
Hay que aceptarlo. Aquel hombre que gobernaba a golpe de tuit en su primer mandato, y ahora mediante decretos ejecutivos, tiene el poder. Manda con contundencia absoluta, ante la impotencia de una oposición demócrata desorientada y el estupor del mundo que observa cómo la estabilidad global se desintegra. Solo el realismo de Wall Street parece tener capacidad para frenarlo. De momento, está atemperando su calculada estridencia, las bolsas otra vez alegres. Habrá que investigar quienes se benefician de las confidencias de humor presidenciales.
Esta reflexión no va de Trump. Sino del mecanismo que permite que fenómenos como el suyo florezcan. Hablamos de elecciones decididas por relatos emocionales, alimentadas por la desinformación sistemática y por proyectos políticos que no son del interés general sino que buscan la imposición de ideas contra quienes no piensen igual. Cuando los poderes se asaltan, se llama dictadura. El relato se viste de enseñas patrias, de grandilocuencias y del sentido común de los nuestros. El ideario no se expresa, se dice “no se preocupen, lo haremos bien”, como Aznar en campaña.
La ideología ha mutado: el modo de comunicar y lanzar el mensaje se ha convertido en ideología. Amoldando a McLuhan al presente: el mensaje es el líder. Y, en similar dirección, Amado Fernández-Savater: “la batalla cultural no depende de la verdad de los relatos sino de su eficacia comunicativa” (La fuerza de los débiles)
Trump es la punta del iceberg de una generación de políticos, mucho más jóvenes por cierto, que navegan cómodamente en el descrédito sistemático del adversario, convertido en enemigo del pueblo, y de la demagogia grosera. No hay más que oír a portavoces del Partido Popular en el Congreso, ansiosos por pronunciar el insulto más grueso en su competencia por superar a Vox.
Y de esa bronca permanente, cosificando al otro como “objeto” político, ni siquiera como persona, se llega, inevitablemente, a la violencia: desde la provocación de los rezos del rosario frente a la sede del PSOE, a los contenedores ardiendo en protestas radicalizadas; y no queremos saber hasta dónde más. Pero este escenario solo es posible porque esos políticos que no aman la polis: no aman la ciudadanía plural, ni las reglas compartidas de la democracia liberal, actúan como agentes de ideologías destructoras de la democracia representativa y sus reglas y derechos. ¿Saben los ciudadanos que votan a esas candidaturas qué están votando?
Los sistemas electorales ¿reflejan un equilibrio entre votos y representación parlamentaria, o están diseñados para favorecer a unos, y con ello, a unas ideologías, frente a otras? Las respuestas, aquí y allá, es que sí.
En España, el sistema electoral sobre-representa a las provincias menos pobladas. Lo hace de forma especialmente notoria en el Senado, pero también en el Congreso. Ante esto, urge una reforma electoral. No mañana: ahora, en esta legislatura. Hay margen en la LOREG (Ley Orgánica del Régimen Electoral General) pueden introducirse cambios significativos sin tocar la Constitución. Y el actual gobierno tiene la mayoría suficiente para hacerlo. Entonces, ¿por qué no se acomete ya, antes de las próximas elecciones generales? Una reforma profunda no el maquillaje que se está preparando.
No les quepa la menor duda que a estas alturas de radicalización, y desinhibición para saltarse lo que haya que saltarse, una posible coalición de derechas reformaría la LOREG en su beneficio electoral sin dudar. Lo hicieron en la transición y la volverían a justar a su medida.
El gobierno, en concreto, el Partido Socialista fue ñoño con la reforma del Consejo General del Poder Judicial. Creyeron que dando cancha al PP se atemperaría la crispación. Al contrario, cada vez es más evidente la parcialidad de ciertos jueces
Incluso un presidente astuto, acostumbrado a remar en aguas turbulentas, puede ser engatusado. Y ahora la ultraderecha global, ese nuevo fascismo, quiere tener a un papa que les bendiga, el cónclave de los cuchillos largos, como Putin tiene a su pope que exalta la invasión de Ucrania.
¡Ábranse los ojos!
