Norteamericano y no le gusta a Trump

Las columnatas de Bernini, los brazos abiertos a los fieles y a los gentiles; el óculo de Dios visto desde las alturas y la inevitable rivalidad con el foro romano, símbolo del poder omnipotente. Siguiendo la opinión de Paulo, ir a los gentiles, si se quería sobrevivir no había más opción que tratar de hacerse con el Imperio. El reino de Dios y el reino de la tierra en la misma cabeza o cerca, pero un escalón más arriba, controlándolo en un acuerdo tácito. Yo cuido de tu cielo y tú cuidas de los míos. Pero no solo, la bendición papal al soberano legitimaba ante todas las naciones. El poder terrenal necesita de grandes relatos para tener a fieles soldados y a ricos comerciantes como donantes del entramado familiar. El cristianismo, sin duda, la mayor epopeya jamás contada.

La Iglesia logró ser católica, universal en su etimología, Roma era el todo conocido. Y lo consiguió con paciencia y con diplomacia. Sencillo cuando se está convencido de tener a dios de parte y que el otro que suponga aquello que más tema. Porque cualquier decisión, y las políticas no son ajenas, dependen del estado de ánimo, del miedo a perder un estatus o la propia vida. Roosevelt, deseaba terminar cuanto antes la conferencia de Yalta, atenazado por el dolor de sus limitaciones físicas, y firmó lo que quiso un Stalin combatiente en plena forma de vigor, arrogancia e intimidación.

En este año que se recuerda las ocho décadas desde Yalta, se replantea el modelo de relaciones globales. La “conferencia” de Trump, como aquella que fue la de Stalin, propone un reparto del mundo entre el Imperio, el estadounidense, y el chino que, a la chita, también tiene dimensión global, pero a la británica. A su lado Putin, basculando entre Washington y Beijing. Necesita a Trump para validarse en occidente y cerrar una paz ventajosa en Ucrania. Yasser Arafat llamaba a esa rendición, por la fuerza de los hechos, la paz de los valientes. Putin el arrogante, va por etapas que no llegará a ver. Depende de China, con quien comparte modelo autocrático, la previsibilidad y geografía y complementariedad; materias primas, de un lado, y tecnología y potencia económica del otro.

En esa diplomacia vaticana de la zanahoria y el palo, a falta de cielo que prometer, Trump promete la gloria de la bandera MAGA. O prometía. Ya se dio cuenta que dios no está de su lado, es decir Wall-Street. Ese baño de realismo le obliga a virar “hacia la diplomacia de los bares de copas y las cenicientas de saldo y esquina”, diría Sabina, las migajas a la que su soberbia ha quedado reducida, nada despreciable, y ahora enfrentado con el poder de León XIV, que ha llegado para reescribir, también, la historia.

No hay ingenuidad. El poder de las flotas en los mares y la tecnología armamentista lo hacen temible, ¿más que un Putin o un Kim Jong-un dispuestos a usar el arma nuclear? El talentoso Trump, se me ocurre que debe de usar la Inteligencia Artificial, sigue con la pacificación de tierra quemada. Entregó Afganistán a los bárbaros y se acomoda al Irán de los ayatollahs y, en Siria, vamos a ver.

Putin le come la tostada al pelirrojo, inteligencia y pauta frente a precipitación y prisa. Ha organizado su proclamación imperial con la unción del patriarca de Moscú, que califica la invasión de Ucrania a modo de cruzada, y ha enredado a sus asociados en los BRICS, para que la reunión anual coincida con la conmemoración del día de la patria, amarrando a los convidaos perplejos de Brasil e India. Esta sociedad de los menos en economía, surgida en 2009 como foro de coordinación frente al G-7, no tiene ahora la misma entidad que entonces. China ya no es un menor y Rusia, más empobrecida y “zarista”, ansiando un lugar de respeto internacional.

No sabemos si los BRICS, pretenderán resucitar la antigua estrategia de los No-Alienados, que impulsara Tito entre los imperios americano y soviético, surfeando en una espacio intermedio de hegemonías hibridas, o acabará en autocracias aliadas.

Mientras nadar y bucear, secretamente, cuando convenga. Diplomacia vaticana.

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