
La política nacional, con el estruendo de las manifestaciones del tal Aldaya que suena a turbio, como aquellas de Roldan exculpándose a toda costa, ya veremos hasta donde llega todo esto, pone plazo a la inevitable moción de censura y a qué alternativa puede presentar el partido socialista para el futuro.
A escala internacional, la nueva era de la extrema derecha liderada por la estela de Trump, pone bajo las cuerdas a los partidos de la derechas tradicionales que, habiendo sido fundamentales en la creación del estado del bienestar, principalmente las derechas del Reino Unido, Francia y Alemania, que no precisamente la de los países del sur, se han quedado sin respuesta eficientes ante los grandes retos sociales de la globalización.
Las derechas civilizadas, por diferenciarlas de las extremas, han contribuido con los socialismos a la formación de sistema política europeo. Pero ahora se muestran incapaces de dar respuestas eficientes a las demandas de una sociedad estresada por el continuo deterioro de la economía social; el precio de la vivienda y la imposibilidad para jóvenes y mayores de tener proyecto de vida, frustran a una sociedad que no ve respuestas políticas en las plataformas programáticas de los partidos y ve impelida a refugiarse en la radicalidad del borrón y cuenta nueva y, ya se verá!
De la derecha se espera una vuelta al sentido de estado, de sociedad. Al compromiso por construir nuevas modelos que resuelvan las cuestiones que preocupan a la gente desde el acuerdo y desde el pragmatismo. La sociedad, el mundo han cambiado, por todas las razones que ya sabemos, y hace falta encarar el futuro desde el realismo; la realpolitk, ese idea que superó cuestiones irreconciliables entre las dos alemanias, comenzando un dialogo entre dos partes de una nación que había sido dividida por los intereses estratégicos de la Unión Soviética.
Hoy, el sistema economía neoliberal se ha impuesto y la derecha, y los poderes de la economía, no sintonizan con la justicia social. Ni les importa. Antes no era así. El primer sistema de protección social lo implantó el general von Bismarck, en 1881. Artífice de la unificación alemana y canciller, defensor de los intereses de los pequeña nobleza prusiana y de ascendencia monárquica y conservador, el general de derechas, sabía que el éxito del nuevo estado alemán estaba en que fuera acogedor y defendido por toda la ciudadanía de la nueva Alemania.
En un contexto nacional e internacional de radicalidad ideológica, en el que las posiciones extremas van más allá de la controversia de ideas y llega a la intolerancia, la visceralidad y el asesinato por razones políticas o económicas (véase los atentados contra Trump o el reciente asesinato de Brian Thompson, un alto ejecutivo de una aseguradora de salud) muestran la frustración de una sociedad que se siente incapaz de influir en la política desde la modestia de los mecanismos de participación electoral establecidos.
Si la ciudadanía no tiene posibilidad efectiva de que su voluntad pueda cambiar el rumbo de la sociedad, entonces la impotencia propicia y genera actitudes extremas: sea alentar a partidos políticos que pretende dinamitar el sistema político y social, la imagen de Milei con la motosierra; o desmantelar el estado de garantía de estabilidad social, cargándose la sanidad y la educación pública retirando inversiones, y promoviendo y facilitando subvenciones a entidades privadas en el ámbito social cuya finalidad es el propio beneficio privado y no los servicios a la Comunidad.
El liberalismo doctrinario, el neoliberalismo, es un atentado demoledor contra la sociedad porque cree firmemente que todo bien que se consume debe de gestionarse desde la iniciativa privada; desde la sanidad (y ahí está la muestra en Estados Unidos, dónde una enfermedad seria supone endeudarse de por vida), hasta el agua, el aire y la vivienda, por supuesto, bienes que el liberalismo extremo querría privatizar para tener más nichos de negocio.
En siglos anteriores, los grandes temas se resolvían de manera violenta mediante revueltas o revoluciones cruentas o las guerras entre intereses económicos disfrazados de gestas patrióticas, religiosas o de civilización. Ahora que hemos alcanzado, en esta parte del mundo por lo menos, que la violencia no puede ser metodología para la resolución de conflictos es necesario volver a la racionalidad y darse cuenta que el quid de la política que tenemos depende de leyes que regulan a los responsables de tomar decisiones públicas: los partidos políticos y la rigidez de los liderazgos, y las leyes electorales. Es momento de reformas y ajustes en la estructura del sistema político.
