Nuevos nacionalismos. Estado Internet. (2004)

LOS NUEVOS NACIONALISMOS: EL ESTADO INTERNET Y LOS NACIONALISMOS.

 

RESUMEN

La condición postmoderna caracterizada por la multiplicidad y multiculturalidad de los centros de producción y consumo de los bienes culturales, económicos y sociales, ha impuesto la oportunidad y la inmediatez como valores que dan credibilidad y vigencia a esos productos. La globalización consecuencia o/y causa de este perpetuo presente, olvida el relato histórico, a nivel económico, cultural y social, y fomenta  nuevas estructuras políticas, superando las definiciones estatales heredades del pasado, mientras   se abren nuevas geoestrategias donde las nuevas tecnologías de la comunicación e información, Internet, son los vínculos que cohesionan  nuevas configuraciones en un mundo que tiende a constituirse en sociedad mundial.

El futuro se conformar en torno a dos realidades que pueden asimilarse a lo que conocemos como los nacionalismos de estado y los nacionalismos históricos o étnicos:

Unos nacionalismos de carácter macrocultural y macroeconómico que se sustentan en el control de  medios de comunicación propios y transnacionales; y  los nacionalismos culturales, de carácter regional, cuyo ámbito de expresión será su interrelación con las estructuras políticas de los estados plurinacionales en los que están inscritos y su redefinición en el marco de los nuevos entes supraestatales.

 

 

 

 Introducción

El paradigma de nuestro tiempo es la incertidumbre, y en este contexto, la clarividencia de que todo conocimiento humano, científico o técnico, filosófico o tecnológico es susceptible de ser ampliado, en sus fuentes y aplicaciones, de ser optimizado y rediseñado en su funcionalidad. A partir de ahí, toda disciplina o ciencia se halla en constante proceso de revisión y el tributo es un estado permanente de falta de dirección a veces con metas difusas en la búsqueda trepidante  de la utilidad práctica, de la funcionalidad social: de la inmediatez. Es el debate de la postmodernidad.

Cuando a mediados de los años sesenta, enfoques filosóficos como el estructuralismo   intentaban comprender la producción cultural, impulsada y destinada al consumo de la cultura de masas, relacionando los diversos mecanismos que influían en ella,  motivaciones psicológicas, intereses económicos, presiones políticas de carácter interno de los estados o geoestratégicas, convicciones ideológicas  configurando sistemas de poder unificados, la cultura de la postmodernidad  estaba a punto de ser explicitada.

La condición postmoderna, señala Steven Connor (1), se manifiesta en la multiplicación de centros de poder y actividad y en la disolución de cualquier narración totalizadora que pretenda gobernar el complejo terreno de actividad y representación social. Es la decadencia de las autoridades culturales, étnicas como Occidente, o estamentarias, las universidades y los centros de autorización  del saber. Formas populares como la televisión, el cine y la música rock comenzaron a reclamar parte de la alta cultura y los centros académicos pretendiendo, como siempre, una función directora se volcaron en asimilar las nuevas manifestaciones de cultura de masas, dándoles categorización de cultura académica.

La resultante es, que el debate postmoderno, señala el crítico  Dana Polan (2), “estructura el discurso crítico en una especie de mecánica combinatoria donde todo está dado de antemano, donde no puede existir otra práctica que la recombinación infinita de piezas fijas de la máquina generativa” de ideas. En definitiva, se ha generalizado la convicción  en torno a la inexistencia de la posibilidad del consenso, podríamos añadir, de la inutilidad de éste, y aún más, como describe Edward Said,(3) “se han abandonado progresivamente las cuestiones y responsabilidades generales en una confabulación cada vez mayor con un sistema que divide al conocimiento en especialidades que anulan paulatinamente cualquier relación radical o efectiva con temas generales”, todo podrá ser centro de interés y la dirección, objetivo, medios o intencionalidad moral o ética  que emprenda cualquier investigación tendrán carta de naturaleza, validez o justificación.

El único objetivo creible es el poder, afirma Jean François Lyotard,(4) uno de los principales mantenedores de este debate.” Las universidades o instituciones de enseñanza no están tan vinculadas al saber como al principio de performatividad. La pregunta planteada no es: ¿Es eso verdad?, sino ¿Para qué sirve? El performance, la puesta en escena de actitudes pretendidamente underground, antisistema, devienen el eje sintetizador de la inutilidad y la parálisis.  La forma interdisciplinar que ha difundido el debate postmoderno, entre las ciencias sociales y las humanidades, dice Lyotard, puede considerarse como un intento de dominar el terreno, de coerción mediante perfomatividad intelectual…El resultado puede considerarse como una especie de inercia donde cuestiones políticas reales, y aquellas oportunidades que las teorías de la postmodernidad habían favorecido, continuan atomizadas e inconsecuentes. Lo que acaece es una amalgama de propaganda política entre un ilusionismo de imágenes elegantes de una revolución conceptual total y una especie de  parálisis institucional.

El prestigio de la oportunidad.

La clave que une las imágenes fundamentales de la sociedad postmoderna con el pastiche esquizoide de la cultura postmoderna, resume Fredric Jameson,(5) es la desaparición del sentido histórico. Nuestro sistema social contemporáneo ha perdido la capacidad de conocimiento de su propio pasado, ha comenzado a vivir en el “presente perpetuo” sin profundidad, definición o identidad fija.  El argumento conductor de esta situación la explicita, Jean Baudrillard,(6) al contar “la expansión y aceleración de los productos de consumo culturales, imágenes sociales o ‘símbolos’ que funcionan como productos de consumo, conforman una economía política del símbolo” es decir, la representación simbólica, sea el tótem de un crack del deporte, de la canción o de una marca comercial adquiere valor por sí misma, se erige como producto de consumo virtual.

Y esa prevalencia de la secuencia: concepto simbólico, realidad virtual, realidad física versus  gratificación inmediata conduce a la esencialidad, en el sentido de la simplificación de los mensajes, de manera que la orfandad de ornamentos facilite el reconocimiento de los discursos, de lo que se quiere transmitir. La sociedad postmoderna huye de la complejidad y, aunque se llene la boca de multidiversidad, apuesta por la homegeneidad, tanto de las ideas, he ahí esa convicción en el pensamiento único, como de los valores: el reino del mercado como regulador de las relaciones humanas, a pesar de promover, sobre el papel, la multiculturalidad.

Resulta paradigmática la evolución que se ha dado en las artes de la imagen. Tanto el cine que ha trivializado los temas, y su tratamiento, recuérdese la textura argumental de las “series B”, producidas para mentalidades suburbiales (entiéndase el concepto); o la televisión con docudramas y similares: la telebasura, programas de diseño para consumo de mentalidades planas, como valientemente, explica la periodista Mariola Cubells (7), el producto que se vende no es la cosa que se transmite sino el medio, el hecho mismo de la transmisión: El medio es el mensaje, nos dice M.Mcluhan, (8) Se trata de mantener al espectador enganchado a la pantalla que ha dejado de ser la ventana donde se cuentan las historias, para convertirse en la puerta por donde se entra a protagonizar nuevas realidades.  Narraciones, que siendo virtuales tienen categoría de realidad, por mor de esa “confianza” que transmite la televisión, por el hecho de la inmediatez de un directo o porque la necesaria complicidad de muchos en la confección de la noticia, hace inverosímil su falsedad.

Finalizando esta introducción sociocultural es útil referir algunas características de la posmodernidad respecto la modernidad anterior, que describe Ihab Hassan (9):Si en la modernidad prevalecela Forma,la Intención, el Diseño yla Jerarquíaen esta etapa postmoderna, triunfala Antiforma,la Obraen sí misma,la Oportunidadyla Anarquía, no hay jerarquía porque no hay norma. Sila Obraterminada se admira a Distancia  buscando el Paradigma yla Trascendenciaqué ha querido expresar el Autor, en la nueva situación postmoderna, lo que interesa es el Proceso que conduce a la obra que ha sido realizada para que fuera tenida por colectiva. El autor quiere sentirse anónimo y ofrecer la obra para provocarla Participacióndel espectador que se identifica con ella, porque no expresa teoría alguna, sino que se valida porla Inmanenciade una realidad Indeterminada, una Diferenciación, una provocación que hace cómplice al colectivo que también querría singularizarse con la provocación.  Si la realidad estuviera dotada de vida, por sí misma, no padecería de paranoia, propia de actitudes totalizadoras, sino de esquizofrenia coherente en la imposibilidad de la certeza entre el mundo virtual del vídeo-televisión-animación 3D y la realidad tangible.

La quiebra del estado y del nacionalismo étnico.

 

 

La postmodernidad en las esferas del poder puro y duro, es decir, al terreno de la economía y la política, es la multinacionalidad o trasnacionalidad, en términos actuales, y la supranacionalidad y la multilateralidad, en el terreno de la realidad política.

El poder, refiere Steve Connors (10),  se entiende mejor en términos micropolíticos como una red de relaciones de poder que subsiste en cualquier aspecto de una sociedad,  que en términos metafóricos de grandes conjuntos o bloques monolíticos de clases o Estados. En esta fase  avanzada del capitalismo, el postfordirmo, la trasnacional ha relativizado la dependencia de las estrategias de los estados dominantes, para tejer un nuevo entramado de  relaciones en las que impone sus punto de vista en función de maximizar beneficios, por encima de intereses nacionales.  Pero, ¿es eso posible? Y la respuesta es que no. Lo que ha acontecido es que los intereses nacionales dominantes coinciden con los de los consejos de administración de las trasnacionales de referencia.

Los estados han diluido sus intereses propios en función de la unidad de mercado que exige la uniformidad y, por  tanto, la dirección política colegiada: por consenso o por mayorías, por  voluntad o por imposición de los modernos resortes del poder: las estructuras multilaterales tipo Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio, Grupo de los siete más uno; y de estructuras supranacionales, embriones de nuevos estados, tal vez, pero, sin duda, con proyecciones muy distintas a la de las organizaciones de estado que conocemos. Bien es cierto, que ante una orfandad de ideas en cómo estructurar un nuevo tipo de Administración , se ha optado por reproducir, a escala europea por referirnos ala UE, los esquemas de nuestros centenarios edificios estatales, pero este tipo de burocratización tiene una fecha de caducidad.

La postmodernidad, la convicción de que no hay lugares ideológicos seguros, ha favorecido producciones culturales, marginales a las políticas culturales dictadas desde los centros tradicionales en connivencia con las directrices de los estados y favoreciendo la articulación de intereses y relaciones nuevas, implicando a sectores culturales y económicos que antes permanecían ignorados o marginados de la dinámica social y que, ahora, actúan de cuñas buscando un espacio de influencia propio rompiendo el  status quo vigente. La  insurrección cultural de mayo del 68, en Francia, fue la expresión del cambio de  discurso político. Los derechos de la mujer, en todos los órdenes de la vida civil, pasaron a considerarse de primer orden, y se apostaba por la ruptura de los tabúes ideológicos, culturales, de comportamiento: la libertad  en lo religioso, sexual; y se entró en la cuestión étnica como particularismo integrador, cosmopolita, abriéndose el debate de la multirracialidad. La conocida controversia entre diversidad y multiculturalidad, el modelo por el que apuesta el Fòrum Universal de las Culturas, de este año en Barcelona, o el mestizaje, el modelo americano, todo esto unido a la sensibilización ecologista, la sostenibilidad,  son los pilares sobre los que está desmoronándose el viejo mundo, el Moderno Antiguo Régimen, de ahora en adelante el progreso tiene tres patas incuestionables: la cultural, la social y la ecológica.

Este cambio no se produce por la derogación de antiguas convenciones, contra los poderes que sustenta la dirección de la sociedad sino que fiel, a la filosofía indeterminista y casuística, al oportunismo provocador y destructor, en todo caso sin constructos predeterminados, de la postmodernidad  se espera la revolución y el avance de la civilización por el cambio de paradigma de la sociedad. Una receta a lo Gandhi, tal vez.

Este es el éxito y el fracaso porque se obvia que la contestación es asimilada por el sistema dominante como un estornudo que sintomatiza anomalías que inmediatamente son corregidas. Sin embargo, el cambio cultural se produce inexorable porque las recetas socioculturales, económicas y políticas que persisten fueron concebidas para hombres y mujeres cuya psicología estaba determinada por acontecimientos, dramáticos del pasado. Por el contrario, las generaciones de hoy no están de la misma forma condicionadas y, en consecuencia, no pueden reaccionar coherentemente con un sistema de relaciones institucionalizadas diseñado para tiempos pretéritos cuando la libertad, era un concepto definido por su oposición a regímenes o actitudes políticas totalitarias,  sin que apenas se trasladara a la esfera de la individualidad.  La paradoja, quizás, esté en la sociedad norteamericana, tan liberal desde el punto de vista de las libertades individuales y tan cerrada en el ámbito de las ideas y creencias.

No hay demanda para culturas nacionales.

 

Y en esa revolución silenciosa, que se nutre de la liberación de la cultura  con la complicidad general de la libertad económica, se ha producido con la oportunidad de una, mayor y más libre, autodeterminación, de elección personal, en un mercado donde  el fenómeno más importante es que la producción cultural y la economía han estado vinculadas y han creado símbolos o referentes, que conforman territorios culturales nuevos, pero estas nuevas afirmaciones culturales, nacionales en sentido genérico, asumen la necesidad de una espacio común neutro desde la militancia activa, y superficial, que actúa de medio universal sobre el que pueden surgir nuevos paradigmas locales, o nacionales. Nuevas propuestas que necesitan para su éxito de un medio homogéneo porque, para su difusión, deben de estar en sintonía con una secuencia de presupuestos ideológicos indiscutidos que son retroalimentados por los símbolos culturales. Que a decir de Michel Ryan,(11), se han convertido en auténticos agentes activos, creando nuevas sustancias, nuevas formas sociales, nuevos caminos para actuar y pensar, nuevas actitudes, barajando las cartas del “destino”, la “naturaleza” y la “realidad”social.

En esta situación, una cultura  transmitida por cualquier símbolo o representación de consumo-cultural,en su inicio aparentemente autónoma e independiente de la sociedad que lo alberga, termina convirtiéndose en una fuerza social y material. Un poder de significación que desacredita cualquier pretensión de crear sustantivos fuera de la representación y esta desacreditación se aplica también a las instituciones políticas, a las normas morales, prácticas sociales y estructuras económicas. De manera que cualquier visión, etnocentrista u ortodóxica, (de cualquier ortodoxia al uso), al margen o en colisión con esos referentes universalmente consentidos, está condenada al descrédito o la inoperancia por la multicentralidad de los campos de atención.

Esta falta de centralidad en cuanto a los objetos de interés, no obedece a predeterminismos étnicos, culturales de origen, ni económicos, ni tan sólo por razón de formación o vocación académica; el principal argumento que coordina la disparidad son las tecnologías de la información y la comunicación que han posibilitados el acceso generalizados a la difusión de los mensajes.  La sociedad Informacional, en hallazgo del M. Castells (12), marca el ritmo de crecimiento de la conciencia del nuevo paradigma cultural que habiendo interiorizado presupuestos teóricos como conquistas ideológicas, demanda nuevos enfoques en cada una de las vertientes organizativas de la sociedad. En la dirección que nos ocupa, la institucionalización de las ideas políticas, la geografía de las ideas e instituciones, puede avanzar nuevas proposiciones que aúnen las aspiraciones ideológicas y políticas de la sociedad, con adecuadas  instituciones que hagan que esta sociedad se sienta cómoda y respaldada en su identidad.

La crisis del Antiguo Régimen se agudizó cuando el mundo se ensanchó, geográfica, económica, social y culturalmente, mientras  las estructuras políticas permanecían diseñadas para una sociedad caciquil y feudal cuando, hacía siglos, que ya había entrado la modernidad del primer capitalismo. El desafío al que se enfrentaba la sociedad francesa, en la segunda mitad del siglo XVIII, no sólo era un cambio en la dirección de la sociedad, sino el salto cualitativo de tener que inventar estructuras de estado nuevas, que respondieran a las expectativas,  de una nueva clase emergente. La burguesía,  necesitaba legitimarse por encima del Rey, y lo hizo conla Declaraciónde los Derechos del Hombre, dando el salto definitivo iniciado en el Renacimiento en beneficio de la filosofía, el racionalismo, el papel de máximo referente de la “realidad” humana desarbolando la pirámide del poder teocrático a favor de un nuevo tótem ideológico, la soberanía nacional,la Patria: la nación estado, o con más precisión el estado nacional  recinto sagrado en el que canonizar los nuevos prohombres que dotarían a la sociedad de los mecanismos para su progreso, y cuya justificación teleológica sería inducida por las doctrinas del Derecho Natural y del Contrato, justificándose el nuevo orden social, económico y político, desde fundamentos metafísico y no históricos(13) como en el pasado.

El iusnaturalismo de los siglos XVII y XVIII, que es la base del pensamiento liberal y del Estado de Derecho, sitúa al individuo por delante del Estado, ya que aquél es anterior a éste en su existencia y formación. Y tiene una concepción abstracta del Estado que cuida a los individuos en sus intereses particulares. (14) Su característica en la no intervención y por ende la limitación de los poderes, para no caer en los errores del pasado. El ciudadano cede a la sociedad la posibilidad de regular su comportamiento mediante unas leyes, y otro ejecutivo, que asegure su ejecución. Un poder federativo se hace imprescindible para la situación exterior –tratados, pactos, violaciones, etc- con las restantes naciones Pero todos estos poderes deben de estar netamente diferenciados; división de funciones.(14ª) El parlamentarismo, la división de poderes, el derecho positivo; los mecanismos  coercitivos, la policía y el ejército; y el objetivo de la sociedad sería el progreso saludándose con alborozo el enriquecimiento, como medida de la valía personal de cada cual. Hasta el punto que querría verse la mano de Dios dando fortuna o infortunio, según  méritos y  virtudes.(15)

La imposibilidad del Estado tradicional.

El Estado nacional, como justificación y respaldo al parquet económico, al espacio protegido para permitir el enriquecimiento  de los nacionales y de la riqueza nacional, requería un poder fuertemente centralizado que fuera capaz de hacer cumplir las leyes sin la injerencia de los caciques locales, más proclives a sus propios intereses que a la nueva divisa del Bien Común, en esa mitología utópica del reparto solidario.  La  objetividad nos hace reconocer que la centralización supuso una cierta igualación de los territorios, pero no siempre a favor de las pretensiones más progresivas y avanzadas, sino más bien al contrario, una nivelación entrópica en que los menos capaces para competir, en ese nuevo mundo complejo y azaroso que advenía, optaron por acercarse a los suburbios del poder, a la adulación, la corrupción, y a erigirse en obstáculos para el progreso económico y social que el nuevo orden promovía.

Los siglos XIX y XX el Estado fue asumiendo papel de organizador activo de la actividad económica y social, desembocando en los diferentes modelos de Estado Social de Derecho donde se entra en una de las paradojas de sistema: la limitación de la libertad económica, privada, por la competencia de los intereses de la sociedad, públicos. En ese momento los poderes económicos tienen necesidad de pactar y dominar a los poderes políticos. El Estado nacional deja de ser el regulador de un territorio económico, para convertirse en el apéndice fáctico de los poderes económicos que ya no son sectores o familias empresariales, sino núcleos cartelizados que actúan, en el mejor de los casos, como grupos de presión capturando mercados que con barreras proteccionistas se convierten en cautivos, como un nuevo feudalismo. La apertura de las economías, la bajada de las fronteras arancelarias, trasladan las mesas de negociación macroeconómica a niveles más altos a superestructuras  vinculantes o a foros multilaterales.

La llamada tercera revolución industrial o el más fino descubrimiento, la sociedad informacional, es decir, esa revolución tecnológica que, en palabras de Manuel Castells: ”informa una nueva organización social en que la generación, el procesamiento y la transmisión de la información se convierte en la fuente fundamental de la productividad y el poder”, está alterando el marco institucional con que estaban funcionando las sociedades.

El espacio geográfico ampliado a la totalidad del mundo, por mor de una revolución en el transporte que ha roto el concepto  disuasorio de distancia, hoy en menos de veinticuatro horas se puede viajar a cualquier aeropuerto del mundo y a través de internet, cualquier lugar puede estar intercomunicado al instante, y avanzamos hacia la ciudad global: un proceso, dice Castells, mediante el cual los centros de producción y consumo de servicios avanzados, así como las sociedades locales que dependen de ellos, están conectados en el seno de una red global.

En el terreno de la economía, la revolución tecnológica, aparte del propio desarrollo de la nueva economía ,y de la eclosión de los servicios y el turismo y  los servicios de ocio, interviene  en la localización de productores y mercados, en una nueva redistribución de funciones a escala mundial,  afectando a la intrínseca cualidad de los mercados al proponer y alcanzar cambios significativos en la demanda de nuevos productos que se emancipan de la secuencia tradicional: materias primeras (extractivas), transformaciones y producto final. Como en el sector de la alimentación donde las materias primeras tienden a ser sintetizadas, o cultivadas industrialmente, con repercusiones importantes de cara a la participación de los países productores en la dinámica económica general.

Socialmente, el trayecto natural de la globalización es desembocar en el establecimiento de una sociedad mundial, en un proceso de convergencia similar, en su espíritu, al que dio origen al estado de derecho tras la caída y derrocamiento del Antigua Régimen y desde el punto de vista económico, habrá de avanzarse hacia un “Estado Mundial de Derecho”, entonces los nacionalismos deberán acomodarse a esa nueva,  e inmediata, perspectiva cediendo sus paradigmas excluyentes para profundizar en la cooperación, es decir, cediendo su papel coercitivo, político, para convencionar nuevos espacios donde la libertad de elección, de adscripción sea la expresión de su vitalidad y justificación histórica.

El Estado macrocultural, garantía de estabilidades.

Diríamos que, como idea básica, estamos asistiendo a la fase de caída del Moderno Antiguo Régimen, a través de esa revolución negativista llamada postmodernismo y que nos toca, ya, dar la puntilla política provocando su derrocamiento mediante el diseño de un  nuevo paradigma cultural, social, económico, político y ecológico, desde esa esencialidad de la Deep Ecology (16), que entiende el equilibrio o la implicación de las sociedades en el mundo desde ciclos amplios, con nuevas instituciones que, en esta ocasión, no puede ceñirse a territorialidades nacionales, sino abarcar todo el mundo, pero que deberá contener autonomías regionales que hagan factible la eficacia de políticas locales que garanticen la igualdad de oportunidades y la solidaridad, en un marco de garantías personales respaldado por tribunales civiles de carácter multilateral, multinacional y multicultural.

Pero, ¿cuáles son los distintivos que trasmiten esos nuevos símbolos que se erigen en referentes? Quizás el mayor de todos y de amplia trascendencia sea la antiantropización del espacio en que se juega socialmente. Parafraseando a Jameson, cuando dice que el nuevo arte privilegia el espacio antiantropomór fico, el medio viene impuesto por una dinámica incontrolada que tiene asociados modos y estéticas de comportamiento que no se pueden soslayar, siendo que el individuo, justificación, en última instancia, de todo ese discurso, se convierte en espectador mudo de una fantasía mítica conformada para él. Esta, evidente, contradicción esencial: el hombre crea productos culturales que desplazan al hombre de su papel protagonista, debe de ser resuelta volviendo al sentido histórico perdido. Recuperando la conciencia del  individuo como sujeto y objeto de la sociedad e historiado en el mundo tridimensional en el que nos movemos, incorporando la temporalidad, la cuarta dimensión, el discurso de nuestra propia evolución. que nos ofrece perspectiva y orientación, tanto más urgente, cuanto que las TIC nos abandonan a la virtualidad sin referencias impeliéndonos a experimentar un presente continuado. El estadio macrocultural, multidireccional e informe  que  marca el espacio Internet (17) debe ser, seguramente, la mejor escenificación de la postmodernidad o, quizás, el mayor colaborador de ésta por estandarizar un  marco o protocolo, el pensamiento único, que paulatinamente se traslada a estructuras de carácter político sin, aún afectar a una concepción del estado que se retrotrae a un statu quo, discutido, que fosiliza.

El camino para superar  esa situación  lo sugiere el mismo Jameson, “un nuevo arte político tendría que arrostrar la modernidad en toda su verdad, es decir, tendría que conservar su objeto fundamental  -el espacio mundial del capital multinacional-  y forzar al mismo tiempo una ruptura con él, mediante una nueva manera de representarlo que todavía no podemos imaginar: una manera que nos permita concebir nuestra situación como sujetos individuales y colectivos y nuestras posibilidades de acción y lucha, hoy neutralizadas por nuestra doble confusión espacial y social. Si alguna vez llega a existir una forma política de postmodernismo, su vocación será la invención  y el diseño de mapas cognitivos globales, tanto a escala social como espacial” (18)

Mapas cognitivos que son  marcos de referencia seguros, desde donde cada individuo pueda construir, relatar, su existencia. Se trata, naturalmente, de buscar, reencontrar o descubrir, valores capaces de permanecer vigentes durante el tiempo suficiente como para mantener una cierta estabilidad y continuidad de acción. Pero éstos no pueden ofrecerse desde discursos antiguos porque la última revolución cultural ha trillado la validez del modo peculiar en que se ha venido configurando la sociedad hasta ahora. Hoy la civilización global agrupa tantas culturas y tan diversas, incluso con presupuestos ideológicos contrarios, y el acceso a la información y a la capacidad de comunicación, versus influencia, está tan al alcance de tantos, con tan heterogéneos, y cuestionables niveles de instrucción e inteligencia, que cualquier presupuesto ideológico con que configurar un nuevo mapa cognitivo general debe de desconfiar de las fórmulas ya ensayadas, y  ejercitar la imaginación de nuevos paradigmas que puedan proyectarse en el futuro. Es, pues, llegado el punto en que debemos de dejar de deslizarnos por esquemas tangenciales e intermedios y abandonar esta indefinición postmodernista que nos ha sido útil para desarticular los fundamentos del Moderno Antiguo Régimen, y que nos ha permitido llegar a este estadio de no retorno y de vacío.

Ahora, ya se hacen necesarias acciones constructivas tendentes al arbitrio de nuevos sistemas de relaciones culturales, sociales, económicas y políticas que arbitren la realidad del mundo global ineludible, engarzando las realidades particulares: desde los estados que detentan el poder político, las trasnacionales, las instituciones civiles a las instancias políticas de nivel regional y local, configurando un nuevo marco de relaciones en que los actores sean lo ciudadanos en acción, a través de las opciones que permiten generar, gestionar y conformar las TIC, en la conciencia, de que los procesos que se desarrollan hoy son extraordinariamente veloces, sin parangón en el pasado, de manera que la proyección de  futuro de una sociedad bien cohesionada, genera, hoy,  más credibilidad que las razones de índole geográfica, histórica o económica del pasado, siendo que es posible la realidad de un estado macrocultural, diverso y articulado en principios definidos, que tenga su expresión en el discurso de un proyecto  nacional globalizador cuya medida de posibilidad y vigencia  estaría en su capacidad para aglutinar realidades nacionales menores.

Un Nuevo Modelo se configura

 

Los paradigmas científicos han sabido convertirse en los nuevas dogmas. La progresiva pérdida de influencia social, al menos sobre el papel, de las religiones ha sido sustituida por  los principios, por las teorías científicas que articulan leyes que devienen más inmovilistas que las creencias religiosas porque se validan en comprobaciones empíricas cuyo procedimiento está sujeto a reglas predeterminadas e inamovibles. Si las sociedades occidentales hemos sabido, en términos generales, librarnos de las presiones de morales confesionales para recalar en las verdaderas esencialidades del ser humano, trascendente, sin duda, pero no de la manera con que se nos quería organizar desde las ortodoxias, ahora resulta que estamos atenazados por principios y voluntarismos científicos que si se han demostrado mudables en las ciencias físicas, a lo largo de la historia, son mucho menos fiables al  aplicarse a las ciencias sociales.

La multitud y diversidad de cuestiones que inciden en la dinámica social se escapan de patrones científicistas que tratan de explicar los comportamientos, los por qué, de la evolución de las sociedades  con voluntad de prever el futuro y, en tanto, así poder adelantarse a situaciones no deseables. Sin embargo, éste es un enfoque negativista. Por el contrario, es preciso, razona Capel (19),”dar respuestas a las necesidades de la sociedad y estudiar los problemas básicos del mundo contemporáneo. No solo para realizar descripciones, inventarios y balances, sino para ofrecer soluciones y alternativas…Necesitamos inteligencia, formación, esfuerzo, capacidad. Sentido de los problemas. Y sobre todo pasión intelectual, compromiso con los problemas del mundo actual, y compromiso con la tarea de resolver las injusticias y desigualdades existentes”.

En torno a los estudios  de la sociedad se tiene una aproximación equívoca. De un lado, se aplican  metodologías científicas que responden a la convicción de que las sociedades humanas obedecen a patrones de comportamiento preestablecidos y que el ser humano responde, mecánicamente ante ellos; de ahí su previsibilidad. Del otro, la capacidad crítica de la persona proporciona variables de autoconciencia que se ajustaría a lo que podríamos categorizar como comportamientos caóticos, entendido el cuerpo social en su entidad. Pero no es ése este debate, sino discurrir sobre el por qué no se es coherente en la comprensión de las fenomenologías sociales y se entrecruzan proposiciones y apriorismo que son incongruentes con el marco teórico del que debieran desprenderse.

El caso de los nacionalismos resulta paradigmático de esta argumentación. Todos ellos se definen desde supuestos teóricos justificados en realidades o virtualidades sociales inevitables, es decir, científicas en tanto que son inmanentes, al menos en este periodo histórico que protagonizamos. Y, por el contrario, no aplicamos a esta realidad paracientífica, la sociedad, los criterios de revisión y evolución que sí concebimos para la generalidad del mundo científico.

T.S.Kuhn (20) en la teoría de las revoluciones estructuradas se refiere a que la ciencia ha descubierto que la validez de los principios científicos tiene una dimensión de temporalidad  siendo que los paradigmas científicos han ido cambiando, a lo largo de la historia, desechándose teorías que se mostraban erróneas y avanzando en la dirección en que era posible explicar mayor número de situaciones. De esa manera “quizás la ciencia no se desarrolla por medio de la acumulación de descubrimientos e inventos individuales”, pues buen parte del acervo, tenido por científico en tiempos lejanos o inmediatamente pretéritos, forma, ahora, solo parte de la historia de la ciencia y de las curiosidades. De modo que el tránsito de una teoría aceptada por la comunidad científica a otra, se produce porque acierta en la explicación de un problema específico que se identifica como especialmente significativo, por constatación experimental, o intuitiva, aunque pueda resultar insuficiente en otras explicaciones; “para ser aceptada como paradigma  -dice Kuhn-, una teoría debe parecer mejor  que sus competidoras, pero no necesita explicar, y en efecto, nunca lo hace, todos los hechos que se puedan confrontar con ella”  porque lo que da a la ciencia el impulso creador de conocimientos es esa  investigación desde la libertad de elección del científico que no necesitará  “tratar de reconstruir completamente su campo, desde sus principios, ni justificar el uso de cada concepto presentado; esto puede quedar a cargo del escritor de libros de texto”. El científico así,  centrará su interés en los campos donde, intuitivamente, se sienta más dotado y ante los cuales tendrá una sensibilidad agudizada para identificar esas “anomalías” a las que Kuhn refiere como,  “fenómenos para los que el investigador no estaba preparado por su paradigma”. Son los conocidos accidentes en las investigaciones científicas: el caso del descubrimiento del radio, o la penicilina, en que la percepción de la anomalía abre el camino a la posibilidad de la novedad y a su identificación.

Pero para que surjan las “anomalías” es preciso la definición precisa de los campos y paradigmas, “para los electricistas que creyeron que la electricidad era un fluido -paradigma que apenas podía explicar los efectos de atracción y repulsión- varios de ellos tuvieron la idea de embotellar el fluido eléctrico: el fruto fue la botella de Leyden”, a partir de ahí, de esa experiencia, Franklin pudo extender su teoría a paradigma y contribuir a ampliar la explicación, particular, que había impulsado a los investigadores del  experimento. En suma, la ciencia avanza, fundamentalmente, porque en su estructura de funcionamiento, se producen “revoluciones científicas” es decir, “se descubren piezas de equipo  anómalas que no dan los resultados esperados, que a pesar de los esfuerzos repetidos, no responde a las esperanzas profesionales” y a partir de ahí, se inician las investigaciones extraordinarias que conducen, por fin, a la declaración  de un conjunto de nuevos compromisos, de una nueva base sobre la que definir nuevas teorías. Así avanza la ciencia.

Cuando se trata de las ciencias sociales nos encontramos con una doble y contradictoria metodología,  indiscutida. Si prevalece la concepción de ciencia especulativa, subjetiva, se intenta cuantificar, medir, ponderar, las variables que intervienen para amparar análisis y series históricas que proporcionen perspectiva de devenir histórico: entidad  científica; pero no se admiten episodios “anómalos” que contradigan los paradigmas que sustentan esas investigaciones. Desde la otra concepción, la que considera que las ciencias  humanas obedecen, en último término, a ciertas leyes que pueden ser descubiertas por métodos y metodologías específicas, que son identificables y desde las que se puede predecir los comportamientos futuros, se acepta con generosidad una amplia gama de variables anómalas que pueden inducir a perder el rigor científico; es común que en estudios cuantitativos de ciencias sociales se incluyan multitud de disciplinas variables cuya importancia sólo está en la apreciación del investigador, resultando así que sea una u otra la teoría, subjetiva u objetiva, que se aplique no se es coherente con el desarrollo metodológico.

Si los nacionalismos son realidades que deben de ser consideradas históricas y pertenecen al grupo primero, de las subjetividades, entonces existe contradicción evidente cuando tratamos de justificarlas con parámetros objetivos, científicos en términos exactos,  económicos por ejemplo.  ¿Cómo resolver, discursivamente, el que dos nacionalismos respaldados desde parámetros económicos, por ejemplo, se disputen la misma realidad territorial?

No habría objetividad posible. Ambos análisis tendrían su argumentación y sólo criterios de subjetividad darían la prevalencia a uno u otro. Por el contrario, si  las ciencias sociales pueden disponer de los métodos objetivos de las ciencias normales (usando término de Kuhn), entonces deberíamos, como en la ciencia, dar entidad de naturaleza a las “anomalías”, a esos comportamientos  que no se corresponden con los resultados que se esperan y buscar en esas direcciones para hallar nuevos paradigmas que nos permitan avanzar.

Probablemente, este relato no tendría posibilidades de conclusión en un marco histórico anterior a la  experiencia de las nuevas tecnologías de la comunicación e información, y a la crisis del postmodernismo pero, ahora en que la realidad donde se ubica la existencia del hombre está mudando de lugar  desplazándose velozmente hacia el espacio virtual, en sentido amplio, desde el que diseña y facilita Internet, hasta el, íntimamente, personal de las expectativas, la movilidad y la decisión, de cada uno en inscribirse a su territorio más afín, es posible que el espacio en que históricamente se ha desarrollado este debate pueda trasladarse a esa nuevo territorio Internet, soslayando antiguos enfoques propios del Antiguo Régimen.

El nuevo territorio nacional: Internet

 

El mundo de Internet está propiciando que los principios de Derechos Humanos, las ideas de Libertad, Democracia y Justicia, se extiendan como principios universales, al menos como referentes ideológicos aceptados, y con consecuencias inmediatas en la sociedad donde se inscribe: la creciente individualización de las opciones disponibles, el pragmatismo ideológico por encima de apriorismos doctrinarios, la exigencia de sistemas legales de protección al consumidor, el nuevo ciudadano, y frente a la velocidad de la red, la serenidad de la reflexión propiciada por el ahorro de tiempo y dinero que supone el sabio uso de las ventajas de Internet. Todo ello está contribuyendo a conformar un espacio no físico ni temporal, ni siquiera virtual, porque es real, tangible en el sentido de que sus efectos son equiparables a los producidos en el mundo físico: el espacio Red, donde se desarrolla la “sociedad red” a que se refiere el profesor Castells (21).

Con sus propios constitutivos Libertad-Consumo, Democracia-Participación, Justicia-Protagonismo de los Débiles (o ruptura de los monopolios del poder), el espacio Red es un ente que tiene su expresión material en los efectos que produce a sus pobladores. Podemos gestionar lo mismo que en el medio físico y con ganancias de tiempo, de seguridad en la gestión y en la satisfacción por el producto obtenido. Pronto podremos referirnos a comunidades en Internet, si no lo hacemos ya al perfilar los Chats, los Foros de debate, etc. donde se fideliza y se definen normas para los participantes.

Esta sociedad informacional, inscrita en un espacio que se expande geométricamente, pero que se estructura en parcelas territoriales definibles, es susceptible de adquirir rasgos de organización de estado: el, fidedigno,  Estado Mundo.

Los presupuestos ideológicos de la postmodernidad, la cultura de la globalización y la nueva frontera social: el acceso al consumo como pauta de comportamiento, como modo de vida, “el consumismo ha ganado las guerras ideológicas del siglo XX” (22), definen con bastante objetividad el sustrato ideológico que homogeniza ese nuevo territorio nacional articulado por Internet. Territorio que en espacio físico coincide con el llamado primer mundo, Estados Unidos y Canadá, Europa Occidental y Japón, que han hecho del consumo de masas su parámetro económico distintivo  siendo que esta sociedad de consumo supone el 27% de la humanidad.(23)

En el campo del derecho se conceptualiza como estado a  una comunidad organizada en su territorio, en que se define un orden jurídico y un poder político autónomo, es decir independiente de otros que, supuestamente, tienen su aplicación en otras comunidades y territorios. Existe controversia, entre los especialistas, a la hora de entrar en los caracteres que predominan en la definición del Estado.La Escuelade Viena, “aporta a la naturaleza del Estado la idea de que éste debe reducirse a un normativismo jurídico, a una mera abstracción. Lo que caracteriza al Estado es su permanencia, su inmutabilidad…En el siglo XX, se ha perdido interés por la búsqueda de una abstracción del Estado y se ha procurado objetivizar. En palabras de Heller (24) “el Estado es una formación real, histórica,…que hay que comprender y explicar causalmente mediante la interpretación de la conexión de actividad histórico-social”  Se trata de entender el Estado “encontrando la estructura de este Estado en el devenir”

Hans Nawiasky,(25) sostiene la existencia de un “triple objeto dela Teoría Generaldel Estado”: Teoría jurídica del Estado, Teoría social del Estado y Teoría ideológica del estado”

No es el propósito  continuar por estos derroteros, en primer lugar porque no aspiro a ser entendido en la materia, pero sí marcar que, incluso, para los especialistas no existe un concepto claro que nos defina lo que es Estado y,  eso, es importante, porque durante la etapa de la sublimación del Estado-Nación a ente esencial, casi de confesionalidad pseudorreligiosa, el concepto de Estado y de fronteras nacionales ha sido el pretexto de centenares de conflictos bélicos; hoy, todavía, es  motivo de  guerras en el tercer mundo; y, en el primero, es el mayor obstáculo a la definición de un nuevo paradigma de sociedad global, al menos para las áreas del primer mundo que optan, por ese nuevo modelo sociocultural que conforman las nuevas tecnologías.

La característica de este comienzo de siglo es la extraterritorialidad. Zygmunt Bauman (26), expone algunas ideas esclarecedoras: “Lejos de experimentar una homogeneización de los modos de vida, la anulación de las distancias espacio-temporales ha tenido como consecuencia su radicalización”. De un lado se emancipan ciertas elites económicas, culturales, sociales que superan las fronteras políticas, culturales y que ideológicamente se adscriben a la progresión de un mundo globalizado donde la nacionalidad cada vez es sólo un concepto referente. Del otro, los que están marginados de esa potencialidad por limitaciones económicas, culturales o ideológico-religiosas, se afianzan al localismo integrista, es curioso constatar cómo los nacionalismos inventados en la descolonización son asumidos por los gobiernos actuales celosos de sus privilegios patrimoniales.   Bauman, añade “para los habitantes del primer mundo –para este mundo cada vez más cosmopolita y extraterritorial de hombres de negocios, profesionales de la cultura o de las universidades mundiales, les barreras se allanan, las fronteras poco a poco se desmantelan para  dejar fluir el ocio, el capital y las finanzas del mundo. Para lo habitantes del segundo mundo, los muros se visten de controles de inmigración, los derechos de residencia y las políticas de represión de la delincuencia son cada vez más elevadas…”  Creo que haciendo una abstracción de estos párrafos podríamos, legítimamente, referirnos a un primer mundo nacionalmente extraterritorial físicamente, y territorializado en una abstracción, virtual, en torno a lo que implica ideológica y culturalmente, las TCI, cuya expresión podría ser el territorio Internet. En el extremo opuesto,  y caracterizado como un suburbio ideológico cultural, los residuos de este proceso evolutivo de la humanidad, la ganga del mineral, las sociedades, o individuos, que no pueden, no quieren o no saben entender  los parámetros en que se desenvuelve el futuro de la humanidad, al menos, en los próximos cincuenta años.

Nuevos nacionalismos y  Estados Proyectivos

 

La existencia del Estado está en discusión, al menos, desde que el capital trasnacional se ha independizado de los estados nacionales y ha tenido capacidad, en realidad siempre la tuvo, de imponer sus propias estrategias de crecimiento al margen de las directrices de los estados de origen. Desde los años setenta en que la crisis del petróleo vapuleó la economía internacional afectando a países consumidores y productores de petróleo, menos a las compañías petrolíferas que ganaron, el capital financiero ha estado penetrando cada vez con mayor eficacia en la política de los estados. De ahí dos consecuencias, el Estado ha dejado de servir, principalmente, a los intereses de las economías nacionales, sino que está, cada vez más, al servicio del capital globalizado; y los ciudadanos, que lo perciben muestran una creciente desconfianza respecto de sus instituciones que se traslada, también, hacia los objetivos, altruistas, de organizaciones civiles, Ong’s públicas o privadas.La OCDEdocumenta (27), un notable descenso en el compromiso cívico en determinado países desarrollados, EEUU y Australia; en países europeos continua alta pero desciende de intensidad. La segunda percepción es que la burocracia del Estado, es la única garantía de poder frenar el poder abusivo de las corporaciones económicas internacionales: el resorte social capaz de incidir legítimamente en ese liberalismo ultramontano que se erige incontestado por esa obnubilación de ritmos geométricos de enriquecimiento.

Desde el flanco de la sociedad civil, de las comunidades cuyo mayor empeño es asegurar “ciertos derechos inalienables…a la vida, la libertad y la busca de la felicidad”, como redactó  T. Jefferson, en el acta de Declaración de Independencia de los Estados Unidos, el Estado es el único resorte capaz de contener a los oligopolios económicos y de poder, y de velar porque la sociedad no pierda su componente de social, democrática, igualitaria o solidaria, como parece más de moda decir ahora. En este contexto planteamos la virtualidad: El Estado Internet, como expresión simbólica de una realidad que se abre camino: un único orden jurídico internacional, gracias a la homogeneización de legislaciones nacionales; una burocracia que, dependiendo de los estados y los organismos internacionales (FMI, OMC, UE, etc), se asienta internacionalmente gracias a la colaboración de los estados; una administración financiera internacional que, en la medida en que organismos multilaterales como el G-7 o G-8, adquieran mayor peso político el G-15, o un futurible G-22, G-¿?, constituya lo que sería un Secretariado Ejecutivo Mundial, como propuse hace dos años al Fòrum Universal de las Culturas, tendrá carácter determinante; y, finalmente, una estructura capaz de velar por la buena marcha de las iniciativas de desarrollo económico y social de los pueblos, es decir un sistema sancionador, llámese sanciones económicas, restricciones de inversión y mercado o coacciones “manu militari”.  El relato de esta configuración: orden jurídico, burocracia administrativa, administración financiera y sistema punitivo, es la descripción de las condiciones de que H. Heller considera como factores que favorecen el surgimiento del Estado moderno (28).

Ante esta situación, la de unas realidades estatales que pierden su componente nacional para convertirse en agentes de estructuras multilaterales resulta incongruente la literalidad nacionalismo de estado, porque el marco de actuación real de los estados postmodernos se ciñe a los ámbitos sociales, culturales y políticos en el sentido más filosófico del término;  siendo que sus funciones tradicionales  son transferidas a organismos internacionales y multilaterales. Pero, resulta que las referencias históricas, culturales, los fundamentos ideológicos de tipo religioso, los rasgos psicológicos,…son los  episodios que definen el sentido, el carácter, de nuestras comunidades, de nuestras nacionalidades y ésas, necesariamente deben de ser ubicadas en una constelación formal de puntos de referencia desde donde proyectarnos como individuos sociales, como seres  críticos, probablemente, la característica axial que nos diferencia del     resto de las especies que compartimos el mundo.

Para esta nueva realidad que se abre desde que, de un lado, las instituciones del Moderno Antiguo Régimen se muestran inoperantes, obsoletas, y las nuevas TIC, aceleran y coadyuvan a conformar el futuro, es necesario adaptar nuestros referentes al nuevo orden que se está generalizando. En esta dirección resulta arcaico querer reproducir esquemas del pasado, pensados para el pasado, como, tampoco es posible imaginar nuevos modelos sustentados sobre presupuestos del periodo anterior.

Los nacionalismos como expresión colectiva que identifican cultural e históricamente, con todas las connotaciones que se quieran, a una sociedad tiene una componente positiva, indudable, al racionalizar las tendencias homogeneizadoras que la dinámica económico-ideológica,la Mcglobalpara entendernos, trata de imponer. Se trata de redescubrir los nacionalismos en su origen como expresión ancestral ante, el ahora, un estado global en proceso de formación, que se propone diluir las diferencias en una propuesta única que, en algunos rasgos llega a confundirse con, lo que podríamos denominar, la proyección del nacionalismo americano pero que no es más que su manipulada tergiversación.

A la hora de afrontar cómo ordenar esta temática el análisis de nuestra realidad nos acerca a una triple situación. De un lado la convergencia mundial hacia una homogeneización, el nacionalismo Internet, que obviamente, sólo afecta a una parte  de esta sociedad del consumo del primer mundo que constituye la elite extraterritorial, física y culturalmente, a que se refiere Bauman, y que, en todo caso, puede abrirse en panel según las supranacionalidades que se configuren: Unión Europea, como modelo. Del otro, las realidades nacionales enraizadas, fundamentalmente en referencias históricas y culturales diferenciadas de los estados, o entornos interdependientes, en los que están inmersos: Son nuestros nacionalismos históricos o el de estados uninacionales, el caso de Portugal, Irlanda, etc. incluso Holanda o Australia, a pesar de sus minorías aborígenes. Finalmente están los nacionalismos de estado solapando, generalmente, realidades nacionales históricas que han tenido su justificación en la necesidad de pervivencia del Estado tal y como lo hemos conocido hasta la actualidad. Son los estados plurinacionales como España.

Los Estados Proyectivos.

 

Los nacionalismos de estado por la capacidad ejecutiva de que disponen, devienen el único contrapoder efectivo contrala Mcglobalizacióny por ello tienen un espacio potente en el futuro siempre que se acierte en enmarcarlo en su nuevo rol. El campo de competencia de nacionalismos como el español, el francés , italiano o alemán ya no puede estar en pretender minimizar los nacionalismos regionales, catalán, vasco, bretón, corso, friulés o tirolés; sino que está en la escenario mundial y su competidor es el nacionalismo americano, y lo que implica fundamentalmente a nivel cultural y económico, sin entrar aquí en más valoraciones. Ése es el verdadero marco de la discusión. Adentrarse en cuestiones sensibles, ancestrales o con cargas emotivas profundas, no pueden ser soslayadas por un estudioso de la geografía por mucho que hayan connotaciones políticas que tiendan a encasillarlo o descalificarlo como imparcial. Es por demás, recordar que la ecología o la sostenibilidad, son, fundamentalmente, posicionamientos políticos que se oponen a economías liberales, sin referentes sociales. “Hay que tratar de dar respuestas a las necesidades de la sociedad y estudiar los problemas básicos del mundo contemporáneo” recuerda H. Capel (19), y continua: “Hemos de ser capaces de elaborar teorías a partir de la realidad propia. En un mundo globalizado el geógrafo debe de estar abierto a todas las aportaciones de cualquier procedencia. Y sobre todo, a las aportaciones teóricas. Pero necesitamos repensar las teorías y elaborar otras nuevas a partir de la propia realidad”. Desde esta intención hemos de ser capaces de inventar modelos nuevos y de la misma manera que las naciones (estado) se fundaron como un constructo político de integración simbólica en pos de modelar fronteras que sirvieran para negociar un lugar en los mercados internacionales (29), ahora, para negociar un puesto en la futura sociedad mundial es preciso remodelar estas fronteras nacionales en otra forma, menos coercitiva y de estructura multilateral, con la libertad y arrojo de asumir que “la innovación es una expresión creativa y que ésta, su valoración, no depende del espectador, sino de su aceptación en el mercado, en la sociedad”(30), en términos, en este caso, de sociabilidad, integración, fortaleza institucional, paz civil y solidaridad.

La historia  ha determinado la preeminencia de un número limitado de estados que han configurado el presente y que están llamados a seguir ejerciendo de referentes, para aquellos otros con los que compartieron cultura e intereses en el pasado, conformando  espacios nacionales multilaterales.  Expresiones nacionales de estados como España, Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, por referir los dela Unión Europea, tienen su vigencia en la proyección (31) de una singularidad peculiar, visible en valores, pautas expresiones culturales, que actúen de centrípeta conformación de universos de convergencias de diversidad. La realidad del mundo anglosajón con su ya, tres patas de producción ideológica: Estados Unidos, Reino Unido y la anglofilia global (Australia, India, Japón,…) constituye un buen ejemplo de lo que se quiere significar: los horizontes de fortalecimiento de un  nacionalismo global, el británico o americano o anglosajón, según dónde se ponga el acento.

El modelo nacional español estaría en acertar a impulsar, no sólo la economía, sino la cultura en su sentido más amplio, como formulaciones políticas que sean capaces de dar solución eficiente a situaciones, hoy disgregadoras, de sociedades que comparten con nosotros historia y querencias. Es, como se deduce, reconocer como obvio que aquello que  enmarca el concepto de nacional, cada vez más, está en relación con la capacidad de definir áreas de hegemonía macrocultural, y en éstas, la territorialidad de los medios de comunicación es la expresión efectiva de la vitalidad cultural, económica y política de cada proyección nacional. La dirección y el sentido de estas nuevas configuraciones nacionales no pueden, como en el pasado, asentarse en argumentos de centralidad o particularismos esencialistas, sino que desde la articulación del idioma, instrumento de cohesión, es preciso reafirmar la libertad creativa para garantizar la evolución del sistema y su permeabilidad a realidades nacionales de rango menor, no por ello menos necesarias y que no entran en conflicto porque el escenario de competencia es marcádamente distinto. Los nacionalismos globales, o estados proyectivos (si consideramos el punto de partida) no tienen los mismos intereses geoestratégicos que los nacionalismos regionales o étnicos, cuyo campo de desarrollo es el ámbito doméstico, por lo que tiene mayor componente de gestión y de sociedad civil.

El espejo americano precursor en ensayar formulas avanzadas, comenzando por la impronta de la primera constitución democrática, es un buen modelo a tener en cuenta,  en esta perspectiva, a la hora de descubrir hacia dónde pueden dirigirse los nuevos paradigmas del nacionalismo.  En nuestro caso, por el doble nacionalismo,  el de estado y el nacional-regionalista ,  el esfuerzo por encontrar roles complementarios y específicos  que den cabida a las legítimas aspiraciones de ambas realidades, el esfuerzo por  armonizarlos tendrá que buscarse desde los registros supraestatales y multidisciplinarios.  Los estados-nacionales  culturalmente fuertes, España es ese caso, proyectan  influencia cultural, social y política, generalmente en las antiguas colonias históricas, pero no sólo en éstas, caso de España en Iberoamèrica donde su prestigio abarcar, también, a Brasil, de forma que las aspiraciones que daban contenido a las estructuras nacionales, ahora. “ex novo” rebasan los marcos metropolitanos y se manifiestan sin prejuicios en áreas mucho más amplias desde la libre voluntad de los pueblos  que se siente integrados. Ese, es el espacio natural de desarrollo de los nacionalismos de estado que consolidan su presencia a través de la penetración social y cultural, de la lengua y la cultura y que tiende a configurar territorio económico y político.(32)

En el momento de concluir esta aportación me parece oportuno recapitular en el sentido de que todo trabajo de indagación es ofrecer mayores perspectivas de conocimiento, descubriendo campos nuevos o mirando desde otras ópticas los paisajes cotidianos. Inventar es arriesgarse. Cuando las soluciones a problemas importantes no se hallan a nuestro alcance, probablemente es que hemos errado en la perspectiva; es que ha llegado el momento de cambiar el paradigma que tenemos de la cuestión. Es cuando hay que revisar la validez de nuestras apriorismos, como dice, Maryanne P. Feldman, “el conocimiento existe cuando se sabe qué hacer con la información”(33). En  el enfoque que estamos dando a la cuestión restrictiva de los nacionalismos es posible que andemos acumulando argumentaciones en el lado equivocado. De la experiencia del avance científico hemos aprendido que la investigación en la dirección correcta conduce a la resolución de los problemas por difíciles y complejos que sean.

Xavier Cassanyes

Marzo de 2004

 

Notes bibliográfiques

(1)   Connor,S. Op. Cit.

(2)   Polan, D. (1987) “Postmodernism and Cultural Today,”  en Postmodernism and its Discontest.

(3)   Said, E. (1983) “Oponents, Audiences, Constituences and Comunity” en The politics of Interpretation. Ed. Mitchell .Chicago University.

(4)   Lyotard, JF (1984) Ed Esp (1987) “La Condición Postmoderna: informe sobre el saber” Cátedra. Madrid.

(5)   Jameson, F. Op. Cit.

(6)   Baudrillard, J. (1975) “The Mirror of Production”.Telos Press. Sant Louis.

(7)   Cubells, M (2003) “Mírame Tonto”Ed Robinbook. Barcelona

(8)   Mcluhan, M

(9)   Hassan, I (1982) “The Dismemberment od Orpheus: Towards a Postmodern Literature” Oxford University Press. NY.

(10)                      Connor, S. Op. Cit.

(11)                      Ryan, M (1988) “Postmodernism Politic” Theory, Culture and Society 5:2-3

(12)                      Castells, M (1998) “La Eradela Información” Alianza. Madrid.

(13)                      Alvarez, E. Op. Cit.

(14)                      Alvarez, E. Op. Cit.

(15)                      Weber, M. “La Etica Protestantey el desarrollo del Capitalismo”

(16)                      Harding,  S.(1979) “Deep Ecology”

(17)                      Cassanyes, X (2003) “Comunicación ala III Reuniónde los Servicios” Palma

(18)                      Jameson, F Op. Cit.

(19)                      Capel, H (1996) “Una geografía para el siglo XXI” Conferencia en el Congreso Asociación Colombiana de Geógrafos. www.ub.es/geocrit/sn-19.htm

(20)                      Kuhn, TS op.cit

(21)                      Castells, M.  Op. Cit

(22)                      Cross, Gary (2000)  “An All-Consuming Century: Why Commercialism Won in Modern America” NY Columbia University Press.

(23)                      Worldwatch Institute.(2004) “L’Estat del món”  Unesco. Barcelona

(24)                      Alvarez, E Op. Cit

(25)                      Alvarez, E Op. Cit

(26)                      Bauman, Zygmunt (1999) “Le coût  de la mondialisation” Hachette.Littératures.Paris

(27)                      Wordwatch Institute. Op. Cit.

(28)                      Alvarez, E. Op. Cit.

(29)                      Heredia, P.E. Op. Cit.

(30)                      Feldman, M.P. Op. Cit.

(31)                      Cassanyes, X. (2000) “Estados Proyectivos” Op. Cit.

(32)                      Cassanyes, X, (2004) “Hacia un nuevo nacionalismo” Op. Cit.

(33)                      Feldman, M.P. Op. Cit.

 

Bibliografía consultada.

 

 

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