El electorado se decide por la política, el bienestar social.

 

En pleno huracán Bárcenas, el gobierno tiene que tomar la iniciativa para reconducir la deriva antipartidos, y anti este sistema, que puede abonar populismos, en el sentido berlusconiano del término, conduciéndonos a un callejón de difícil salida. Me refiero, naturalmente, a que un fracaso del actual sistema de partidos no sería bueno para la estabilidad política y social,  y aún peor, para la economía.

Dicho esto, los partidos políticos hegemónicos, aquellos de responsabilidad de gobierno, han contribuido a la ruina económica y moral de la sociedad porque su estructura interna ha facilitado que anidaran prácticas propias de lobbys y sindicatos sectoriales, más que de instrumento de participación del pueblo en el gobierno del Estado. En consecuencia, en el seno de los grandes partidos, se ha dado cobijo a tramas de ambiciones personales y familiares e intereses económicos e ideológicos, alejados de los intereses de la sociedad, incluso de los propios votantes, como ponen de manifiesto las encuestas que reflejan, por ejemplo, el divorcio entre quienes ostenta el poder en las cúpulas políticas y lo qué piensan quienes les votan.

La organización interna, y los mecanismos de representatividad de los partidos políticos, su sistema de financiación (nueve de cada diez euros que se perciben legalmente, lo son por subvenciones directas), configuran una esquema de relaciones de poder que se retroalimenta, de arriba abajo, imposibilitando que quienes no están amparados por los aparatos de los partidos accedan a la dirección de los mismos. El caso más reciente, en el PSOE andaluz, cuando se ha impedido por 196 avales, de los    6860 necesarios, que el aspirante José Antonio Rodríguez Salas, alcalde del pequeño pueblo de Jun (Granada), se enfrentara a la candidata oficialista Susana Díaz.

¿Cómo pueden, los partidos políticos, adaptarse a las necesidades de una sociedad cambiante, si su organización interna imposibilita, de hecho, cualquier evolución? Nada en los partidos se mueve sin el beneplácito de su estructura de poder.

Y si los partidos no se abren a la sociedad, ni a la propia militancia ¿por qué la sociedad tiene que seguir respaldándolos?

Publicado en UH, 3-08-13

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