
Si no es el rey del mundo, se acerca. No hay día en que no se hable de Trump y su despliegue estratégico. En la parte blanda, está poniendo en práctica lo más perverso de las técnicas de negociación: partir de máximos inasumibles para acojonar al otro y quedarse en el punto más favorable. Ya hace décadas que se acabaron las negociaciones buscando los acuerdos de caballeros, aquello del ganar ganar. Ahora, se fuerzan las pretensiones máximas aún a sabiendas que no pueden ser: una parte pide la luna y la otra no quiere moverse, si acaso, una vuelta de tuerca, para desesperar al negociador más débil. Ya no se está en acuerdos honorables, que las dos partes puedan defender con los suyos, sino que el más fuerte impone sus condiciones bajo la amenaza de la bota sobre el cuello.
En este nuevo realineamiento geoestratégico resulta inevitable la experiencia de la guerra de Ucrania. La invasión rusa, con ensañamiento Y humillar al país destruyendo su orgullo nacional: el Antonov An-225, el avión más grande del mundo, nos ha devuelto al siglo XIX. Nos ha devuelto al periodo más negro de la historia moderna, el de los imperialismos y de los genocidios, quizás, el primero el del Reino Zulú por parte del imperio británico, en la primera década del siglo XIX.
Con la amenaza explícita de la guerra nuclear Putin ha conseguido meter miedo a Europa y que esta optara por respuestas hibridas, en una lucha de nervios, apretando a Rusia, ma non tropo. Y quizás esa prudencia ha resultado beneficiosa, o no. No sabemos cómo hubiera actuado Putin sin el salvavidas chino y de los países terceros que le permite seguir generando ingresos. Europa valoró que no había que dejar al loco sin salida. Y loco por imprevisible, pero no tonto, ni ingenuo: hay más cálculo que improvisación, aunque pueda parecer lo contrario. Trump responde al momento, pareciendo espontáneo y con eso trasmite autenticidad que es lo que impresiona a sus votantes. Parece un hombre corriente que ha triunfado, y eso impresiona mucho a una cultura social americana, extremadamente competitiva, y donde el que no llega al número uno es despedido de la sociedad.
Trump se ha propuesto cambiar el mundo a su medida, a la medida de su ideología ultra liberal sin cortapisas ni controles, es la ley del más fuerte caiga quien caiga. Habiendo conseguido el máximo del éxito en su país ahora se trata de tener al mundo como su finca, en la que hacer y deshacer. El límite de Trump está en que la respuesta de los demás sea tan eficaz que precipite a Estado Unidos a la descomposición económica y social y las clases medias se den cuenta que la política de Trump es para las grandes corporaciones. La guerra en casa. Ese debe ser el objetivo europeo y de los países amenazados. Como la guerra de Ucrania no puede salirle bien a Putin, la guerra comercial de Trump no puede salirle bien a Estados Unidos.
La prepotencia de Putin con el chantaje nuclear ha envalentonado a Trump con su amenaza de colapso mundial. Ambos se sienten con un destino histórico como hacedores del mundo que sustentan sobre sus derechos al reconocimiento y la continuidad de sus estirpes nacionales como dominadores del mundo. Resulta que el siglo XX ha sido el de los dos imperios europeos, occidentales; América es la estirpe europea al otro lado, y Rusia es Europa, del Este con territorio en Asia. Entonces sus intereses están unidos frente al poder chino, y Asia.
Articulistas avezados explicitan sin rubor que la finalidad última de Trump es acabar con la Unión Europea en su doble propósito: asegurarse poder negociar uno a uno con los estados de al Unión y, de pasada, facilitar que Putin recomponga las viejas alianzas clientelares con los antiguos estados del Pacto de Varsovia. Trump dice que Europa trata mal a Estados Unidos y, en eso, cabe recordar el ilustrativo, y bestsellers, “El desafío americano”, 1968, del político y escritor francés Jean-Jacques Servan-Schreiber, que relataba la servidumbre económico europea respecto las empresas norteamericanas y su proceso colonizador de la mano de Plan Marshall. Lo mismo será la ayuda para la reconstrucción de Ucrania y de Gaza.
Está visto que ante la dureza de la afrenta de Trump y los suyos, la Unión Europea tiene poco margen para la dilación. En la cuestión económica es esclarecedora y esperanzadora, las declaraciones de Ursula Gertrud von der Leyen: de no quedarnos a merced del temporal y responder de inmediato, a las primeras amenazas del presidente americano, respondiendo con medidas selectivas y mirando de afectar a la economía de los Estados donde Trump tiene su caladero de votos. Buscando, de entrada, que los congresistas y senadores de esos Estados atemperen al Presidente y, en segundo lugar, mirando a la renovación del Congreso y un tercio del Senado en noviembre de 2016.
