
Casi se da por hecho la vuelta de Trump. Solo un giro inesperado de los votantes republicanos o que los demócratas tengan un golpe de suerte en Palestina, alcanzándose un acuerdo en la guerra de Gaza, podría situar a Biden en la senda de la reelección. Del otro lado, la presión social en Israel hacia la paz o una luz de realismo por parte de Hamas, que prefiera el acuerdo al cuanto peor mejor que aquí conocemos bien, podrían calmar los movimientos pro palestinos contra Biden y serenar las calles para que los demócratas sean capaces de movilizar su voto en las elecciones de noviembre.
Estas elecciones serán más difíciles para los demócratas que las anteriores porque durante estos años algunos estados republicanos han modificado las condiciones, y las facilidades, para ejercer el voto; dificultando el de minorías sociales que son el plus electoral que puede marcar la diferencia en los estados del sur y en la américa profunda.
El reconocimiento de Palestina como estado por parte de España, Irlanda y Noruega, sumándose a los otros 143 estados que la reconocieron supone un nuevo ingrediente en el tablero geoestratégico global con la esperanza que este paso adelante, del tercer estado con mayor influencia en la Unión Europa, sea capaz de decantar el reconocimiento de la propia Unión Europea que se debate entre una decisión definitiva, de calado, tomando posición ante la arbitrariedad del gobierno de extrema derecha de Israel, y el miedo a tensar las relaciones frente a Estados Unidos.
El reconocimiento al estado palestino, resolución de la ONU en 1974, ya en 1967 la ONU consideró a Palestina como territorio ocupado ilegalmente por Israel, y los acuerdos de Oslo (1993) que se suspendieron sine die por el asesinato del primer ministro israelí que los había suscrito, Isaac Rabin, aportaban el avance histórico de los dos estados. Recuérdese que la propia creación del estado de Israel tiene su legitimidad internacional en la resolución de la ONU en 1947, antes del final del dominio británico, que declaraba la recomendación de dos estados, el inmediato estado de Israel y un estado árabe.
Hoy en día, la mayoría territorial del mundo reconoce al estado de Palestina: todos los iberoamericanos menos Panamá; los africanos menos Camerún y Eritrea; los árabes y asiáticos del orbe chino-ruso menos Myanmar y los del orbe occidental (Corea del Sur, Japón, Australia y Nueva Zelanda). En Europa, Suecia y las ex repúblicas soviéticas, bajo orden ruso, y las, ahora en la Unión Europea, Polonia, Chequia, Eslovaquia, Bulgaria y Rumania, y Eslovenia, que ha anunciado que se sumará próximamente. En los Balcanes: Bosnia-Herzegovina, Serbia y Montenegro.
Por el contrario, Estados Unidos y Canadá, y sus socios en Asia (Japón, Australia, Nueva Zelanda y Corea del Sur) y en Europa: Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, y el resto de la Unión Europea fundacional, están en aún en el debate y me atrevería a afirmar que por razones electorales; no se quiere dar argumentos a la ultraderecha islamofóbica. Como en la guerra de Ucrania, la espiral de violencia en Gaza se mira con temor para no desatar la irracionalidad. Se teme a Putin, y a sus armas nucleares, y a Israel, al gobierno de extrema derecha del presidente Netanyahu, que se salvó de ser procesado por corrupción gracias al oportuno ataque de Hamas, por su tentación de desatar una escalada in extremis, para salvar el culo, literalmente.
En las elecciones del 9 de junio Europa se juega su supervivencia como ente político y podría desencadenar su propio euroexit, su progresiva desarticulación para transformarse en una alianza económica neoliberal, al estilo de las antiguas asociaciones regionales como la EFTA, asociación de libre comercio creada por el Reino Unido (1960) para competir con la Comunidad Económica Europea (1957), liderada por Francia y Alemania. Si la extrema derecha tiene influencia determinante y las coaliciones progresistas, lideradas por la socialdemocracia, pierden peso, la Unión Europea puede descafeinarse hasta convertirse en una versión asociativa, por supuesto sin regulaciones en derechos humanos ni justicia social, al estilo de la Commonwealth.
Con Trump en la Casa Blanca, Putin reforzaría su estrategia, nada oculta, de recuperar posiciones en Europa por la doble vía de la imposición, al estilo de Ucrania, que no parece probable excepto en Moldavia y quizás en Kaliningrado para integrarla a Rusia. Política que sería bien vista por el trumpismo, de hechos consumados para resolver cuestiones espinosas dando la razón al fuerte; a sí mismo. Y la otra vía, la de la subversión, cambiando desde dentro los estados europeos y su política en la Unión.
Con Trump se llegaría a un tipo de acuerdo de entrega a Putin de la Europa fronteriza del Este, quizás mediante una declaración neutralista, para regocijo del otro actor en este happening global, China, que está por la labor de una reordenación del mundo según la doctrina clásica de las placas tectónicas, es decir, las áreas de influencia entre las superpotencia; la vuelta a las metrópolis y sus colonias o países satélites. Las primeras maniobras en esa dirección está siendo la penetración ideológica de la ultraderecha, de la mano financiera de Putin y la vocería agresiva, a lo terminator, como el Abascal en cabello blanco a lo Santiago y cierra España, o el Milei con la motosierra para convencer de la necesidad de un golpe de timón en favor del orden, establecido desde los intereses. La vuelta de Kissinguer, el artífice de las políticas de impulsar golpes de estado militares en Latinoamérica.
El caldo de cultivo social para la viabilidad de estas posiciones extremas es una sociedad cada vez más manipulable; del ahora mismísimo y del placer en todo momento, que no tolera la frustración de la espera ni de los tempos y, esto, junto a la presión cultural por el disfrute a toda hora; recuerdo un anuncio en televisión enfocado a la población infantil, “y tú?, qué has hecho hoy para divertirte?”
El goce por el goce sin esperas; el móvil nos ha impuesto la cultura de la diversión inmediata y a la carta, forman a la persona para que a la hora de votar ponga más atención a su dolor de estómago que a la racionalidad, versus proyecto o programa político. Tras depositar el voto no hay reflexión posible, ni vuelta atrás.
