LIBERAL DEMÓCRATA.

POR UNA SOCIEDAD LIBERAL DEMÓCRATA.

debateliberal@gmail.com,

Menos Estado, menos proteccionismo nacional pero, también, menos oligopolios que distorsionan el efecto regulador de los mercados.

Se considera la Bill of Rights, la declaración de derechos proclamada por el parlamento inglés en 1689, inspirada por el teórico y activista político de la Inglaterra de final del siglo XVII y de la Gloriosa Revolución, John Locke, como el arranque del liberalismo como filosofía y pensamiento político y social. Y, más tarde, al escocés Adam Smith, autor de “La riqueza de las naciones” (1764-1776), como el teórico del liberalismo económico, que sistematizó las bases del capitalismo moderno; estudiando la función económica del libre mercado y el comportamiento de los particulares que, buscando el beneficio propio, crean riqueza que aportan a la sociedad logrando el bienestar social. Libro, este, que no debe desgajarse de “Teoría de los sentimientos morales” (1759)  en el que Smith trata de la ética de la economía y de filosofía moral que lo enmarca es ese contexto cultural puritano y revolucionario en una Inglaterra de grandes diferencias sociales y en las que Adam Smith reflexiona sobre la finalidad de la actividad económica que entiende como la de servirse del egoísmo particular para generar riqueza y hacer la sociedad más próspera y velar por el bien común.

El pensamiento liberal se asentaba en los principios de libertad política y en los derechos de la humanidad (como diría Thomas Jefferson, al referirse a la fundación de los Estados Unidos), aportando un nuevo paradigma político contra el despotismo y la arbitrariedad de las monarquías absolutistas que, aliadas con el feudalismo local, combatían el pluralismo y la tolerancia que impulsaban grupos religiosos protestantes, y recelaban de las revoluciones científicas y tecnológicas, y de la creciente implantación de capitalismo, que amenazaba sus privilegios seculares.

 

 

Desde sus comienzos como pensamiento filosófico y político, el liberalismo proclama la libertad, la propiedad y el sentido moral del bien común. En sus orígenes anglosajones, el primer liberalismo político se manifiesta en el derrocamiento de Carlos I de Inglaterra, que en su empeño en imponer la iglesia anglicana contra el calvinismo (1640), provoca el levantamiento popular al grito de libertad para practicar la religión, aspiración por los grupos puritanos disidentes del anglicanismo y el catolicismo, y la propiedad material y moral, como derecho privativo de cada persona dimanante de la ley natural, que es anterior a toda institución civil o religiosa; consagrando la separación de la iglesia y es estado, la laicidad.

La conciencia empezó a verse como un derecho de la persona sobre su alma; el rey ya no podía ordenar qué creer y qué sentir, “La propiedad natural que tiene cada hombre era su propia razón” (Rainboroug), que le fue entrega por Dios para que hiciera uso de ella, fuese libre y pudiera atener atender a las necesidades de su supervivencia. Dueño de su libertad y de los derechos naturales que se asociaba a su persona, la persona ejercía la propiedad sobre su propia conciencia, y esa propiedad se extendía sobre bienes materiales que se entendían imprescindibles para asegurar su necesidades y que no podían ser arrebatadas porque, como la conciencia, eran dadas por Dios para su uso virtuoso en beneficio de la persona y del bien general.

El liberalismo se ejercía desde el libertad de conciencia y recto actuar en la actividad de individuo. Una rectitud de impronta calvinista que relaciona directamente las ideas liberales con el republicanismo puritano. Esta dimensión  moral de autores como Milton o Harrington, o Locke o el mismo Adam Smith, ha sido olvidado por los economistas influenciados por la Escuela de Manchester y el utilitarismo que, priorizando el discurso económico, ha desterrado las cuestiones morales sesgando el pensamiento económico reduciéndolo a economicismo.

El liberalismo, como señala JM LaSalle, debería volver a sus principios republicanos y virtuosos y releer a Locke, Smith y Burke.  Tendría que reformular sus orígenes y desandar  la tendencia neoliberal y libertaria que ha convertido al mercado en unan abstracción dogmática  que justifica  la ingeniería de una  imaginación  egoísta  ilimitada y descontrolada. (LASSALLE, JM (2010).LIBERALES. Compromiso cívico con la virtud, Ed Debate Madrid. pp 364)

El liberalismo es una filosofía individualista que tiene a la persona en el centro de su ideario. La sociedad y el Estado se construyen a partir de ahí porque ninguna filosofía, política o economía tendría sentido si no estuviera dirigida al bien de la persona y, en tanto así, al bien de la sociedad. Porque, para el pensamiento liberal, el principio democrático y la equidad, igualdad de acceso a los recursos que permiten el desarrollo de la persona, es fundamental para que la persona, el individuo, forme parte activa de la sociedad incorporándose como agente productor y siendo responsable de su financiación a través de impuestos y tasas que deberían de ser lo más finalistas posibles y recaudadas por las administraciones más cercanas a los ciudadanía.

Para el liberalismo político el constitucionalismo, es la garantía de que las libertades y los derechos fundamentales de la persona,  como los derechos sociales y las institucional políticas, la división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), constituye la garantía y la seguridad de un espacio de convivencia política, económica y social que, desde el respeto a la pluralidad ideológica, permite el avance de la sociedad y la superación de los desafíos que la globalización plantea.

 

Pero ahora, a principios del siglo XXI, el debate liberal vuelve con fuerza para recuperar un discurso genuinamente humanista y social, al que erróneamente se responsabiliza de ser uno de los causantes de la Crisis. No ha sido el liberalismo, sino la mala interpretación de ese liberalismo economicista, depredador y sin control, que antepone el beneficio de unos y que actúa irresponsablemente sin que el Estado, cuya única justificación es velar y controlar el buen funcionamiento de los mercados, haya sabido detectar los desajustes que nos llevaron al estallido económico.

El liberalismo clásico era de tipo social o demócrata, como parece más acertado, porque expresa un liberalismo que actuaría en un mercado no viciado por oligopolios, al que todos tienen acceso que estribarían su doctrinario en el discurso del liberalismo clásico de Locke y de los escoceses Hume o Adam Smtih, cuya visión de la libertad y de la economía era consustancial con el ejercicio moral y el bien superior de la comunidad.

En España nunca ha habido liberales de derechas, sino nacional-conservadurismo puro y duro, de origen rural y poco dado a ningún tipo de cosmopolitismo por lo que el principio liberal de la autonomía de los individuos, de la proximidad de las tomas de decisión y del subsidio, nunca se ha tenido en cuenta porque el Estado liberal del siglo XIX se articuló desde un pacto tácito entre los aledaños de la monarquía isabelina y el caciquismo más influyente, siendo que la revolución liberal no fue tal, sino la asunción desde instancias  económicas bien asentadas de aquellos postulados liberales que ayudaban a perpetuar situaciones de privilegio: liberales de salón.

Términos como soberanía nacional se aplicarían desde la realidad jurídica de los estados absolutistas anteriores sin que el pensamiento liberal tuviera que aportar ante una nacionalización ideológica urdida al servicio, no del liberalismo como doctrinario filosófico o económico, sino desde la perspectiva de caciquismos de origen rural que aliados con capitales foráneos conformarían el nuevo capitalismo español.

Las burocracias estatales, y ahora también las administraciones europeas y autonómicas, se han justificado para asegurar la buena convivencia social, bajo el mayestático imperio de la Ley (leyes que tienen que afrontar nuevas problemáticas que surgen en sociedad a la que sirven). También, han crecido desmesuradamente, para procurar un panel de servicios sociales, que podemos sintetizar en el acróstico ESPESA (Educación, Sanidad, Pensiones, Empleo, Seguridad social y Asistencia a inclusión social), que supuestamente la sociedad por sí misma no sería capaz de proporcionar.

Desde una óptica Liberal Demócrata, el estado debe de intervenir en la medida en que tiene que definir los estándares de calidad de los servicios que se confían al sector privado y al libre mercado. La competencia tiene que ser efectiva en términos de equidad, de prestación de servicios y en calidad del personal y del empleo. También, en el sector social: Educación, Sanidad, Pensiones (gestión de la previsión), Empleo (gestión del empleo), Seguridad Social (desempleo) y Asistencia Social (Dependencia, Auxilio a la exclusión social,…), es deseable la intervención del sector privado aunque, por la cualidad de servicios sociales básicos que son los, que hemos llamado, del grupo ESPESA, no puede regirse por las estrictas leyes económicas. Como actividades de interés y necesidad social, deben tener carácter lucrativo limitado.

La gestión privada, por propiedad o por concesión, debe de caracterizarse en términos de entidades de interés social, con limitaciones en cuanto a la libertad de gestión y priorizando su vertiente social. El liberalismo demócrata vuelve al origen del liberalismo como teoría política y social. En una sociedad liberal las energías creativas son impulsadas para el beneficio último del bien común; se incentiva el beneficio privado que es lícito cuando está presidido por la moralidad y la ética de servicio, como activos generadores del bienestar.

debateliberal@gmail.com,

 

 

ESTA ES UNA PRIMERA REFLEXIÓN.

Próximamente se propondrán iniciativas liberal-demócratas. 

 

 

 

 

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