de oposición blanda, preparativa de lo que fue la transición.

Para mí Europa era la de los seis países fundadores. Respecto al Reino Unido compartía el escepticismo de Degaulle, que pensaba que era el tapado de Estados Unidos; luego he matizado, y con España claro. Y con Portugal, el otro estado peninsular; otra dictadura colonial, todavía tenían a Angola y Mozambique, y con un pasado esclavista, la mitad de los 12 millones de africanos transportados a América fueron en sus barcos, y que miraba a Inglaterra, por desmarcarse de España, la conquista francesa en la guerra de Sucesión. Lo de Alemania dividida por el muro de Berlín, inquietaba. Se sabía que eran una sola nación pero, también, que de los países del Este, los satélites del Pacto de Varsovia tutelados por Moscú, Alemania Oriental, autodenominada República Democrática de Alemania, era la más soviética, la dictadura más férrea y eficaz. Y, consecuentemente ahora, la ultraderecha más fuerte está en la antigua Alemania soviética, donde se formó Vladimir Putin.

Las antiguas colonias soviéticas vuelven a la madre política. En Polonia vuelve la ultraderecha, Hungría hace décadas que se gobierna al margen de los compromisos europeístas, en Rumania y Eslovaquia el ruido ruso no cesa. De Bulgaria, en una coyuntura decisoria volvería al pasado. La Unión Europa en estos países se mantiene por la transferencia de recursos, cuando termine, y hayamos hecho el trabajo del desarrollo, los perderemos. Solo la excepción de los países bálticos, fronterizos con Bielorrusia y Rusia, que no durarían veinticuatro horas si salieran de la Europa comunitaria.

El mundo global se reconfigura. Trump, habrá que llamarle el Titán, seguro que le gusta, enfrentándose al país del Dragón. Ganarán China, y Rusia, y los BRICS, Sudáfrica, Indonesia… y  la Unión Europea, si tocamos realismo político. Una Real Politic europea que se olvide de los intereses norteamericanos que, paradójicamente, impulsaron, lo sabemos ahora, la CEE, la Europa de los intereses económicos, para asegurar que un regulador en Bruselas homogeneizara los mercados nacionales, facilitando la penetración librecambista de la economía estadounidense.

La gran verdad a dilucidar es, en esta coyuntura de definición de principios y reconfiguración geoestratégica, dónde se quiere estar en el futuro. Hay que abordar el proceso intelectual y propositivo de futuro para facilitar la salida de la Unión Europea a los que quieran. Si no están cómodos, que se vayan. Estar o no en la Unión Europea no puede depender de mayorías o no, del 3 o 5 por ciento. Estar en Europa tiene que ser por voluntad cualificadamente mayoritaria. Si no, no avanzaremos como unidad política y nuestra posición en el mundo cada vez será más insignificante.

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