
Los resultados de las catalanes han mostrado tres trazos gruesos: El Procés ha terminado y se está resituando el gen convergente, el del pactismo, a la espera de que se extingan los rescoldos que aún lidera Puigdemont; el socialismo gana por primera vez unas elecciones catalanas y Salvador Illa encarna el anar per feina, divisa del pujolismo. Como resultante nacional, Pedro Sánchez coge fuelle para las europeas y, principalmente, se libera del acoso y derribo de Puigdemont, que ahora solo puede fiar su supervivencia política, descartada la repetición electoral, a logros prácticos en Madrid que le den opciones en el futuro.
Puigdemont tratará de sacar pecho. Ha conseguido un resultado espectacular con el que pretenderá condicionar la legislatura con un máximo, en la consulta sobre la independencia, y un bloque económico sustancial que, aún con más argumentos a la vista además del caos de rodalias del día electoral, tendrá su acento en las infraestructuras. Al margen del tempo de la transferencia del servicio ferroviario de cercanías, ya pactado, las exigencias en financiación pasarán por un esfuerzo inversor significativo y urgente. Los presupuestos de 2025, si son viables tras el subidón de Junts, dependerán con mayor fuerza de la agenda catalana. ¿Tomará asiento Puigdemont en el parlament o se convertirá en una mosca cojonera a lo Aznar?
El presidente Sánchez, fortalecido porque el electorado catalán ha entendido su esfuerzo pacificador, tiene en su haber que, mediante la ley de amnistía, ha dado la oportunidad jurídica para que Junts se presentara a las elecciones, neutralizando victimismos y halos nostálgicos, con todas las facilidades para un enfrentamiento electoral limpio, y sin excusas. De resultas la victoria de Illa ideológica, y políticamente transparente, ha sido Indiscutible.
Naturalmente, la estabilidad que ha ganado el gobierno a pesar del fortalecimiento de Junts, está en el debilitamiento del independentismo al no sumar la mayoría suficiente para gobernar. Sobre todo por la debacle de la CUP, los antisistema que fueron los impulsores del calendario del Procés, no se olvide el ultimátum a la candidatura de Artur Mas y el plazo para la independencia de dieciocho meses, en 2015. Tras estas elecciones, el bloque del nacionalismo independentista se resitúa en el tiempo de la consulta de 2014. Un salto atrás para releer el proyecto de independencia cercano a los perfiles que se dan en Euskadi.
Hablamos del pacto fiscal, de un nuevo encaje socio nacional de Catalunya a la altura del engarce del País Vasco y Navarra. ¿O nos referimos a un nueva articulación territorial sobre la bases del reconocimiento explícito, y esencial, del termino nacionalidades, como naciones integradas en la nación española? ¿Un modelo federal con todos sus contenidos políticos especificados, equiparables a modelos que funcionan en países europeos comparables, como Alemania, una república, o Bélgica, una monarquía?
La ventanilla federal que el independentismo había cerrado impropiamente, por falta de análisis, y de visión y ambición política, debe reabrirse. Qué o cómo ese federalismo no es un análisis de a priori sino que debe ser fruto de proyectos que aúnen corresponsabilidad y claridad institucional: la administración única que pregonara Fraga cuando hizo la transformación ideológica de votar contra la España autonómica a defenderla con ahínco cuando fue elegido presidente de la Xunta.
El partido popular ha logrado su máximo objetivo, visto que estaba por descontado su aumento en diputados aunque solo fuera por la prevista fagocitación de Ciudadanos, quedando por delante de Vox que mantiene sus nueve diputados. Fortalecido en Catalunya, el PP se cree autorizado a no perder fuelle agitador y seguir con el bloqueo constitucional para seguir marcando paquete en su rivalidad con Vox de cara a las europeas. Tras estas, se abrirán escenarios nuevos dependiendo del resultado del nueve de junio.
