
Publiqué esté artículos en Diario de Mallorca, hace una semana, comentando el triunfo de Trump, con esa provocativa entrada de «todos al suelo». Algunos han querido ver catastrofismo y otros, la derecha creativa que tenemos, una oportunidad para reconducir el desconcierto.
Ya se verá. Lo ciertor es qeu el mundo tal como está es insostenible, y no me refiero al cambio climático que, considero imposible de recondicir, sino a ese hapy hapy, que abona las intolerancias y los conflictos. Ahí reproduzco el artículo publicado y, una salvedad, la última frase breve por limitaciones de espacio en la prensa escrita, me quería referir a que el partido popular debería de tomarse en serio su papel en la politica española y actuar ya como partido con planeamientos serios de futuro para España; dice hacerlo pero nos lleva al desastre colevtivo.
De vez en cuando la historia nos depara momentos de inflexión. De esos de un antes y un después que la mayoría observamos impávidos, con más preocupación por el futuro que por la inmediatez del corto plazo. Porque el impacto del arrollador triunfo de Trump, a diferencia de en 2016, está atemperado porque, ahora, ya tenemos asumido que no controlamos nada de la dinámica de nuestro tiempo y solo nos queda navegar entre turbulencias, sobrellevar los días.
La ultraderecha ya está gobernando en Europa. En Hungría en varias legislaturas (es decir, que revalida mandatos), y es el ejemplo más cercano de lo que se espera de Trump: control de los medios de difusión, de los estamentos civiles e institucionales y, por supuesto, políticos mediante leyes restrictivas de derechos. Debe ser impagable la feliz coincidencia ultra: Trump gana en Estados Unidos mientras Orban preside la Unión Europea; Putin en Rusia y Xi Jinping, autócrata como nuevo mandarín, en China. Sin Olvidar a Meloni en Italia, y la mayoría de Lepen en Francia, aunque no gobierne. Días de felicidad para la ultraderecha, y los partidos de las derechas que quieren gobernar, que tienen la necesidad de establecer puentes, más bien lazos de entendimiento, es decir, asumir los postulados extremos si quieren gobiernos estables. Nuevas coaliciones, todos a una contra Pedro Sánchez, pretendiendo una alianza de derechas, una nueva CEDA (coalición electoral liderada por Gil Robles, que ganó las elecciones generales propiciando el bienio conservador, de 1934, y basamento del golpe de estado del 36), buscando atraer a los de Junts. Vano empeño, por cierto.
Al final, como el eslogan trumpista del American First, o Make Amercia Great Again, la película que nos discurre por dentro es que nos interesa nuestro país, solo; por mucho que sobre el papel haya que decir que lo importante es fortalecer la Unión Europea. No es verdad. O sí, pero solo para asegurar que el mercado interior funcione y la Unión Europea se acerque más a lo que fue la EFTA (Asociación Europea de Libre Comercio, el invento británico para enfrentarse a la CEE, que le vetaba el ingreso) que a esa unión política que fue su diseño inicial. Los países en conflicto, Ucrania en particular, deberán cerrar sus aspiraciones de independencia y aceptar el papel que las potencias les asigne. Estamos ante la consolidación de las políticas de “plaques tectónicas” en que las potencias regionales tendrán sus escudos de estados tapón, satélites, como en plena guerra fría solo que, ahora, con barniz democrático en los que no será el partido sino las redes manipuladas la argamasa que asegure la continuidad ideológica.
Respecto a España, si en las próximas elecciones, el partido que aspira a la Moncloa pregunta si se vive mejor ahora que hace diez años, pregunta trampa pero plausible, el gobierno debe asegurarse que la respuesta no le salpique.
En España la cuestión política es dual. Bascula sobre dos ejes ineludibles: el social, el de los estamentos, clases sociales y perfiles económicos, y la cuestión regional: la multinacionalidad, o la diversidad regional para los duros de entendimiento. Ese es el quid que nos debe de interesar porque esa es la cuestión, no resuelta, que lastra a España desde, al menos, la restauración borbónica del siglo XIX.
Y esa cuestión debe ser replanteada a nivel de estado. El socialismo, desde la Declaración de Granada, tiene la propuesta de un estado federal, o federalización porque eso de federal para la derecha suena a secesionismo, pero el partido popular no quiere saber nada de esto. ¿Por qué?
Hace poco más de un año un importante político popular me decía que, en efecto, pensaba que la solución integradora para España era el federalismo pero que ese propósito estaba lejos de convencer a unas bases aferradas, aún, a la cultura del pasado político. Eso es, no se puede obviar que la matriz cultural y política del partido popular, no es el centrismo ideológico, sino Alianza Popular que era la propuesta pragmática del franquismo para adaptarse al nuevo estado democrático. Cierto que se incorporaron familias democristianas y liberales, pero ambas más comprometidas por lazos de intereses con la dictadura que con principios y raíces democráticas. De hecho, la cúpula dirigente del PP nunca se desvió de la estricta ortodoxia y fidelidad a los principios rancios fundacionales del partido de Fraga.
Sin embargo, del PP se espera que dé un salto cualitativo de realismo político.
