La zona euro va en serio.

Ha sido necesario estar al borde del colapso para que los estados de referencia de la zona euro, hayan comprendido que había llegado el momento de la refundación europea. Esta Europa de tres velocidades de facto, la Eurozona, los otros y el Reino Unido, con su especial estatus de “exclusión”, del que se olvidaron cuando tuvimos que acudir a apagar las llamas, de las malas prácticas empresariales, en forma de la crisis de las vacas locas, necesita una nueva definición que se ajuste a la realidad de los datos y los hechos.

En esta nueva orientación que va a tomar la Unión Europea, cada estado tendrá que asumir el punto en que está y tendrá que definir los objetivos ajustándose a criterios de viabilidad y rentabilidad, y de complementariedad económica con las necesidades de la Unión; y, teniendo muy en cuenta, que las ayudas se dispondrán desde análisis de coste-beneficio con criterios de oportunidad y de progresividad, en función de los objetivos cubiertos.

La ola economicista que insufla la revisión de tratado europeo es el resultado de la crisis, sin duda, pero también de un marasmo institucional ineficiente y diseñado, sobretodo desde la ampliación de 2004, desde intereses geoestratégicos; como salvaguardas de seguridad ante terceros más que por convencimientos centrípetos.

En efecto, las nuevas repúblicas independientes tras el desmembramiento de la Unión Soviética hasta el “reinado” del Putin imperialista desde su segunda legislatura, permitió que los estados que antes estaban en la órbita del comunismo tuvieran, en la Unión Europea, la garantía del no retorno a la dependencia del país del Norte como, irremisiblemente, terminarán Ucrania y Bielorrusia.

El proyecto europeo, además de una estrategia de futuro para adquirir masa crítica y contar en el mundo globalizado de hoy, requiere de convicción y empeño en el nuevo estado, en la nueva sociedad que vaya a constituirse. Y eso, solo está al alcance de unos pocos países que por historia y tradición, o por empeño o visión están en esa voluntad. De entrada, los que adoptaron el euro y de ésos, solo aquellos que vayan a dar el paso hacia la convergencia fiscal y, en poco tiempo, a compartir un único espacio económico y social afectado por una legislación común, que conforme de hecho un único mercado, van a aspirar a conformar la nueva sociedad europea. Para eso será necesario desmontar las zonas de privilegio fiscales en la zona euro, como el caso de Luxemburgo, las primas de localización, como en Irlanda (impuesto de sociedades) o como se da en el País Vasco, y los “dumpings” sociales que supone graves distorsiones en el mercado laboral, como en regiones del Sur.

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