Sueños en el armario del jardín

Eso de las influencias de un país en el mundo tiene que ver mucho con la economía y menos con la ambición de qué uno quiere ser. Lo pienso desde quien mira la historia desde la geografía, como dice Enric Juliana, la geografía es tozuda.

La tentación de mirar al pasado con nostalgia tiene que ver de cómo a uno le van las cosas en el presente. Para los jóvenes el pasado es su adolescencia para los mayores, pues veinte años antes y para los que vivimos la transición, bueno, pues no sé dónde podríamos situar ese pasado. Temo que, inevitablemente, y en lazo con el primer párrafo, depende de nuestra sintonía con el gobierno que tenemos y con el recuerdo de con cuál nos sentíamos cómodos.

Viene, este artículo, a cuento de una intención generalizada por añadir más leña a la pira en la que se quiere meter al gobierno, y no a todos, a Pedro Sánchez sabiendo que es él la única argamasa que sustenta la coalición y al bloque, maltrecho, que le da continuidad en la Moncloa.

Para Vox y esa derecha híbrida llamada partido popular,  los tiempos mejores fueron los de Aznar, ni siquiera Rajoy que es tildado de débil por no haber movilizado al ejército cuando la declaración, interrupta, de independencia de Catalunya. Y esa derecha liberal, en lo económico neoliberal, del estado mínimo, que significaría el adiós al estado del bienestar, revalora la figura de Felipe González.  Al presidente socialista, ahora alineado en la zona inmovilista del partido socialista, le tocó homologar a España con la línea liberal y de bienestar de la Europa comunitaria; que era nuestra referencia de progreso y justicia social.

España, se dice, entonces era respectada en el mundo, y no digamos con Aznar, y esos tiempos de esplendor internacional parece que llegaron al ocaso con Zapatero y ahora ya solo se sobrevive en una maraña de intereses geoestratégicos en los que, se dice, somos irrelevantes. Conviene recordar, sobre todo, a los jóvenes que leen estas reflexiones y que, por edad no pueden tener percepción de primera mano, que el felipismo tuvo el viento a favor de 202 diputados, de los 350 en el Congreso, y que la derecha se llamaba Alianza Popular con Fraga, el franquista reciclado, y en coalición con democristianos y liberales, una representación de  107 diputados.

Y que la admiración que despertada Felipe estaba, fundamentalmente, en el prestigio de cómo España había llevado la transición que, en realidad descansaba en el trabajo de Juan Carlos I, Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y la habilidad inestimable de Torcuato Fernández-Miranda, el presidente de las Cortes franquistas, que supo trazar la ruta para desmadejar el tramado institucional del franquismo. El papel del partido socialista, sin militancia en la calle, fue crucial por existir y se benefició porque las potencias internacionales, valedoras de la transición a la democracia, pusieron toda la presión para se diera una salida a la alemana: la izquierda hegemónica debía ser un partido socialdemócrata, el psoe; en lugar de  una  a la italiana, donde la oposición a la democracia cristina era el partido comunista.

La fortaleza y respectó de España en el Felipismo era el del bebé cuidado para que aguantara a fin de dar tiempo a la consolidación democrática. Sin duda, esta opinión es discutible. Solo querría colegir que acudir a las crónicas del momento, no es despreciable, y que las reflexiones de quienes vivimos los tiempos, tampoco. Y que ambas, no tiene, apenas, nada que ver con cómo lo interprete la historia.

Hay quien identifica respeto en el mundo, y contar en la gepestrategia mundial, cuando el volumen de voz es más elevado y el tono bronco, ocupando titulares en los medios de comunicación. Las presidencias de Aznar fueron el modelo trumpista, avant la lettre.

La política de España en el mundo se centró en el seguidismo de estados Unidos, la foto de las Azores y el esperpento de la guerra de Irak. En el interior, fueron años de desprecio por la opinión pública y por la plurinacionalidad del estado; años de torpezas, de amiguismo y poco gestión, de la que se presumía con Rodrigo Rato, luego delincuente en prisión. Fue, Aznar, un ruidoso funcionario de su amo; no gestionó, sino tapó cuando el accidente del Prestigie; las mentiras cuando los atentados yihadista de Madrid o el desastre del Yak 42, en todos ellos la política interior, como la exterior, fue seguir la voz de más fuerte. Ahora, habría involucionado a seguidor de Trump. Por suerte, para él, no tiene que tomar decisiones.

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