
El mundo está en parada técnica hasta ver qué pasa en las elecciones norteamericanas. Aunque Kamala Harris parece ir ganando posiciones, las del stablishment, que prefiere la sensatez de la previsibilidad, hasta las minorías, todo está pendiente de una última maniobra espectacular del trumpismo. Un giro inesperado podría provenir tanto de algún híper bulo lanzado unos días antes del día electoral, como de una nueva maniobra de Netanyahu que hiciera imposible este impase de tolerancia de la administración demócrata que, por el momento, no parece que retraiga de votar a jóvenes y minorías antitrumpistas.
La presidencia de Trump demostró que cualquiera con poder de influencia comunicativa, como ya había ejercido Berlusconi, puede cambiar la opinión pública hasta en sus principios; dar la vuelta al calcetín sin rubor, y dejarnos vencer por la inercia de lo que parece inevitable, sometidos todos, como estamos, a la dictadura de la inmediatez. Cuando la urgencia por tomar una decisión nubla el juicio, se adopta el criterio de la mass media la cultura de las leyes del mercado neocon aplicadas en todos los ámbitos de la vida. Y en esto no es ajeno a esa reinterpretación de la libertad en qué la ética y la moralidad, que solían enmarcar el criterio y el patrón de la honorabilidad como personas, se consideran resonancias trasnochadas. Como si fuéramos de vida eterna, la tenencia, el poder y la apariencia es más que el querer, la felicidad y la autenticidad. Con frecuencia olvidamos que el sentido del mundo no es el mundo, es la vida y, ciertamente, al final todo se reduce al uno en relación al otro; el amar y ser amado; el ser con el otro.
Elon Musk es el tapado, ya no tanto, que está tomando el relevo del trumpismo y que, pase a lo que pase, esta reconfigurando el mundo para volver a la geopolítica de bloques tectónicos, es decir, bloques en escala en que a modo de matrioskas, las muñecas rusas unas dentro de otras, las súper potencias pretenden liderar jerárquicamente el mundo. La cuestión, respecto a Europa, es que no sabemos si queremos estar dentro de la matrioska norteamericana o si aspiramos a generar una propia. Y eso va a depender de qué ocurra el martes 5. Si Trump accede a la presidencia iremos hacia una refundación y unificación de los fascismos. Si no, entonces, la búsqueda de las formulas nacionales continuará hasta encontrar la tecla que consiga la hegemonía política suficiente para una transición del modelo social, el nuestro, hacia ahondar y evolucionar desde la filosofía política de la ilustración o hacia una nueva era de pragmatismo que nos aboquen a distropías, no hace mucho, imposibles.
En España fiel reflejo de ese esquema bipolar se acrecienta la tensión entre los bloques, los se la investidura necesitados de perfil propio en Catalunya principalmente, y a escala nacional porque la derecha, el partido popular, se dirime en su liderazgo. Ayuso ya ha asumido, el gurú M.A.R. no lo dirá en público, pero la presidenta madrileña solo puedo aspirar a emular a Esperanza Aguirre lideresa ganadora a escala regional. Mientras Feijóo, ahora con look de cuarentón de éxito, va a esperar a su congreso para anunciar su plataforma ideológica para el futuro, a la sombra del aspirante sucesor Moreno Bonilla.
Lo que hará VOX es de manual. Habrá que ver qué da de sí la nueva lectura del papel de Corea del Norte como aliado e implicado en la guerra de Ucrania.
Al gobierno le está afectando la estrategia judicial impulsada por los intransigentes del partido popular con la bendición de Esteban Pons. Como la lluvia fina, la imagen de oposición que impulsara Aznar antes de acceder a la presidencia, luego fue gota malaya al estilo del último Felipe, el partido popular está consiguiendo confundir a sus socios europeos que, como consiguió con el asunto de la renovación del Consejo del Poder Judicial, están ya creyendo que en España tenemos otro Viktor Orbán controlando el poder judicial y las instituciones civiles con persecuciones de derechos y de personas.
Como es de cajón no sabemos qué piensa el presidente de todo esto y qué quiere hacer. Se diría, como sostenía en mi última columna, que solo después del congreso de final de noviembre, y transcurridos los de sus socios de Esquerra y el de Junts, podrá despejarse qué se espera para lo que resta de legislatura. Sin embargo, no habría que descartar un adelanto electoral que solo podría ser ventajoso para el principal partido de gobierno si aportara un plus de interés para la participación y vuelvo a insistir en mi tesis: los lectores necesitamos poder de elección y forzar a los políticos a presentar alternativas diferenciadas, eso pasa por una reforma de la LOREG y de la ley de partidos en el sentido democratizador.
